Para Alba, mi fémina sonante
Resumen
Este ensayo desarrolla la noción de fémina sonante para nombrar los procesos mediante los cuales diversas feminidades emergen a través de las prácticas sonoras. A diferencia de las categorías centradas en identidades, funciones o campos específicos de acción dentro del ámbito sonoro, la propuesta desplaza la atención hacia las relaciones y prácticas que posibilitan la emergencia de conocimiento, memoria, afecto, imaginación y territorialidad en la escucha.
Desde una perspectiva transdisciplinaria que articula estudios sonoros, acustemología, pensamiento feminista y la noción de individuación desarrollada por Gilbert Simondon, se plantea que la escucha constituye un proceso relacional donde las feminidades emergen performativamente mediante prácticas de creación, interpretación, producción, investigación, mediación, documentación y transmisión sonora. En este sentido, la fémina sonante no designa una identidad fija ni una esencia femenina previamente constituida, sino un proceso de devenir mediante el cual las feminidades adquieren presencia y significado en la experiencia de escucha.
La propuesta dialoga con los estudios sobre el sonido, la escucha, la performatividad y el devenir para explorar las condiciones mediante las cuales diversas formas de presencia adquieren significado y participan en la producción de mundo. Asimismo, examina cómo las prácticas sonoras posibilitan formas de presencia que, aun participando activamente en la configuración de experiencias, memorias e imaginarios colectivos, no siempre han ocupado posiciones centrales dentro de las narrativas dominantes. Desde esta perspectiva, la noción de fémina sonante se plantea como una herramienta conceptual que permite atender las relaciones mediante las cuales diversas feminidades emergen, resuenan y adquieren presencia en la experiencia de escucha.
Introducción
Las transformaciones contemporáneas de la cultura sonora han ampliado de manera significativa las formas en que las feminidades participan en la creación, circulación, producción, preservación, investigación y mediación del sonido. Más allá de los espacios tradicionalmente asociados a la interpretación musical, las prácticas sonoras abarcan procesos de composición, producción musical, diseño sonoro y arte sonoro, entre otros; así como la etnomusicología, la documentación acústica, la investigación académica, la preservación de memorias auditivas y la transmisión de saberes vinculados con la escucha. Esta diversidad evidencia que el sonido no constituye únicamente un objeto estético, sino también un espacio de producción de significado, conocimiento, memoria, experiencia y relación.
Sin embargo, la creciente complejidad de estas prácticas invita a desplazar la reflexión hacia los procesos mediante los cuales determinadas experiencias adquieren presencia en la escucha. Las categorías habitualmente empleadas para describir funciones específicas —desde la interpretación, la composición y la producción hasta el diseño sonoro, la investigación o el arte sonoro— permiten identificar ocupaciones y campos de acción, pero resultan insuficientes cuando el interés se orienta hacia las relaciones que hacen posible determinadas formas de presencia sonora. En muchos casos, la relevancia de una práctica sonora no radica exclusivamente en los sonidos que produce, sino en su capacidad para producir sentido a través de formas de presencia que activan memorias, articulan conocimientos, movilizan afectos y transforman los modos de habitar el mundo.
Este desplazamiento implica una pregunta distinta. Más que indagar quién produce sonido, interesa explorar cómo determinadas prácticas sonoras posibilitan formas de presencia vinculadas con diversas feminidades y qué relaciones emergen a través de ellas. La atención se traslada así desde las identidades hacia los devenires; desde las categorías ocupacionales hacia las prácticas; y desde las formas acabadas hacia las condiciones que posibilitan su emergencia. En este sentido, el pensamiento de Gilbert Simondon permite reconocer que las formas de presencia en la escucha no constituyen estados previamente dados, sino procesos relacionales de individuación y transformación.
