(y se pronuncia «mixicano»)
Imagina una obra sinfónica que funciona como playlist ochentera de valses mexicanos, polcas tex-mex, cumbias y rock and roll. Las canciones aparecen incompletas, se entremezclan y se desvanecen mediante un juego de fade in y fade out, para que las parejas nunca abandonen la pista de baile. Una trompeta asume el canto bamboleante de un barítono mariachi.
Se llama MeChicano, del compositor jalisciense Juan Pablo Contreras, tres veces nominado al Grammy.Lo que estás a punto de leer es un montaje literario que, a partir de una entrevista con el compositor, imita esa articulación sonora en la pista imaginaria del Dos Patrias Bowl. Ahí conviven ilusionadas cartas enviadas a Durango desde el Valle de San Joaquín, donde los chicanos sacan duraznos, el bigote entintado con polvo Bigen de un hombre siniestro, la acuática poética del rototom en la fiesta, un encuentro dostoievskiano en una cantina de la Tabacalera y la búsqueda de un “tercer lugar” para sanar la soledad de no ser de aquí ni ser de allá.
Esta noche, ¡Beto García and de Gi-Gi´s!
Con su incomparable show de polkas, cumbias y rock n roll.
Fresno, California.
Sábado 6 de agosto de 1983.
20 h.
Los chicanos comienzan a llegar al Dos Patrias Bowl.
El trompetista sale a calentar la pista.
*
Es un secreto:
Juan Pablo Contreras escucha valses mexicanos viejitos, extrae la letra y les compone música nueva para orquesta.
Le asigna un instrumento de aliento a cada melodía a cargo de voz humana.
Luego, elimina los versos.
Lo que queda es música sinfónica que te hace sentir ganas de cantar.
*
Saturnino se ha dejado su rizado cabello azabache crecer hasta los hombros.
Beatriz es de su tamaño con esos tacones azules.
La trompeta improvisa algo así como un aire cumbiero con texmex y falsete.
Él saca del Valle de San Joaquín algodón y duraznos.
Ella sirve pastel y café en una bakery del Westside.
Se abrazan.
Están embarazados.
Hoy por eso bailan.
*
“La mayoría de mis obras tratan más de la pregunta que de la respuesta”, dice el compositor jalisciense Juan Pablo Contreras desde su casa en Los Ángeles.
*
Luces magenta, ámbar y azul cielo nocturno iluminan el escenario ahora que el trompetista termina.
Huele a plástico quemado.
Es el color.
A cada foco en los reflectores PAR Can, el manager del Bowl le untó filtros de gelatina.
Las luces atraviesan el escenario vacío como psicodélicas chispitas.
Sale la banda:
Tuba.
Contrabajo.
Tres clarinetes.
La misma trompeta.
Al fondo, a partir de un reflejo orquídea tropical, aparece una batería inmensa, con una ristra de rototoms a la derecha.
Los instrumentos brillan como piezas de joyería.
Nadie les pondría atención a los hombres que van a tocarlos… de no ser por los hilos dorados con incrustaciones de chaquiras violetas que cuelgan de sus charreteras.
*
“¿Qué es ser chicano? ¿Ser de aquí? ¿Ser de allá? Compuse una obra para proponer a través de la música un tercer lugar”.
*
Lupe y Manny son el matrimonio más joven de Mendota.
Ella llegó hace año y medio proveniente de Durango. Los fines de semana le escribe largas cartas a su hermana. Le cuenta que desea tener un Ford Impala y que el único problema en su barrio es que a veces por los grifos sale agua envenenada.
Él nació en Oakland de madre soltera oriunda de la sierra de Guerrero.
Después de comer, escuchan Radio Bilingüe. Lo de la ley MSPA los ilusiona mucho.
Tienen un acuerdo: una vez llegan al Bowl, no se habla sobre César Chávez.
*
“La obra se llama MeChicano y, claro, quise chicanizar a la orquesta. Pido una batería con más de 30 elementos, incluidos esos tamborcitos muy agudos que se llaman rototoms que Selena utilizaba mucho para darle a su música, por ejemplo en Bidi Bidi Bom Bom, ese efecto como de caída libre”.
*
El Dos Patrias Bowl está en Jensen Avenue. Detrás de su estacionamiento de tierra, ya todo es campo. La poética sonora comienza con las llantas de un Oldsmobile Cutlass Supreme aplastando pequeñas piedras.
