La Fama, esa Sirena Atroz, dice Sor Juana Inés de la Cruz.

Álvaro Bitrán

A mi en realidad me ha parecido siempre mas bien una Hada Traviesa, que se deleita a costa nuestra.

Claro, hay premios, distinciones, Grammys y demás, pero por lo general mi hada se me aparece en los momentos y formas más inesperadas.

La primera que se me viene a la mente, es aquella en Bogotá, cuando por azares del destino, nos hospedaron en el mismo hotel que a Luis Miguel.

Al regresar del concierto, fui aplaudido rabiosamente por una multitud de chicas que hacían fila por varias cuadras, pensando que yo había participado en el concierto del «Astro Rey» …muchas gracias, decía yo a diestra y siniestra con una sonrisa congelada, aturdido por la travesura de mi hada.

En otra ocasión la Fama me sorprendió de improviso saliendo del metro Chapultepec, un lunes al mediodía.

De pronto me encontré en ese espacio multitudinario, a la luz cegadora del mediodía con un despliegue fantástico de tacos, jugos de naranja, adaptadores para celulares, perros y carnitas.

Pero entre el ruido avasallador de motores de peseros y gritos de vendedores, oí de pronto los primeros compases del vals Club Verde, en la versión grabada por mi Cuarteto Latinoamericano

Al reconocerme, me dirigí hacia la fuente de donde salía esa música tan improbable, y era un puesto de CD’s piratas, en el que teníamos el privilegio de compartir cobija con José José, Los Bukis y Gloria Trevi entre otros.

El vendedor, al reconocerme (¡me reconoció!) dijo:

Aquí andamos maestro Bitrán, difundiendo su arte…

 ¿La Fama pensé yo, será esto?

Aunque creo que en realidad la primera vez que me sentí famoso fue a los catorce años en Chile, cuando en el centro del puzzle de la sección cultural del domingo del diario El Mercurio, salió mi foto.

Era una foto tomada hacía pocos días en mi casa, en la que se veía mi cara limpia y muy peinadita con limón, junto al caracol y clavijas de mi cello. Debo aclarar, que el director de la sección cultural nos conocía, de lo contrario esto hubiese sido totalmente inexplicable.

Pero, sin embargo, ahí estaba yo, sonriendo en los puestos de periódicos de todo Santiago, Viña del Mar, La Serena, Concepción y en todas las ciudades y pueblos de ese largo país. Fue una sensación bastante surrealista, conmovedora y totalmente incomprensible para mí.

Otra vez que La Fama me susurró al oído, fue en un taxi en la ciudad de Oaxaca. La música que salía por su equipo made in China era una canción de Julieta Venegas llamada ‘Otra Vez», que por cierto me encanta porque solo lleva voz, cello y piano.

Cansado, regresando al hotel y hundido en el asiento de atrás del Tsuru, me dio gusto oír mi cello. Y tuve ganas de decírselo al chofer, cosa que nunca hago. Sin embargo, tratando de ser el turista amable que entabla conversaciones banales con la gente local, le comenté que yo tocaba en ese CD, y que ese sonido era el de mi cello. Su reacción sin embargo me resultó bastante inesperada:  Volteó la cara hacia mí a una velocidad muy lenta, dedicándome una mirada tan seria como malhumorada y de pocos amigos.

¡Ah esa hada traviesa! ¡cómo se divierte con nosotros!

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