La noción de fémina sonante emerge de esta inquietud: su formulación dialoga con diversas tradiciones teóricas que han contribuido a explorar las relaciones entre sonido, escucha, experiencia y formas de existencia. Los trabajos de Feld (2013) y Ochoa Gautier (2024) permiten concebir la escucha como una forma de conocimiento; Butler (2004, 2006) aporta elementos para examinar los procesos mediante los cuales las feminidades adquieren reconocimiento y presencia en distintos contextos sociales; Simondon (2009) ofrece una comprensión relacional del devenir y los procesos de individuación; mientras que Haraway (1995) contribuye a reconocer las alianzas entre cuerpos, tecnologías y producción de conocimiento. Asimismo, esta propuesta se nutre de una trayectoria de investigación, creación y divulgación centrada en la escucha como forma de relación con el mundo. Un antecedente importante de estas inquietudes se encuentra en Alba, sonoridades de la luz (2015–2017), serie radiofónica dedicada a recuperar y difundir las contribuciones de mujeres vinculadas con la interpretación, creación, investigación y mediación sonora en distintos contextos históricos y culturales. Aunque desarrollada desde una perspectiva divulgativa, esta experiencia permitió reconocer la diversidad de prácticas mediante las cuales las feminidades participan en la construcción de mundos sonoros y evidenció cómo numerosas contribuciones realizadas por mujeres, pese a su relevancia cultural, artística y epistemológica, han ocupado históricamente posiciones periféricas dentro de los relatos dominantes sobre la cultura sonora.
Posteriormente, en Tuxtla Sonante: Las biofonías de las aves y su correlación con el comportamiento acústico del humano: una aproximación acustemológica, desde la postura simondoniana y la transestética (Oliva Quiñones, 2025), la escucha fue abordada como un proceso de producción de sentido capaz de articular territorio, experiencia y conocimiento. Más adelante, en Las morras (también) cantan ficción (Oliva Quiñones, 2025), la atención se desplazó hacia las formas en que diversas creadoras producen imaginarios y mundos posibles mediante el sonido. La noción de fémina sonante se configura en la convergencia de estos recorridos: la escucha como forma de conocimiento, el sonido como relación, las feminidades como productoras de mundo y la necesidad de nombrar procesos de presencia sonora que históricamente no siempre han ocupado posiciones centrales dentro de los regímenes de escucha dominantes.

Narraciones desde el cuerpo, la voz y la palabra.
1. Presencias en resonancia
Ningún concepto emerge en el vacío. Toda noción es el resultado de encuentros, tensiones, afinidades y desplazamientos que, al resonar entre sí, abren nuevas posibilidades de pensamiento. Fémina sonante no constituye una excepción; su formulación surge en la intersección de múltiples tradiciones que han reflexionado sobre la escucha, el devenir, la performatividad, la tecnología y los modos de relación con el mundo. Más que rastrear antecedentes lineales, construir una genealogía exhaustiva o pretender agotar las múltiples aproximaciones de los estudios sonoros, interesa reconocer aquellas resonancias que sitúan la presencia sonora en el terreno de las relaciones, los devenires y las prácticas de escucha. Su selección responde a una afinidad teórica con los problemas que atraviesan este ensayo: la escucha como forma de conocimiento, el devenir como proceso de individuación, la performatividad de las feminidades y las alianzas entre cuerpo, tecnología y experiencia. Estas perspectivas no ofrecen una definición acabada de fémina sonante; constituyen, más bien, campos de vibración conceptual desde los cuales es posible explorar los modos en que las feminidades adquieren presencia a través del sonido. Desde esta perspectiva, la presencia sonora se despliega como un campo de relaciones en constante transformación dentro del devenir, donde la escucha participa activamente en la
emergencia de experiencias, relaciones y formas de existencia. Lejos de constituir una recepción pasiva, escuchar participa en el devenir de las relaciones mediante las cuales la experiencia adquiere sentido, profundidad y resonancia.
