Lou Reed y Bruce Springsteen bajo la mirada cinematográfica del rock
Schnabel, Julian, dir. 2007. Lou Reed’s Berlin. Concierto. Artificial Eye. BluRay, 82 min.
El álbum Berlin de Lou Reed, publicado en 1973, fue un fracaso comercial en la carrera de uno de los músicos más importantes surgidos del rock avant-garde neoyorquino. También sería uno de sus discos menos vendidos, junto con Metal Machine Music (RCA, 1975), grabación vilipendiada por propios y extraños por consistir casi únicamente en largos pasajes de feedback y guitarra distorsionada que, en su momento, casi nadie entendió: una apuesta sonora mucho más violenta que la de Jimi Hendrix o The Who, por poner dos ejemplos contemporáneos a Reed.
Años más tarde, Metal Machine Music se convertiría en una pieza clave para pensar la exploración aural del “ruido” como obra abstracta, con una influencia decisiva en cientos de compositores y proyectos de música extrema alrededor del mundo.
Al igual que Metal Machine Music, Berlin se proponía dinamitar desde sus cimientos la idea de la ópera rock conceptual y apoteósica asociada a grupos como Pink Floyd o a los grandes proyectos orquestales del rock progresivo de la época. Tomando elementos del hard rock, el cabaret neoyorquino al estilo de Kurt Weill y el glam pre-punk, la música de Reed sirve como marco ideal para algunos de sus temas más recurrentes: la violencia doméstica, el abuso de drogas y la sexualidad atravesada por relaciones de poder, control y manipulación, entre otros.
Este acontecimiento fue aprovechado por Julian Schnabel, pintor y artista plástico, para filmar el concierto y presentarlo como película bajo el título Lou Reed’s Berlin (2007), también conocido como Berlin: Live at St. Ann’s Warehouse. La recomendación resulta especialmente valiosa porque no se trata únicamente del registro de un concierto, sino de la recuperación escénica y cinematográfica de un álbum que, durante décadas, ocupó un lugar incómodo dentro del propio canon de Lou Reed.
El reparto musical es de lujo: Bob Ezrin en la conducción, Hal Willner en la producción musical, Steve Hunter —guitarrista de la grabación original—, Steven Bernstein en la trompeta, Jane Scarpantoni en el chelo, Sharon Jones y ANOHNI —entonces conocida como Antony Hegarty, de Antony and the Johnsons— en los coros, además del Brooklyn Youth Chorus.
Schnabel no se conforma con una filmación sobria y precisa del concierto, sino que aprovecha el fondo teatral del escenario para proyectar imágenes alusivas que narran las desventuras de Caroline, la antiheroína de la historia, interpretada por Emmanuelle Seigner, actriz que guarda una llamativa semejanza con Nico, la otra gran figura vocal asociada a The Velvet Underground además de Reed. Las escenas filmadas por Lola Schnabel, hija del director, aluden de forma ambigua pero efectiva al ascenso y caída de Caroline dentro de su vida conyugal.
Berlin es una narración tristísima y desgarradora sobre la vida de una pareja hasta su disolución total. Autodestructiva, depresiva y antirromántica, la historia que erige Reed queda reducida a cenizas, sin posibilidad de redención ni moraleja.
Lou Reed sitúa a los personajes de Berlin en un lugar más impreciso y evocativo que la ciudad alemana en plena Guerra Fría. Un territorio más cercano a la “Interzona” fronteriza de El almuerzo desnudo, de William Burroughs, que a los personajes de Posesión (1981), la película de culto de Andrzej Żuławski sobre una pareja que se tortura mutua, física, psicológica y existencialmente, muy cerca del Muro de Berlín.
El disco Berlin es mucho más afín a los ídolos literarios de Reed, como Hubert Selby Jr. —Última salida a Brooklyn (1964)— o Raymond Chandler, figura central de la literatura pulp norteamericana, que al rock setentero y masivo de la época: Queen, Elton John, Jethro Tull, entre otros.
Durante décadas, Reed mantuvo una relación conflictiva con Berlin. Sin embargo, más de treinta años después de su lanzamiento, decidió presentarlo por primera vez en vivo y de manera íntegra, canción por canción, en una breve serie de conciertos en el St. Ann’s Warehouse, en Brooklyn.
Tomando prestada la técnica de proyección de luces multicolores del Exploding Plastic Inevitable, de la época de The Velvet Underground, donde las imágenes psicodélicas inundaban el escenario y se fusionaban con los músicos, Schnabel abofetea al espectador con escenas intimistas y sobrecogedoras. El resultado es una especie de caleidoscopio en tonos verdosos y amarillentos, que remite a esos viejos álbumes de fotografías familiares abandonados en el baúl de los recuerdos.