Sucedió el otro día que un tipo ardido puso vidrios para reventar el coche del hombre que sacó a bailar a su exnovia.
En general suele ser un lugar de paz. Aunque sucede un curioso fenómeno de hostilidad selectiva: genera miedo a los solitarios.
Si lo ves, parecería que la construcción te da la bienvenida: está abierta su puerta iluminada por lámparas fluorescentes que parpadean azul, amarillo y verde; puedes incluso escuchar a las más de 200 personas en su interior reír. Sin embargo, una vez ahí, si no conoces a nadie sientes la necesidad de huir.
¿Algo relacionado con el olor a tabaco, aerosol y cerveza?
No resulta claro.
En la entrada del Dos Patrias Bowl, a pesar del color, desaparece cualquier calidez externa, como si de pronto surgiera una puerta metálica herméticamente cerrada. Desconoces el código rítmico, pero aun así tocas. Se abre una mirilla y escuchas una desconfiada voz opaca de consonantes muy marcadas:
“Who is this?”.
La única manera de entrar es conocer la contraseña:
“It´s Me, Chicano”.
*
“Un día, el director José Luis Gómez me preguntó: ¿Tú bailas, Juan Pablo? Le dije que no, y me dijo: Pues te invito. Fuimos a escuchar a un grupo versátil tocando ritmos latinos. Al ver a la gente bailando nació MeChicano porque entendí que la música es, en esencia, lo que une a esas personas.”.
*
Sobre Don Manuel Tejeda se cuentan tantas cosas extrañas.
Que se entinta su bigote de malvado con polvo Bigen cada mañana, a lo Edward James Olmos, es la más bonita.
La más siniestra lo relaciona con cargamentos de heroína y la desaparición de El Búfalo Blanco.
Dice que su negocio es el comercio (así, genérico) y que en el lugar donde nació había un río, sin aclarar si era agua gringa o mexicana.
Vive en Fresno desde el 81. Regala dinero al centro comunitario. Al Dos Patrias Bowl llega con su esposa. Nadie sabe cómo se llama. Es la señora Tejeda.
No bailan.
Él nunca se despega de un bastón con mango de plata.
Se cuenta que se abre por la mitad para convertirse en metralleta.
*
“Mucha de mi obra la concibo como espectáculo. Tengo un interés escénico profundo. Deseo quitarle lo rígido a la música sinfónica. Puede que este deseo se relacione con que no sólo compongo, también dirijo. Y dirigir es un poco como sentir que te estás colando a una fiesta ajena. Pero fui maestro: aprendí a amenizar un salón. Quiero acercar la música a nuevas audiencias y a veces para hacerlo debo saber convencer a músicos académicos de conservatorio a vestirse de mariachis mientras interpretan MeChicano”.
*
En Zacatecas, a finales de los setenta, Samuel aprendió a usar la consola. Poner música en fiestas a los 16 años fue la forma en que logró la independencia. Cuando llegó en marzo de 1983 a Pico Rivera, a las afueras de L.A., ser DJ en un bowl chicano fue su primer trabajo.
Tenía su casetera doble de metal Pioneer. Usaba mezcladores Numark que conectaba a dos tornamesas de tracción por banda. Para desaparecer el tape hiss subía el bajo de las bocinas Peavey forradas con alfombra negra que colocaba en el suelo para hacer vibrar las sillas de metal.
Comenzaba su set con Tragos amargos de Ramón Ayala y sus Bravos del Norte; cerraba con Se me perdió la cadenita de la Sonora Dinamita. La música de en medio la articulaba sobre la marcha, de acuerdo al comportamiento de los cuerpos. Rigo Tovar o Little Joe y la Familia. Roberto Pulido y los Clásicos o Sunny & The Sunliners. Mary Jane Girls o Thee Midniters.
Las únicas palabras que Samuel conocía en inglés eran nombres de canciones. Parte de su trabajo era cortar el tramo final de la música con el eco del micrófono y cotorrear un poco. Aprendió rápido a manejar en spanglish frases manidas:
«Alright raza, that was a little something from Malo. Se llama Suavecito. Trata de amarse bien recio y ya nunca dejarse ir”.