La noción de fémina sonante encuentra aquí una de sus resonancias fundamentales. Su emergencia no depende exclusivamente de la producción de frecuencias acústicas, sino de la capacidad de activar formas de escucha que articulan experiencia, emociones y conocimiento. Como han mostrado las aproximaciones acustemológicas desarrolladas por Feld (2013) y ampliadas críticamente por Ochoa Gautier (2024), la escucha no constituye únicamente una forma de percepción, sino también una forma de conocimiento. Lo que adquiere presencia no es solamente una voz o una práctica aislada, sino modos específicos de relación con el mundo que se vuelven perceptibles a través de la escucha. Escuchar implica conocer, interpretar y producir mundo. La escucha se configura, así, como un espacio donde se inscriben memorias, territorios, afectos e historias, y donde se generan las condiciones que hacen posible la emergencia de diversas feminidades como formas de presencia. Esta perspectiva permite advertir que las formas de presencia en la escucha no constituyen una condición dada de antemano, sino el resultado de entramados relacionales, históricos y culturales que hacen posibles múltiples maneras de escuchar. En consecuencia, las prácticas sonoras no solo producen sonidos; participan también en la configuración de aquello que puede ser escuchado, reconocido y compartido. Si la acustemología permite reconocer la escucha como una forma de conocimiento, la filosofía de Gilbert Simondon ofrece herramientas para examinar los procesos relacionales mediante los cuales diversas formas de presencia emergen y adquieren consistencia en la experiencia.
La propuesta de fémina sonante dialoga con la comprensión relacional de la individuación desarrollada por Simondon (2009). La escucha no constituye un espacio pasivo de recepción, sino un proceso mediante el cual las relaciones que conforman una experiencia encuentran formas de resonar, transformarse y adquirir presencia. Lo audible no aparece como una propiedad fija de las cosas, sino como una emergencia relacional que acontece en la propia experiencia de escucha. Ninguna forma de presencia sonora es neutral ni está garantizada de antemano; toda emergencia depende de contextos históricos, culturales y técnicos que configuran las condiciones de aquello que puede ser escuchado, reconocido y compartido. Comprendida como un proceso de individuación sonora, la fémina sonante no designa una forma de existencia previamente dada ni una identidad estable, sino un devenir relacional que emerge en las prácticas sonoras y en las relaciones que éstas articulan. Su emergencia acontece en las resonancias que entrelazan memorias, saberes, afectos, imaginarios y territorios. Como todo devenir, permanece abierta, inacabada y en transformación constante. Es precisamente en ese devenir abierto e inacabado donde esta propuesta encuentra una de sus resonancias filosóficas más profundas.
1.1 Escucha, tecnología y producción de presencia
Las formas contemporáneas de la escucha se despliegan en escenarios donde cuerpos, dispositivos, infraestructuras técnicas y experiencias sensibles se encuentran profundamente entrelazados. Escuchar ya no constituye una acción restringida a la presencia inmediata de una fuente sonora; las tecnologías han ampliado las posibilidades de registrar, almacenar, transformar, transmitir y recrear sonoridades a través de múltiples escalas espaciales y temporales. Las reflexiones de Donna Haraway (1995) ofrecen herramientas para situar estos procesos desde una perspectiva relacional. Al cuestionar las fronteras rígidas entre organismo y máquina, naturaleza y cultura o humano y tecnología, su propuesta invita a reconocer que las experiencias contemporáneas emergen mediante ensamblajes relacionales donde participan simultáneamente cuerpos, tecnologías, infraestructuras y diversas formas de mediación. Ninguna experiencia sonora acontece en el vacío: toda escucha se encuentra mediada por relaciones materiales y técnicas que participan activamente en la configuración de aquello que puede ser escuchado, registrado, preservado y compartido. Un archivo sonoro, una grabación de campo, una plataforma digital, un sistema de amplificación o una tecnología de inteligencia artificial no funcionan únicamente como canales de transmisión; intervienen también en la producción de presencia, memoria y transmisión. Las feminidades no adquieren presencia exclusivamente mediante la producción de sonidos, sino también a través de los entramados técnicos que hacen posible su registro, preservación, transmisión y escucha. En este sentido, las tecnologías participan activamente en las condiciones que permiten la emergencia, permanencia y circulación de determinadas experiencias sonoras.
