Aniceto Ortega
Aniceto Ortega

Entre úteros y pentagramas: reseña.

Gladys Zamora


Las siguientes páginas fueron escritas, originalmente, para la presentación del libro Entre Úteros y Pentagramas  (Maynez, 2025). La presentación se llevó a cabo el miércoles 18 de febrero en el Conservatorio Nacional de Música (CNM), en una mesa integrada por el Dr. Samuel Maynez (autor del libro); el Dr. Raul Carrillo Esper (presidente de la Academia Nacional de Medicina); el Mtro. Israel Cruz (subdirector Académico del CNM) y quien suscribe, Gladys Zamora.


Me pregunto en este momento si todas y todos los aquí presentes estarán más o menos expectantes como lo estaba María Josefa Noverta de Jesús en 1834 cuando llegaba con su señor, Francisco Ortega, a la ciudad de México y con las nuevas posibilidades de estudio y proyección que se les abrían a sus criaturas en ello.

Me pregunto si Samuel Maynez estará más o menos ilusionado que Francisco Ortega el 30 de abril de 1846 cuando presentaba su Memoria sobre los medios de desterrar la embriaguez. Me pregunto si el Dr. Raúl Carrillo Esper estará más o menos emocionado que Aniceto de los Dolores los primeros días del año de 1841 cuando se inscribió en el Establecimiento de Ciencias Médicas. Me pregunto también, si el maestro Israel estará más o menos efusivo que la Sociedad Filarmónica Mexicana el primero de julio de 1866 cuando abría sus puertas a la frenética actividad académica que se gestaba al iniciarse las clases de ese primer Conservatorio. Lo que sí sé es que estoy tan segura de la importancia de la obra del personaje que hoy nos convoca, como lo estaba Melesio Morales en 1867 al asegurar que el verdadero autor de un himno nacional era Aniceto Ortega con su Marcha de Zaragoza.

No hace falta decir que para ponerle cuadro a estas emociones que emanan de importantes hitos musicales en la historia de nuestro país, les invito a leer el libro que hoy nos tiene aquí sentados: Entre úteros y pentagramas del admirado colega y, sin embargo, amigo, Samuel Maynez.

Dicho esto, quisiera comenzar con un acto personal y ya protocolario que demando a mi persona cuando un hito académico me convoca. Hoy me complace estar aquí como la directora del Conservatorio Nacional, tanto más después de haber leído estas páginas que tejen una historia de la que hoy me siento parte. Pero, por otro lado, me resulta importante decir que confío en que Samuel Maynez ha invitado no solo a la directora del conservatorio sino, también, a la musicóloga. Puntualizo este hecho, porque la lectura del libro me deja con una perspectiva que deriva no solo del orgullo conservatoriano sino también de la óptica crítica que intento mantener en todo relato, aporte, investigación, texto, página que llega a mis manos y que busca contar algo sobre nuestra todavía, muy endeble, historia musical mexicana. Desde ahí es que quisiera compartirles mis razones para hacerse con el libro.

En principio, me gustaría señalar que comparto con el Dr. Maynez la pasión por los desconocidos. Los relatos que han ido contando la historia musical de nuestro país siguen pergeñándose con no pocos orificios y lagunas. En consecuencia, personajes fundamentales para entender nuestra identidad colectiva sonora se han quedado al margen. Lo interesante es que las razones para dejar en el olvido a ciertas figuras son a veces políticas, a veces académicas, a veces sencillamente contingentes e inexplicables, y en ocasiones, aunque ciertamente las menos, las razones son verdaderamente musicales.

Así pues, una de esas lagunas en la historia musical decimonónica de nuestro país se llama Aniceto de los Dolores Luis Gonzaga Ortega del Villar. Las páginas que Samuel Maynez dedica a contar los trazos biográficos y musicales de este “sacerdote de la medicina”, de este “chopin mexicano” y de este fantasma musicológico (esto último dicho por mí), son apenas el comienzo de una justicia histórica que debemos a la trascendencia del personaje.