Lou Reed’s Berlin no es la primera película de Julian Schnabel que se acerca a figuras icónicas de la cultura culta y popular norteamericana. Ya lo había hecho antes con Basquiat (1996), biografía del pintor marcado por las drogas, el exceso y una muerte temprana. No es casual que Schnabel vuelva a ese territorio, tanto Basquiat como Lou Reed pertenecen, cada uno desde su propio lenguaje, a una misma constelación artística neoyorquina, donde el rock, el arte pop, la cultura callejera y la vanguardia dejaron de ser territorios separados para volverse formas accesibles, humanas y profundamente expresivas. En ese sentido, tal vez una de las mejores formas de describir la figura de Lou Reed sea la frase del crítico Lester Bangs, cuando reseñó para la revista Rolling Stone el disco The Bells: “Lou Reed es un cabrón y un engreído, pero es un cabrón engreído que habla y se preocupa por gente por la que nadie da un centavo”. Por eso, Lou Reed’s Berlin merece verse no solo como el registro de un concierto, sino como una intensa recomendación cinematográfica para volver a escuchar, mirar y entender uno de los discos más incómodos y poderosos de Lou Reed.
Cooper, S. (Director). (2025). Springsteen: música de ninguna parte [Springsteen: Deliver Me from Nowhere] [Película]. 20th Century Studios.
Entre diciembre de 1957 y enero de 1958, Charles Raymond Starkweather y su novia, Caril Ann Fugate, de apenas 14 años, cometieron de manera impulsiva una serie de crímenes horrendos, dejando un rastro de once personas asesinadas, de edades variadas, entre los caminos rurales de Nebraska y Wyoming.
La cadena de muerte y desolación provocada por la joven pareja causó tal impacto en la sociedad norteamericana que su historia serviría de inspiración para numerosos proyectos de la cultura popular, incluyendo novelas, cómics y Badlands (1973), ópera prima del director Terrence Malick.
Años después, Bruce Springsteen lanzaría el que hasta entonces sería su proyecto más ambicioso: el álbum doble The River (1980), un éxito de ventas y de crítica que finalmente catapultaría la carrera del hijo favorito de Nueva Jersey.
Tras ese impulso, Springsteen haría una pausa en el frenesí de giras, fans y grabaciones de una carrera cada vez más ascendente. Un tanto apartado de los reflectores, pero dubitativo y profundamente deprimido, encontraría una inesperada fuente de inspiración en la transmisión televisiva de Badlands.
A partir de ese momento, Springsteen empieza a recopilar información y a obsesionarse con el caso criminal que inspiró la película de Malick.
Utilizando únicamente una grabadora portátil, y armado con una guitarra, una armónica y un amigo que servía como ingeniero de sonido, nacería Nebraska 82.
A partir de esta narrativa, la película resulta una recomendación especialmente atractiva para quienes buscan algo más que el retrato triunfal de una estrella de rock. La historia transcurre entre recuerdos familiares de un padre alcohólico y abusivo, la frágil relación del cantante con una camarera, la búsqueda de inspiración en la habitación de una casa de campo alquilada y la presión de la disquera por lanzar un nuevo hit. Springsteen se refugia así en lo más recóndito de su talento creativo para dar forma al que sería su disco más desolado, crudo y oscuro.
De hecho, quizá sin proponérselo directamente, y dada la talla y fama del cantante, lo más interesante de la película es ir descubriendo que no se necesita tanta parafernalia musical ni tecnológica para crear una obra maestra del folk-rock intimista.
Incluso, Nebraska se adelantaría a lo que en las décadas de los ochenta y noventa se convertiría en una tendencia cada vez más socorrida: el formato unplugged, o “desenchufado” de la estridencia eléctrica.
Pero lo más importante es que Nebraska también puede leerse como una piedra angular para muchos intérpretes y proyectos lo-fi, como Cowboy Junkies o Cat Power, así como para distintas vertientes del rock alternativo de raíces folk y country, asociadas a nombres como Bill Callahan o Bonnie “Prince” Billy.
Música de ninguna parte sigue la tendencia de Hollywood de desempolvar el formato del biopic y, aunque de manera un tanto dispareja, logra registrar la complejidad del proceso artístico. Aunque, por momentos, el uso reiterativo del flashback en blanco y negro se vuelve estorboso para la narrativa central, el corazón de la película está en otro lugar: en el arduo proceso creativo del artista, el estira y afloja con su mánager Jon Landau y con Columbia, su discográfica, así como en la forma en que los demonios internos e insospechados de alguien que, dentro del imaginario del rock estadounidense, suele percibirse como una figura bastante convencional, se convierten en una olla de vapor que terminará dando forma a lo que para muchos es su mejor disco.
No es esta la primera vez que la figura de Springsteen se ha llevado al cine, ni tampoco la primera en la que su música roza de cerca la ficción cinematográfica. Poco tiempo después de la grabación de Nebraska, Paul Schrader, guionista de Toro salvaje y Taxi Driver, filmaría una fallida y demasiado complaciente película semibiográfica protagonizada por Michael J. Fox —poco después de Volver al futuro— y la guitarrista punk Joan Jett.
Asombrosamente, Schrader había imaginado que su historia podría ser interpretada por el propio Springsteen y… ¡Robert De Niro! El dato no termina ahí: dicha película iba a llamarse Born in the USA, aunque finalmente se tituló Light of Day y se estrenó, sin pena ni gloria, en 1987.
En cambio, Springsteen tomaría el título inicial de Schrader para nombrar el que sería su trabajo más famoso e incomprendido: Born in the U.S.A. (Columbia, 1984), uno de los discos más repudiados y reivindicados por ciertos sectores de la crítica rockera. Pero esa es otra historia. Una que, probablemente en unos años, el cine norteamericano, tan falto de ideas novedosas, se atreva a filmar.