La escucha contemporánea acontece, así, en una trama de mediaciones donde las tecnologías no sustituyen la experiencia humana, sino que amplían las posibilidades de relación a través del sonido. La presencia sonora emerge entonces de ensamblajes complejos donde cuerpos, memorias, prácticas y dispositivos participan conjuntamente en la producción de sentido, a través de la cual se configuran formas de relación con el mundo. Es en estas mediaciones donde la fémina sonante encuentra otras formas de resonar, permanecer y hacerse presente más allá de la inmediatez del acontecimiento acústico.
2. La fémina sonante: una propuesta conceptual
En sintonía con las reflexiones de Butler (2004, 2006) sobre el carácter performativo de las identidades, la fémina sonante puede entenderse como una forma de presencia que acontece en el propio proceso de su realización. Entendida como una condición relacional, permite describir los modos en que diversas feminidades emergen en la escucha y participan en la producción de conocimiento, memoria, afecto, imaginación y en la configuración de formas de relación con el mundo. Su interés no radica en identificar quiénes son las féminas sonantes, sino en reconocer las condiciones relacionales mediante las cuales diversas feminidades adquieren presencia a través de la escucha. Más que delimitar identidades o prácticas específicas, la propuesta se orienta hacia los procesos que hacen posible esa emergencia y hacia las relaciones que le otorgan significado.
Este desplazamiento modifica la forma habitual de aproximarse a las prácticas sonoras. La atención se traslada desde las identidades hacia los procesos; desde las categorías hacia las relaciones; y desde las formas previamente constituidas hacia las condiciones de emergencia que hacen posible determinadas experiencias de escucha. Como condición relacional, puede manifestarse en la composición, la interpretación, la producción musical, el diseño sonoro, la investigación, la documentación acústica, la preservación de memorias auditivas, la transmisión de saberes comunitarios, el arte
sonoro o cualquier práctica donde el sonido participe activamente en la producción de experiencias significativas de escucha. Su emergencia tampoco depende exclusivamente de la presencia física de una voz, sino que puede acontecer mediante una grabación de campo, un archivo acústico, una pieza radiofónica, una composición electroacústica, una investigación sonora, una práctica comunitaria de transmisión oral o cualquier forma de mediación capaz de producir relaciones a través del sonido.
La fémina sonante tampoco busca establecer oposiciones binarias ni construir una categoría enfrentada a las formas masculinas de producción sonora. Su interés radica en visibilizar procesos vinculados con feminidades que, pese a haber participado activamente en la creación, transmisión, preservación e investigación del sonido, han ocupado con frecuencia posiciones periféricas dentro de los relatos dominantes que organizan la historia de las prácticas sonoras. Lejos de restringirse a un periodo histórico, una tradición cultural o una práctica específica, permite explorar los diversos modos en que las feminidades adquieren presencia a través del sonido en distintos contextos de existencia. En este sentido, la fémina sonante no aparece como una categoría de exclusión, sino como una herramienta conceptual destinada a ampliar los modos de reconocer quiénes y qué formas de existencia participan en la producción de mundo a través de la escucha: desde la performatividad, acontece mediante prácticas que la hacen presente en la escucha; desde la acustemología, participa en la producción de conocimiento; desde la individuación, permanece abierta al devenir; y desde la escucha, produce relaciones. Ninguna de estas dimensiones opera de manera aislada; todas convergen en procesos mediante los cuales diversas feminidades adquieren presencia a través de prácticas sonoras.