Pero quien decida allegarse al libro con la intención de leer la biografía de Don Aniceto, podría llevarse una decepción. El libro no es una biografía de este compositor. No puedo menos que admirar la forma en que Maynez nos cuenta los hitos en la vida del Doctor Ortega al tiempo que nos obliga a sumergirnos en multirrelatos y en cartografías múltiples que nos dejan, involuntariamente, con mayores aprendizajes: pienso por ejemplo en que, al leer el libro, una se entera de hechos, sucesos, y chismes por supuesto, que nos dejan con una panorama distinto sobre la historia del México Independiente. Si hoy hemos releído la historia de nuestro país con miras a reivindicar un pasado sesgado que nos contaron en los libros de texto de la primaria, el trabajo de Maynez es una nueva arista de ese relato que, sin perder la perspectiva personal del autor, nos dejar ver el papel fundamental que tuvo la música como un elemento identitario, como una amalgama ideológica para el país emergente.

Otro espacio fundamental de ese multirrelato es, por supuesto, la historia de la medicina que se teje a la par de la vida de Don Aniceto Ortega. A propósito de ello,  creo que nunca dejaré de maravillarme por los polímatas de otras épocas que hoy se antojan un mito: ser músico (pianista, compositor y docente), ser médico (gineco-obstetra), escribir sobre los terremotos y las erupciones volcánicas, estar imbuido en la escritura científica, en la vida política, en la fundación de instituciones médicas y músicas y todo en una misma vida, es algo que hoy resulta difícil concebir en una sola biografía. Así pues, leer la vida de este músico nos obliga a enterarnos de importantes avances médicos que tuvieron origen en sus manos, pero también en la época que circunda su quehacer. Me gustaría confesar que, al menos en cuanto a la materia médica respecta, —en la musical no, mejor aclarar— fue necesario cerrar el libro y buscar la explicación de algunos términos más allá de estas páginas. 

Ahora bien, más allá de las historias (así con s) que nos cuenta el libro de Maynez, me resulta importante subrayar los hechos que se vuelven transhistóricos y que, pudiéndose leer con la misma vigencia hoy que hace más de 150 años terminan por explicar nuestro presente. Pienso por ejemplo que si hoy leemos:

“Dejó imborrable impresión en mi espíritu la terrible invasión. Las calles silenciosas y desiertas en que resonaban a distancia los pasos precipitados de alguno que corría en pos de auxilio […] En el interior de las casas todo eran riegos de vinagre y cloruro y frente a los santos, velas encendidas”

Nuestra cabeza inevitablemente volverá a principios del año 2020 y a la palabra COVID con toda la neblina anímica que cabe en la evocación de esas cinco letras. Apuesto a que nadie estaría pensando en el año 1826 y en la terrible invasión de cólera que aquejó, entonces, a nuestro país. Lo interesante es que, pese a las diferencias sintomáticas de la enfermedad, la descripción sobre los efectos sociales que deja una pandemia, en cualquier época, en nuestra geografía, es quizá semejante; como semejante también parece ser una de las curas: “A ti música que siempre fuiste, de los males que afligen a los míseros mortales, bálsamo de salud y consuelo”. Estas palabras las dejó por escrito Don Francisco Ortega, padre de Aniceto, al ver a su familia salir invicta del flagelo pandémico. Me atrevo a pensar que ninguno de los aquí presentes dudaría del consuelo que nos dejó la música en esos meses de encierro. 

Una de mis invitaciones al leer este libro es no perder de vista el impacto que tiene con el presente. Yo puedo pensar en la relación que se teje entre todos los hitos musicales, con hechos que hoy se repiten y, por otro lado, que hoy se vinculan innegablemente con nuestra cotidianidad musical. Estoy segura de que nuestros asistentes médicos podrán hacer lo mismo al leer sobre los avances ginecológicos y anestésicos del siglo XIX en nuestro país contados desde la óptica de Maynez y vividos desde la manos de Aniceto Ortega.

Ahora sí, como directora del Conservatorio, y estando este año de manteles largos, porque nuestra querida institución cumple 160 años, no puedo dejar pasar el señalamiento sobre las líneas que Maynez dedica al Conservatorio de la Sociedad Filarmónica Mexicana. Se me antoja pensar en esas películas que cuentan una misma historia, un mismo episodio, a través de los ojos de distintos personajes. Seguiré ensalzando el relato de Alba Herrera y Ogazón que cuenta la historia de cómo llega a fundarse el hoy Conservatorio Nacional de Música. Pero a ese relato pionero se van sumando hebras, hechos, perspectivas. El lugar de Aniceto Ortega en esa escena fundacional hoy puede leerse con mayor relieve en el texto de Maynez.

