6. ¡Deje de ser mujer y conviértase en un buen músico!

Lluvia Alejandra Sánchez

“Las mujeres son las únicas que deberían de ser cantantes. Por alguna razón no me gusta que los hombres canten.” Esta frase que escuché de mi profesor de italiano cuando lo invité a escuchar Elissir d’amore donde toqué desde la fosa en la orquesta, sin duda removió algo desagradable e incierto dentro de mí. En su momento no logré identificar exactamente qué fue lo desconcertante de sus palabras. Hoy, gracias al texto de Lucy Green Música, género y educación entiendo que fue esa inherente sexualización oculta dentro de una expresión de gusto. Coincido con la autora en que la mujer instrumentista se percibe menos femenina que la mujer cantante, siendo la segunda vista como más cercana a la naturaleza y, por ende, a su feminidad, y que la primera se muestra desde una exhibición menos sexual y más masculina. De hecho, agregaría que varía de instrumento a instrumento el nivel de aceptación desde el exterior y el nivel de renuncia a su feminidad.

Sin embargo, hay un punto en el que no coincido por completo, cuando la autora habla sobre cómo la masculinidad del hombre se tambalea en entornos dominados por mujeres, como lo fue en su momento el de la música de salón. No coincido del todo porque los espacios en los que la masculinidad se pone en duda son, más bien, dentro de los círculos de hombres. Es ahí en donde se debe estar más alerta para no dejar de demostrar la hombría. Un hombre heterosexual en un espacio de mujeres es un galán, un hombre homosexual en un espacio de mujeres es un miembro más del grupo. Al contrario, el establecimiento de esta masculinidad se mostró como  discriminación hacia las mujeres disfrazada de inclusión: compongo música más sencilla especialmente para que las señoritas la puedan tocar al piano. Fomento espacios de sólo señoritas para que no tengan que buscar otros espacios, sobre todo aquellos en los que ya hay hombres ocupándolos.

La disertación de Green ayuda a examinar por qué las mujeres no se muestran femeninas en roles “asignados” a los hombres, como la dirección de orquesta, el piano u otros instrumentos, en donde no sólo necesitan demostrar muchas más capacidades para superar el foco a su género, sino que además deben mostrar una imagen masculina vistiendo trajes sastre o dando señales de poca disponibilidad sexual. De otra forma, como precisa acertadamente la autora, se pone en duda su capacidad interpretativa. 

Como ejemplo, la pianista Yuja Wang ha sido demeritada como instrumentista por vestir en minifalda y tacones. A pesar de que es una excelente pianista y que cumple con el estándar de lo socialmente aceptado para vestir como una mujer atractiva, enfrenta el rechazo de sus colegas, porque ser pianista y ser mujer no caben en la misma ecuación: o se es una, o la otra. Podríamos pensar que no tiene nada que ver con ser mujer, sino más bien con un canon de vestimenta de un artista clásico (¿o un artista “serio”?) dentro del mundo de la música académica. Sin embargo, nuevamente encontramos -muy en el fondo, pongámonos las gafas para ver de cerca-, elementos relacionados a la feminidad: tacones, minifalda, blusas y vestidos con escote o con la espalda descubierta, como un distractor hacia el talento musical. Algo que viste al academicismo como “menos serio” y que se ha relacionado como vestimenta de mujer. Si Yuja Wang tuviera otra carrera, y cumpliera el canon de las actrices de televisión en una alfombra roja, indudablemente no se hablaría de ella como una mujer provocativa del sistema. Se seguiría hablando de su ropa, pero no como una razón para rechazarla como artista.

Por otro lado, puntualiza Green que las mujeres en la escena del rock satirizan la vestimenta sadomasoquista, probablemente para posicionarse como mujeres dominantes en una estrategia de entrada al mundo mercantil con una exhibición sexualizada pero, no necesariamente disponible, sino desde una postura de poder. Y aún así, sin erradicar con éxito el convenio colectivo “si quieres deshacer una banda, introduce una mujer”. He podido observar que, en la música académica, las mujeres que aceptablemente se muestran femeninas como instrumentistas, son aquellas que cumplen con el canon de “princesa”: mujer callada, delicada, recatada y nada ruidosa. Me pregunto si es en forma de mujer infantil, o mujer asexual.