2.1 Fémina sonante y memoria
La escucha constituye uno de los espacios privilegiados donde la memoria adquiere presencia. A diferencia de otros registros, el sonido posee la capacidad de reactivar experiencias, evocar territorios, convocar afectos y actualizar vínculos que parecían haber desaparecido. Una voz grabada, una canción transmitida entre generaciones, una narración oral, un archivo sonoro o una práctica comunitaria de escucha permiten que determinadas experiencias continúen resonando más allá del momento en que fueron
producidas. En el marco de estas resonancias, la mediación memorial adquiere un rol activo; su relevancia no radica únicamente en producir sonidos, sino en hacer posibles formas de presencia mediante las cuales ciertas memorias continúan actuando en el presente. Lo que se preserva no es solamente información acústica, sino experiencias, saberes, afectos y formas de relación que permanecen disponibles a través de la escucha. La memoria, en este sentido, no constituye un depósito estático de acontecimientos pasados. Desde una perspectiva relacional cercana a la propuesta de Simondon (2009), puede entenderse como un proceso continuo de actualización y transformación. Cada acto de escucha reactiva relaciones, reorganiza significados y permite que experiencias aparentemente concluidas adquieran nuevas formas de presencia. A través de prácticas de creación, documentación, interpretación, archivo, investigación o transmisión oral, diversas feminidades participan en la conservación y reactivación de memorias que continúan configurando formas de conocimiento, pertenencia e imaginación colectiva. Estas prácticas no solo resguardan experiencias del pasado; también posibilitan que dichas experiencias permanezcan disponibles para nuevas formas de escucha y nuevas formas de relación, asegurando la continuidad de vivencias que atraviesan generaciones, culturas y comunidades.
2.2 Fémina sonante y conocimiento
Lejos de constituir únicamente un medio de expresión o representación, las prácticas sonoras participan activamente en la construcción de saberes, interpretaciones y modos de existencia. La emergencia de la fémina sonante se vincula con la capacidad de generar condiciones de escucha mediante las cuales determinados saberes pueden adquirir presencia, circular y volverse socialmente relevantes. Lo que emerge a través de estas prácticas no es únicamente una voz o una sonoridad determinada, sino formas de habitar, interpretar y relacionarse con la realidad. Esta dimensión resulta especialmente visible en aquellas prácticas donde la escucha funciona como una herramienta de investigación, observación, documentación o transmisión de saberes. En sintonía con la perspectiva acustemológica desarrollada por Feld (2013), la experiencia sonora permite reconocer relaciones entre cuerpos, territorios, memorias, afectos y experiencias que difícilmente podrían percibirse desde otras formas de aproximación al mundo. Escuchar implica, en este sentido, una modalidad de atención mediante la cual el conocimiento se produce en la propia relación entre quienes escuchan y aquello que es escuchado. Cada práctica sonora moviliza formas específicas de saber que se configuran en el encuentro, donde el conocimiento no se localiza exclusivamente en el sonido ni en quien escucha, sino en las dinámicas que emergen entre ambos para comprender y habitar el mundo.
Desde esta dimensión, la fémina sonante no se limita a transmitir conocimientos previamente constituidos. Su presencia se vincula con la capacidad de generar condiciones de escucha desde las cuales nuevos saberes pueden adquirir significado, circular y transformar las formas de relación con el mundo. Allí donde el sonido participa en la producción, transmisión o resignificación de conocimientos mediante la escucha, es posible reconocer procesos afines a esta noción. El conocimiento aparece entonces no como un contenido fijo, sino como una experiencia relacional que se configura en el propio acto de escuchar.
2.3 Fémina sonante y afecto
Los sonidos participan constantemente en la configuración de estados emocionales, disposiciones sensibles y formas de relación que atraviesan la experiencia cotidiana. Una voz puede generar cercanía, una canción puede acompañar un duelo, un paisaje sonoro puede producir calma o inquietud, y una práctica de escucha compartida puede fortalecer vínculos entre personas y comunidades. En este sentido, el afecto no constituye una reacción individual aislada frente a un estímulo acústico. En consonancia con una comprensión relacional de la experiencia, cercana a la propuesta de Simondon (2009), los afectos emergen en el encuentro entre sonidos, cuerpos, memorias, contextos y formas de escucha. Lejos de pertenecer exclusivamente a un sujeto, circulan, se transforman y adquieren significado a través de las relaciones que los hacen posibles.