Volviendo a los hechos que ayer como hoy tienen vigencia. Me queda claro que esa sociedad filarmónica conformada por personajes con estetoscopio y cuaderno pautado, pensaron desde los cuidados médicos los requisitos de admisión:

Ser mayor de 8 años; tener buenas costumbres; estar vacunado; saber leer y escribir y dominar las cuatro operaciones aritméticas. Me pregunto si hoy el subdirector académico estaría de acuerdo conmigo en volver a poner estas condiciones en nuestra convocatoria de admisión. Considerando la importancia que hoy tiene la escritura como una herramienta que fomenta el pensamiento en nuestros músicos y considerando, por supuesto, el brote de sarampión, no me parece descabellado. 

Finalmente, pero de ninguna manera menos importante, quizá es lo más importante: me gustaría hablar de las páginas que el autor dedica a la producción musical de Aniceto Ortega. La música mexicana sigue huérfana de ediciones: jalar del hilo: si no tenemos ediciones, no tenemos partituras y si no tenemos intérpretes, ergo no tenemos memoria sonora. Cuando con mis estudiantes hablamos de la música virreinal, estamos siempre con las rémoras de encontrar manuscritos que resultan fascinantes, pero en las condiciones en que se encuentran son casi imposibles de interpretar. He ahí una piedra angular de las labores musicológicas. El siglo XIX no es muy distinto al XVI, XVII, XVIII, pero sea como sea, ha logrado un poco más de rescate editorial.

Por ello, no puedo dejar de subrayar el empeño (pero seguro también el esfuerzo, el sudor y el cariño) que ha puesto Maynez en regresar a la escena una ópera que hoy puede concebirse como el inicio del nacionalismo mexicano. La importancia de Guatimotzin, primera ópera mexicana que mira hacia nuestro pasado prehispánico, es que puede considerarse el punto de partida artístico que configuró arquetipos nacionales e identitarios que nos llevará más de un siglo reconstruir, configurar, deconstruir y desconfigurar… en aras de poder entender un pasado muy remoto que, sin embargo, hoy explica mucho de quiénes somos, de cómo nos vemos y de cómo concebimos el mundo.

Queda pues, la polémica Marcha de Zaragoza, si la obra fue interpretada varias veces con múltiples elogios, si como mencioné al principio de esta charla fue legitimada por Bablot (autoridad musical en la época que además estamos en su sala); pero no solo por Bablot sino también por Justo Sierra (del que justo no necesito decir más); si la obra tuvo una edición de lujo (ya he mencionado que cojeamos hasta la fecha de ediciones); si fue interpretada en repetidas ocasiones en la guerra Franco-Prusiana y tantos la consideraron como el verdadero himno nacional mexicano ¿Por qué hasta la fecha cantamos un extraño Masiosare con melodías de una pluma catalana perteneciente a un señor Nunó? 

La respuesta está en el libro y será mi click bait para dejarlos con las ganas de leerlo. Pero no solo de leer sino también de escuchar; no me parece menor señalar que el libro, dispositivo insustituible, pero que hoy explora nuevos formatos, contiene entre sus páginas códigos QR que permiten sonorizar lo que se lee. Cerraré estas líneas diciendo que, como toda buena investigación, pero también como todo buen libro, me quedo con muchas y muchas reflexiones, pero con aprendizajes insospechados. Me quedo por ejemplo con la duda sobre la vida de Cresencio, hermano de Aniceto que compartió con él la contingencia astronómica al haber nacido el mismo día, pero que no pudo compartir la fortuna intelectual… se me antoja de novela trágica.  Me quedo con una curiosidad terrible y achaco una deuda a la musicología mexicana: ¿qué sabemos de Enriqueta Ortega, primogénita de Don Nizo? Esa mujer, excepción de su época, que no contrajo matrimonio y que consagró su vida a la música…

Estimado Samuel Maynez, ¡enhorabuena! por el libro; enhorabuena para la historia musical de nuestro país. Y gracias por la invitación a presentar este texto.

Mostrar Comentarios (0)

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Sonus litterarum, la literatura del sonido, acerca los textos y contenidos sonoros y académicos al rededor de la música, entendimiento y estudio.

Síguenos