Nací, crecí y estudié la licenciatura en música como violinista en Durango, una ciudad de la que se puede destacar su inclinación al conservadurismo político, religioso y social. Desde mi experiencia personal, fue razón de cuestionamiento el observar cómo, aunque el mundo de la música para aficionados reunía en su mayoría mujeres y, aunque en los estudios profesionales musicales fuimos más mujeres que hombres, a quienes se les tomaba en cuenta de forma más “seria” siempre fueron hombres, aunque algunos no tuvieran habilidades musicales importantes. Puedo observar que, para mí, de forma inconsciente, mi forma de destacar fue convertirme en un hombre más. Podía notar que hacia las alumnas mujeres existía, de parte de los profesores, condescendencia o sexualización, y de parte de las profesoras, una exigencia mayor hacia las mujeres y mucha más flexibilidad hacia los hombres.

Creo que, sin decidirlo, al masculinizarme (usando pantalones pronunciadamente holgados, hablando alto en la clase de armonía, análisis, solfeo o historia cuando mis compañeros enmudecían por miedo a errar) me protegí inconscientemente de ser sexualizada y que esto me costara mi lugar en el amado mundo musical. Una apuesta arriesgada cuidar que no te vean el trasero cuando, quién sabe por qué razón, se nace con uno. 

Recuerdo un poco con frustración, que para mí era difícil encontrar el punto adecuado entre “ser” y “hacer” en la música: siempre tuve un sonido potente, pero resultaba demasiado fuerte. Considerándome valiente, me metía de lleno a la emocionalidad de la música romántica de Beethoven, Tchaikovsky y Brahms, pero resultaba demasiado emocional, no debía ser tan dramática. Qué dolorosa fue la búsqueda entre ser más mesurada y no poder remediar la personalidad que se negaba a convertirse en una violinista de cartón. Ahora entiendo que es porque el sonido de ser yo, no cabía en el concepto de cómo debería de ser como mujer. 

Otro elemento importante que pude observar durante mis años de licenciatura fue que, si una compañera se embarazaba, todo el sistema musical y educativo la desahuciaba. Como si ser madre fuera la sentencia de muerte de la mujer instrumentista. Ya sin esperanza de que terminara sus estudios, tratada al margen del colectivo musical local. Forma parte del mismo vicio, pero si una mujer se relacionaba románticamente con su profesor, quedaba manchada y desechada ante su futuro profesional musical. Estos ejemplos, para nada al azar, me ayudan a ilustrar cómo muchas instrumentistas tienen que navegar entre el delgado límite en el que sobrevivir como músico se convirtió en tener cuidado con no ser demasiado mujer.

Volviendo a Green, a pesar de que la figura femenina ha sido más reprimida en la orquesta como grupo masculino, ha sido más criticada en lo solista. Pero es verdad que cuando una mujer tiene una posición de autoridad en la jerarquía orquestal pocas veces es como concertino, principal de contrabajos, percusiones o trombones, menos como directora.

Si tuviera que englobar todo esto en un video tutorial que podría aparecer en nuestras redes sociales, primero tendría que pensar en un título gancho -si no, se tiene el riesgo de perderse en el río de contenidos- “deje de ser mujer ¡y conviértase en un buen músico!”. Después hay que generar intriga en los primeros tres a cinco segundos, si no corremos el riesgo de que no se queden a ver nuestra propaganda. “Si realmente quiere ser un buen músico, siga estos cinco consejos para dejar de lado todo lo que le estorba ¡el quinto es el más importante!”. Después pasamos al contenido “de valor”, y diríamos en esta parte: “no tenga familia, no tenga pareja, no se muestre femenina (pero tampoco demasiado masculina), no sea demasiado ruidosa, enfóquese en demostrar que es capaz de tocar un instrumento (disfrutar la música o transmitir un mensaje ya es excesivo, sino, corremos el riesgo de que tengamos que reconocerla por disfrutar a su modo).” Seguramente a este video vendría una respuesta de cancelación ya que, en la actualidad, no es aceptable hablar de esta forma hacia la mujer profesionista. Pero si no es aceptado en la vitrina social ¿por qué en la estructura académica en muchos ambientes todavía lo es? Cuánta incomodidad genera el placer de una mujer de hacer música. Cuánto ruido puede crear esa sexualización prohibida en la que no se puede disfrutar de ser mujer, de ser músico o contagiar la pasionalidad. Cuánto castigo hemos cargado por culpa de erecciones reprimidas.

