Eduardo Mata
Eduardo Mata

Eduardo Mata: 30 años de ausencia

Aldo Rodríguez

Murió el 4 de enero de 1995

No conocí a Eduardo Mata. Lo vi una sola vez, en Culiacán, cuando vino con una orquesta formada especialmente para interpretar los Conciertos de Brandenburgo de Bach y otras obras . En el escenario también estaba un joven Horacio Franco, recién llegado de Holanda. Pero la mirada, el gesto, la energía, todo gravitaba hacia Mata. Dirigía con una elegancia sobria, sin gestos excesivos ni vanidad. Era la imagen viva de la precisión. Esa noche comprendí lo que significa que un director no imponga su presencia sobre la música, sino que se convierta en su cauce.

A partir de ese instante, lo seguí como quien busca un maestro silencioso. Supe de él por los discos: primero aquella Sinfonía núm. 2 de Sibelius con la Orquesta de Dallas, luminosa y firme, y después su monumental grabación de las Sinfonías de Carlos Chávez con la London Symphony, un legado que aún hoy se considera referencia. En esas grabaciones se percibe el equilibrio que lo definía: claridad técnica, hondura intelectual y una fuerza interior que no necesitaba alardes.

Nacido en la Ciudad de México en 1942, Mata fue discípulo de Carlos Chávez y de Julián Orbón. Antes de ser director fue compositor, autor de tres sinfonías y varias obras de cámara. Su talento pronto lo llevó a Tanglewood, donde estudió con Max Rudolf y Erich Leinsdorf. A su regreso, con apenas veintitantos años, dirigía ya la Orquesta de Guadalajara y luego la Filarmónica de la UNAM, impulsando una renovación profunda en la vida orquestal del país. Fue también pionero en acercar al público mexicano la obra de Gustav Mahler, dirigiendo por primera vez el ciclo completo de sus sinfonías en los años setenta.

Su carrera internacional alcanzó madurez cuando, en 1977, asumió la dirección de la Dallas Symphony Orchestra, cargo que mantuvo durante dieciséis años. Desde ahí consolidó un sonido y una identidad para la orquesta, y proyectó a un director mexicano a los escenarios más importantes del mundo. Fue invitado frecuente en Londres, Berlín, Chicago, Rotterdam y Caracas, entre muchos otros lugares.

Pero más allá de los cargos y los aplausos, lo que distinguía a Mata era su ética. Su gesto era claro, exacto; su comunicación con la orquesta, directa y sin artificio. Rechazaba el narcisismo y creía que el verdadero director debía ser un servidor de la música, no su protagonista. Por eso se le admiraba tanto: porque unía la precisión del arquitecto con la sensibilidad del poeta.

Su repertorio fue amplio y coherente: de Beethoven y Sibelius a Mahler, de Revueltas a Chávez. En todos ellos se notaba el mismo rigor y la misma pasión. En su lectura de la música mexicana no había concesiones al colorismo ni al cliché: la trataba con la misma seriedad con la que abordaba a Brahms o a Debussy. Su ciclo de las sinfonías de Chávez, en particular, reveló a un intérprete capaz de descifrar las estructuras rítmicas y las texturas complejas del compositor con una claridad casi quirúrgica.

El 4 de enero de 1995, cuando el avión que él mismo pilotaba cayó cerca de Cuernavaca, se apagó una de las voces más luminosas de la música mexicana. Tenía apenas 52 años. Su muerte dejó un vacío enorme: no sólo la pérdida del artista, sino del ejemplo que representaba. Treinta años después, su nombre sigue siendo sinónimo de excelencia, de disciplina y de visión.

Recuerdo aquella única vez que lo vi, con su mirada intensa y su gesto preciso. Entonces no lo sabía, pero estaba frente a un músico que había alcanzado el equilibrio perfecto entre inteligencia, emoción y técnica. Por eso, cada vez que escucho sus grabaciones —ese Sibelius que respira como un paisaje ártico o el Chávez que late como un volcán—, siento que vuelve a levantar la batuta. La orquesta lo mira, el aire se llena de expectación… y, por unos minutos, el tiempo se detiene.

Eduardo Mata no sólo dirigía orquestas: dirigía la energía del mundo hacia la música. Y esa, quizá, sea la definición más pura del arte.

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