Bajo este enfoque, la relevancia de los procesos sonoros radica en su capacidad para producir resonancias que transforman la manera en que las personas se vinculan consigo mismas, con otras personas y con su entorno. Esta relación resulta
particularmente significativa porque la memoria, el conocimiento y la imaginación encuentran con frecuencia en el afecto una condición de posibilidad. Aquello que conmueve o interpela suele permanecer con mayor intensidad en la experiencia. Los sonidos no solo comunican información ni preservan recuerdos; participan también en la configuración de atmósferas sensibles que exceden la materialidad inmediata del sonido, prolongándose en las emociones y en las formas de relación que configuran la experiencia compartida.
2.4 Fémina sonante e imaginación
A través de la imaginación, las prácticas sonoras no solo registran o interpretan el mundo; participan activamente en la creación de mundos posibles. Los sonidos poseen la capacidad de evocar lugares ausentes, convocar presencias que no se encuentran físicamente disponibles, sugerir futuros posibles o transformar la percepción de aquello que se considera real. Escuchar implica también imaginar: cada experiencia de escucha moviliza imágenes, recuerdos, asociaciones y proyecciones que exceden la materialidad inmediata del fenómeno acústico.
Esta dimensión resulta particularmente significativa en contextos donde las narrativas dominantes han limitado históricamente las posibilidades de representación de diversas feminidades. En consonancia con la comprensión performativa propuesta por Butler (2004, 2006), la imaginación sonora permite ensayar otras formas de presencia, articular relatos alternativos y generar condiciones para que nuevas memorias, sensibilidades y experiencias encuentren formas de resonar en la escucha. En este sentido, imaginar constituye también una forma de intervención en la realidad. A través de la composición, la narración sonora, la ficción, el arte sonoro, la experimentación acústica o las prácticas comunitarias de escucha, se abren espacios donde la experiencia puede reorganizarse y proyectarse más allá de las condiciones inmediatas de existencia, abriendo horizontes posibles desde los cuales nuevas formas de presencia, relación y existencia pueden adquirir significado.
2.5 Fémina sonante y territorio
Todo sonido emerge en contextos específicos, atraviesa paisajes acústicos
determinados y participa en formas particulares de relación con el entorno. El territorio no constituye únicamente una dimensión geográfica de la experiencia, sino un entramado de memorias, afectos, saberes, presencias y relaciones que se configuran a través de la escucha. A través de la voz, la música, la oralidad, la documentación acústica o la investigación, el sonido se convierte en un medio para habitar, interpretar y significar los lugares. Como han señalado las perspectivas acustemológicas desarrolladas por Feld (2013) y retomadas críticamente por Ochoa Gautier (2024), escuchar constituye también una forma de conocer los territorios y las relaciones que los configuran. Escuchar un territorio no implica únicamente percibir los sonidos que lo componen, sino reconocer las huellas de historias compartidas, formas de organización social y conocimientos situados. Esta dimensión adquiere una relevancia particular cuando se considera que diversas feminidades han participado históricamente en la conservación de conocimientos vinculados con las comunidades y las formas de vida locales, aportando a la construcción de territorialidades que permiten experimentar pertenencia, arraigo, movilidad y memoria. Los territorios no solo se habitan; también se escuchan.
2.6 Fémina sonante y producción de mundo
La memoria, el conocimiento, el afecto, la imaginación y el territorio se encuentran constantemente entrelazados en la experiencia sonora. La expresión «producción de mundo» no alude únicamente a la creación de representaciones sobre la realidad, sino a los procesos mediante los cuales determinadas formas de existencia adquieren presencia, significado y capacidad de relación en la experiencia compartida. Los mundos se configuran y reconfiguran a través de prácticas, afectos, saberes, memorias e imaginarios que organizan la manera en que las personas se relacionan con aquello que las rodea.