*
«Fueron 15 años de papeleo y espera para conseguir la ciudadanía. Cuando por fin ocurrió esa ceremonia, fue algo profundamente conmovedor, pero también me dejó un vacío: ya había cumplido el Gran Sueño Americano y, sin embargo, apareció esa sensación de pertenecer… pero nunca del todo”.
*
En mi nueva novela el protagonista dice:
“El sonido tiene el poder de transportarnos a mundos extraños, a otros portales, y hacernos traspasarlos, como si fuéramos gatos”.
Así vivo.
Si una obra me interesa, su poética controla las formas en que siento, pienso y decido.
Exagero.
No tanto.
Este año me pasó con Magia trágica de Julianna Barwick y Mary Lattimore; con Falling out of Love de The Strokes, y ahora con MeChicano de Juan Pablo Contreras.
Ser controlado por el sonido es raro.
Tus fallas pueden ser culpa de la música.
Es liberador.
Es fantasioso.
Tus faltas pueden ser culpa de la música.
Es aterrador.
Es hermoso.
También puedes manipular la realidad a través de la música.
Volverla más colorida.
Hacerla más interesante.
Puedes, por ejemplo, poner la Tercera sinfonía de Mahler en una cantina de Irapuato.
Sentarte.
Pedir ginebra.
Deslizarte un hielo por la lengua.
Y ver qué pasa.
*
“Me di cuenta de que no existía una música sinfónica que celebre el orgullo y el espíritu chicano. Así que quise componer una obra no para lamentar la travesía, sino para proponer desde la orquesta ese tercer lugar donde pudiéramos sentirnos completamente en casa. Antes de componer una sola nota, formé el término MeChicano, que es yo, chicano, y que suena a mixicano”.
*
Juan Pablo,
Ser chicano, en tu poética sonora, es despertar hacia el gran sueño realizado.
Abres los ojos.
Las primeras luces de la mañana oscilan en el techo de cemento.
Desarraigo.
¿Por qué si se supone que a partir de aquí ya tendría que ser fácil y suave?
Desconsuelo.
El día por delante.
Desamparo.
Escuchas a Selena cantar Siempre hace frío.
Eliminas la letra.
Le escribes música para orquesta.
Tu corazón está lleno de añoranza.
Y, sin embargo, hay tanta alegría en tu pensamiento musical.
Haces, por ejemplo, que tres clarinetes jueguen a ser un acordeón.
Juan Pablo, tienes el don de poner a la gente de buenas.
*
“Mi idea fue crear una experiencia tipo greatest hits chicanos de los ochenta que suenan en el bowl en el que tú, como espectador, estás ahí. Canciones con fade in y fade out, que también puedan regresar: Ir, venir, crear anclas. Mi interés en MeChicano fue el de hacer una playlist”.
*
Pensé que me invitabas a un lugar alegre, canijo. Mira, Saturnino, escucha: el trompetista es tan arrastrado que no puede sostener las notas firmes. Le tiemblan. Tanta es su necesidad de hacernos sentir tristeza. Aunque ahora estas flautas son como luciérnagas. Híjole, ¿y estos tambores cumbieros que suenan como sumergidos en agua? La gente se para y ya es como una big band. No entiendo nada. Pero me gusta estar en la pista contigo, pegada. Esto ya es estar como en una película, con las cuerdas bien exageradas. Ja, ja, ja, y´ora el chun-ta-ta, chun-ta-ta, con la tuba bien desafinada. Nada más falta que ocupes este vals fantasma para decirme que me amas. Reconozco las castañuelas, los raspadores y este ritmo como de fiesta brava. De querer sentirlo todo siempre lo más intenso y al mismo tiempo. Regresan las cuerdas y otra vez el ritmo cumbiero, pero más rápido, para que suba la pierna a tu hombro, pero no puedo; embarazada como estoy no me alcanza. Doblar la espalda sobre tu brazo es lo más acrobático a lo que llego. No me sueltes. Si es niña le ponemos Beatriz, como yo. Agárrame fuerte. ¿Qué son ésas? ¿Campanitas? No la friegues, hasta apareció la batería que suena un poco a esa banda que te gusta de heavy metal. Si es niño, el nombre tú se lo pones, excepto Saturnino. Mira, ya todos estamos bailando de cachetito. Esto me recuerda a estar en las calles de Tepetlapa. En el Día de San Pablo se cerraban y llegaba la banda, eran metales y tarola, creo, pero sonaba algo así, como medio sucio y desarreglado. También olía un poco a esto, a sudor y cerveza, pero rico. La idea era echar desmadre felices sin pensar en nada.
