Nací en Santiago Papasquiaro del estado de Durango, el 31 de diciembre de 1899.
Creo que es un lugar cercano a las montañas, pues el recuerdo más lejano y vivo de mi infancia me ilumina un viaje por la sierra, amarrado a una mula —era muy pequeño—, durmiendo el sueño bajo tiendas de campaña y sobre el suelo, cazando pajarillos con rifle de salón, recogiendo frutas en la madrugada, oyendo los lobos en la noche. Desde entonces me quedó un aromático y tendido amor por los pinos, las montañas y los horizontes; así como más tarde, viviendo en Ocotlán, estado de Jalisco, soñé con puertos y barcos — Ocotlán está a la orilla del río Lerma que desemboca en el lago de Chapala— y me enamoré del mar soñado, para siempre. Fueron mis primeros amores: el cielo, el agua y la montaña. Después vino la música… Más tarde la música por dentro.
Mi madre nació en un mineral del estado de Durango llamado San Andrés de la Sierra, y allí vivió toda su juventud: hija de mineros y entre mineros. Entre quebradas y cascadas; y árboles y flores. Ella me ha contado su infinita curiosidad por saber del mundo que ocultaban las altas montañas que. rodeaban su pueblo, sus sueños y su siempre nueva admiración y amor por la naturaleza. Soñaba con tener algún día un hijo artista, poeta, escritor, músico, alguien que pudiera expresar todo lo que ella admiraba y amaba de la naturaleza y de la vida; a ello se debió probablemente que yo naciera con una malhadada afición por la música y por la pereza, y una inacabable nostalgia de nuevos horizontes. Era muy pequeño —+tres años, me cuenta ella— cuando por primera vez oí música. Era una orquestita de pueblo que tocaba la serenata en la plaza. Yo estuve de pie escuchando largo tiempo y seguramente con una atención desmedida, pues me quedé bizco. Y bizco estuve por tres o cuatro días. (Ahora, ¡desgracia mía!, ya no me quedo bizco ante los músicos.)

De niño (¿también de hombre?), preferí siempre dar tamborazos en una tina de baño y soñar cuentos, que hacer algo útil, y así pasaba los días imitando con la voz diversos instrumentos, improvisando orquestas y canciones y acompañándome con la tina de baño. Esas redondas tinas de baño que siempre me gustaron más para tamboras que para baño. Y seguí soñando con música y países remotos. Recuerdo dolorosamente el solfeo. A veces las desafinaciones me costaron coscorrones poco musicales. Mis lágrimas cayeron sobre el “Eslava”. Leí libros de viajes con lágrimas y “do, mi, do, mi, sol”. Tenía seis años. Quería ser misionero en remotos lugares, predicador y músico. Me gustaron las vidas de los santos y de los bandidos.
Hay un barrio de Santiago que se llama España: creo que se cruza un arroyo para ir —tenía apenas ocho años cuando salí de Santiago, casi no lo recuerdo. Yo vivía un sueño de aventura cada vez que iba a España. Me mandaban allá con mi abuela cada vez que me daban aceite de ricino. Para que reposara la purga. Allí me ponía a limpiar frijoles y a tocar una flauta de carrizo.
Después toqué el violín. Lo empecé a estudiar allá por Colima, por Ocotlán, por Guadalajara. Mi pobre padre, que era un poeta de su vida humilde, nos llevaba de un lado para otro, porque sus negocios comerciales andaban de capa caída. Era un comerciante que amaba el arte y la poesía. A él le debo lo mejor de mi vida interior y mi mejor amor por los hombres. Hice progresos rápidos y tocaba piezas y canciones populares o las improvisaba. Hice mi primera aparición en público cuando tenía once años, en el Teatro Degollado de Guadalajara. Al día siguiente mi padre compró todos los periódicos. (Desde entonces me han perseguido y ahora ya no los quiero comprar.) Para él era una recompensa dulce por el gasto que había hecho comprándome un traje nuevo para aquella ocasión… ¡Estábamos tan “brujas”!
Mi padre, que tenía un vago temor de que la música no me diera para comer, me hizo estudiar teneduría de libros, taquigrafía, aritmética y ciencias ocultas, sin ningún resultado. Fui dependiente de una tienda de ropa y de abarrotes, con gran desesperación de los patrones, que siempre me mandaron a… tocar el violín. En revancha creo haberme robado uno que otro quinto para comprar “leche quemada” y pasteles, que eran mi debilidad. Cada domingo me daban un tostón del que gastaba veinticinco centavos en pasteles y el resto se lo daba a mi abuela, con quien vivía pobremente en un cuarto redondo.
Fui creciendo y tocando. Vine a México. ¡México! Hice versos inevitables y escribí cartas con puntos suspensivos. Mi buen padre se alarmaba… Seguí estudiando música y fui poco aplicado. Desde muy temprano amé a Bach y a Beethoven. Me gustaba pasearme a grandes zancadas, con la melena alborotada y los brazos cruzados a la espalda, por las románticas avenidas de Chapultepec. Siempre tuvieron gran influjo sobre mí esas litografías y grabados que muestran al pobre de Beethoven con cara de pocos amigos desafiando un desatado tormentón. Yo no podía hacer menos.
He tenido muchos maestros. Los mejores no tenían títulos y sabían más que los otros. De ahí que siempre haya tenido muy poca veneración por los títulos. Ahora, después de muchos años, sigo estudiando, sigo teniendo maestros, escribo música, sueño con remotos países y a veces doy tamborazos en tinas de baño.
México, 13 de marzo de 1938