En consonancia con los planteamientos acustemológicos de Feld (2013) y Ochoa Gautier (2024), el sonido interviene directamente en la configuración de la experiencia. Lo que emerge a través de estas prácticas son también maneras de conocer, imaginar y habitar la realidad. En términos de Butler (2004, 2006), estas formas de presencia no preexisten a las prácticas que las hacen audibles, sino que emergen y adquieren reconocimiento en el propio proceso de su aparición. Desde una lectura próxima a Simondon (2009), esta convergencia puede comprenderse como un proceso abierto de individuación en el que las relaciones preceden a las formas estables. Es en este horizonte donde la fémina sonante alcanza su formulación más amplia: una condición relacional mediante la cual diversas feminidades adquieren presencia, resonancia y significado a través de prácticas sonoras que intervienen en la construcción compartida del mundo.
Consideraciones finales
Más que ofrecer una definición cerrada, este ensayo propone una primera aproximación conceptual susceptible de ser ampliada, discutida y reformulada en futuras investigaciones. La noción de fémina sonante abre nuevas interrogantes sobre las relaciones entre escucha, feminidades, memoria, creación sonora, prácticas comunitarias, mediaciones tecnológicas y producción de conocimiento. Precisamente por su carácter relacional, no se restringe a una época, una cultura o una práctica sonora específica. Su alcance radica en ofrecer una herramienta conceptual capaz de reconocer los múltiples modos en que diversas feminidades adquieren presencia, resonancia y significado a través del sonido en distintos contextos históricos y culturales. Más que identificar formas de existencia previamente constituidas, permite atender las condiciones que hacen posible su emergencia y devenir audible en la escucha. Si escuchar implica participar en los procesos mediante los cuales el mundo adquiere presencia, la fémina sonante invita a reconocer aquellas resonancias que durante mucho tiempo permanecieron en los márgenes de la escucha. No porque estuvieran ausentes, sino porque las condiciones que hacían posible su aparición no siempre ocuparon un lugar central dentro de las formas dominantes de producir y narrar el mundo sonoro.
Ampliar los horizontes de la escucha supone reconocer otras maneras de conocer, recordar, imaginar, habitar y producir mundo a través del sonido. En este sentido, la noción de fémina sonante permite advertir aquellas resonancias donde diversas
feminidades encuentran formas de hacerse audibles y participar en la producción de mundo mediante prácticas sonoras que articulan memoria, conocimiento, afecto, imaginación y territorio. Más que una categoría para nombrar formas de existencia previamente definidas, constituye una invitación a reconocer los procesos mediante los cuales determinadas presencias llegan a resonar, hacerse audibles y participar en la construcción compartida del mundo. En ello reside, quizá, una de sus principales aportaciones: ofrecer una vía para reconocer cómo diversas feminidades, a través de la escucha y del sonido, participan continuamente en la producción de mundo.
Referencias
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Haraway, D. J. (1995). Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza (M. Talens, Trad.). Ediciones Cátedra.
Ochoa Gautier, A. M. (2024). Auralidad: escucha y conocimiento en la Colombia del siglo XIX. Editorial Universidad del Rosario / Universidad de los Andes.
Oliva Quiñones, A. L. (Productora y conductora). (2015–2017). Alba, sonoridades de la luz (ecos femeninos) [Serie radiofónica]. Radio Universidad UNICACH FM; Puertarbor Producciones Culturales. https://www.youtube.com/watch?v=6zc19dXgyyQ&list=PLy_GoKqVhmjK9Wf4iAZuvSC 7vtT82ovs3
Oliva Quiñones, A. L. (2025). Las morras (también) cantan ficción. Sonus Litterarum. https://sonuslitterarum.mx/author/aurora-lucia-oliva/
Oliva Quiñones, A. L. (2025). Tuxtla sonante: Las biofonías de las aves y su correlación con el comportamiento acústico del humano: una aproximación acustemológica desde la postura simondoniana y la transestética [Tesis doctoral no publicada]. ICONOS, Instituto en Comunicación y Cultura.
Simondon, G. (2009). La individuación a la luz de las nociones de forma y de información(P. Ires, Trad.). Cactus.