Prueba de ello es que las mujeres todavía tengan que abrir sus propios espacios -sus propias orquestas, escuelas, coloquios, e instituciones- para poder tener una voz. No es efectivo que en papel esté escrito que hombres y mujeres gozan del mismo derecho a una educación y profesión musical, si en manos se siguen perpetuando los mismos esquemas del pasado. Otro ejemplo, es la admiración hacia Dudamel y su pasionalidad, y el gran susto que provoca que una mujer directora mueva los cabellos y los gestos en la misma sintonía.

Una prueba más, si este texto resulta incómodo para usted de leer, es cuando una mujer suena demasiado fuerte, entonces es dramática, histérica, bruja. Bueno, las brujas tenemos dos heridas en la historia: “no me van a creer” y “si lo digo, me van a quemar.” Como instrumentistas, nos esforzamos mucho en convencer, que nos crean. Queremos superar la incredulidad de que sí tenemos talento, que sí llegamos al escenario con nuestros propios medios y herramientas. Como músicas, nos deshacemos en cuidar que las “reputaciones” queden intactas, tanto en lo sexual y reproductivo, como en nuestra profesión. 

Si aún considera usted que esto no sucede, tan sólo asómese a contar todas las directoras de orquesta, compositoras, productoras, directoras de escena, cantantes e instrumentistas que, como las brujas, han sido y están siendo “quemadas”, envueltas además en la incredulidad de sus capacidades. Si ante esto usted trata de justificar con un “realmente no tienen talento”, asómese ahora a ver a los hombres que, con los mismos actos, formas de mover el cuerpo o de hacer música son aplaudidos y admirados con los cabellos (rizados o lacios) que salen volando apasionados envueltos en la música, su disfrute y su expresión. Cuando un hombre es dramático, disruptivo, o ruidoso, es un genio. No lo quemamos, lo envasamos en formol y lo exhibimos como modelo a seguir, una pieza de museo inigualable. Cuando una mujer disfruta y crea música en su propio orgasmo artístico, nos asusta. Es demasiado libre.

Lastimoso es que las mujeres tengan que superar su propio cuerpo para poder mostrarse como hábiles en algún área disciplinar. Mientras algunos hombres se ocupan comparando quién tiene más centímetros de pene, las mujeres tienen que encontrar falos más prominentes a través del intelecto, o la astucia, y el precio es la renuncia a su propia feminidad. El problema no es si lo logran o no, o la lucha que implica esta búsqueda, sino que por ser mujer parece que tiene que ganarse el derecho de entrar a la competencia de mostrarse como ser humano.

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Lluvia Sánchez

Violinista y pianista. Inició su formación musical desde temprana edad, participando en orquestas infantiles, juveniles y profesionales. Ha sido principal de violines segundos en NOVA de México y concertino en su gira 2019. Tocó en quinteto con Alexander Markov y en su trayectoria orquestal ha acompañado a músicos destacados como Joshua Bell, Plácido Domingo, Yo-Yo Ma, Seungmin Kang, Anna Fedorova y Ana Vidovic, entre otros. Ha participado en numerosos festivales y master class en distintos estados de la república. Actualmente está finalizando su maestría en Interpretación de Música Mexicana de Concierto en el Conservatorio Nacional de Música.

Sonus litterarum, la literatura del sonido, acerca los textos y contenidos sonoros y académicos al rededor de la música, entendimiento y estudio.

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