*
“Y para hacer funcionar esta especie de playlist en una obra continua, opté por bailes relacionados entre sí en cuestión de tempo. No es el mismo, pero al cambiar el pulso tienen un ADN métrico muy bien definido. Así puedes sentir cierta extrañeza, pero te intriga saber cuál es la canción que viene, que es lo más importante en una buena playlist”.
*
La rocola es lo primero que te encuentras a la derecha cuando abres la puerta batiente de madera.
No existe motivo para que platiquemos.
La cantina Salón Palacio, en la Tabacalera, cierra temprano.
Si tienes suerte, las canciones y el alcohol tienen el don de desaparecer el dominio de la razón.
Son las 9, ya hay sillas patas pa´arriba sobre las mesas y huele a jabón.
Algo cercano a la magia.
Y suena el rototom.
“Es Selena”, digo, “Bidi Bidi Bom Bom”.
Estoy solo.
El hombre del cinturón rojo regresa de la rocola a su mesa.
“Correcto”.
Él también está solo.
“Me encanta, es como si tocaras un tambor bajo el agua”.
“A mí me recuerda el pasado”.
“¿Es músico?”.
“Sí, o algo parecido. En los 80´s era dj de un bowl chicano en California”.
*
«Quise alejar la historia de la migración del discurso puramente trágico. Para eso debía quitarle lo rígido a la orquesta para devolverle el gozo. Cuando la tuba empieza a cantar o los clarinetes juegan a ser un acordeón de polca, no busco dar una lección académica, sino que a la gente le den ganas de cantar, de pararse a bailar. Es música hecha para recordarnos que, en medio de cualquier desamparo, el ritmo es lo que nos une… Al final de cuentas, los migrantes somos soñadores».
*
Samuel pide dos brandys con coca antes de que cierren su cuenta.
Lo mismo para mí.
Tengo la teoría de que cuando dos personas hacen clic, la conexión se acentúa si comienzan a beber lo mismo. Supongo que algo relacionado con tener el mismo tipo de peda atravesando las venas.
“¿Sabes lo que me pasa últimamente? Me siento solito en el futuro”, dice Samuel.
Tras media hora de conversación, conozco los momentos más felices de su vida. Todos son lejanos y pertenecen a haber sido dj en ese bowl chicano.
Samuel bebe y repite:
“Sí, así: me siento solito en el futuro. Pero bien duro”.
Estoy abrazando a mi nuevo amigo más querido.
“Tienes que escuchar algo, Samuel, tienes que escucharlo. Hay un músico chicano que escucha valses mexicanos viejitos, les quita la letra y les compone música nueva para orquesta. Creo que va a recordarte cosas lindas”.
Samuel me mira.
Nos fondeamos el último vaso.
“Híjole, qué bonito. Es como cuando una flor cambia de color porque la sumerges en agua”.
“¿Flores que cambian de color con el agua?”.
“Te lo juro por ésta”, Samuel besa sus dedos, que han formado una cruz. “Cuando era niño se lo vi a mi mamá: de roja era verde y luego azul, sumergía su mano en el florero y yo le preguntaba si podía hundir mi cabeza para cambiar de color mi pelo como flores y mi mamá se reía, ay mijito…”.
“Samuel, oye, ¿alguna vez en California escuchaste a Beto García and de Gi-Gi´s?”.
Niega.
Insisto.
“Hacían un incomparable show de polkas, cumbias y rock n roll”.
Niega.
“¿Sabes? Es extraño, los recuerdos más bonitos que tengo del bowl es cuando el show terminaba. Brindaba con los meseros ya con las luces prendidas, las puertas cerradas. Y yo imaginaba las canciones que iba a ponerles a toda esa gente mañana para que bailaran”.
Trastabillamos juntos antes de traspasar hacia la noche la puerta.
Nota del autor: La entrevista con Juan Pablo Contreras, realizada en junio de 2026, pertenece a la realidad. Lo demás es un montaje literario convocado por la música.



