Diez variaciones sobre el tema del Adiós

Recuerdo mi juventud y aquel sentimiento que nunca más volverá. El sentimiento de que yo podría durar más que todo, más que el mar, más que la tierra, más que todos los hombres.
Josef Conrad

El Pasado, ese país extraño donde las cosas suceden de otra manera.
Poli Délano

I.

A medida que se acercan los últimos conciertos del Cuarteto Latinoamericano, siento la necesidad de intentar dejar por escrito un testimonio, recuperar algunas reflexiones y tratar de salvar algunas migajas del implacable remolino del olvido.

¿Pero cómo resumir cuarenta y cuatro años de carrera? ¿Cómo intentar describir una aventura de esta magnitud? ¿Cómo seleccionar tantos conciertos, viajes, ensayos, trenes, sol y nieve?

¿Cómo hablar de tantas risas, complicidades y lágrimas compartidas?

II.

Empezaré por lo más fácil:

¿Qué hicimos en el terreno artístico?

Por ejemplo, tuvimos el privilegio de tocar junto a algunos de los artistas más relevantes de la música clásica del siglo XX.

Por nombrar solo a cuatro:

Janos Starker, Manuel Barrueco, Narciso Yepes y Philip Glass.

Pero una figura fundamental en nuestro desarrollo fue sin duda el gran director de orquesta mexicano Eduardo Mata.

Desgraciadamente, nuestra relación duró pocos años, debido a su prematura y trágica muerte.

Pero nos conocimos jóvenes, llenos de energía. Él en la cumbre de su carrera y nosotros apenas empezando. Mata creyó en nosotros inmediatamente, y nos impulsó de manera notable en lo anímico, en la confianza y desde luego también en lo musical. Juntos creamos Solistas de México, una pequeña orquesta de cámara, con la cual hicimos muchos conciertos, giras por Europa y grabaciones (entre ellas los seis Conciertos de Brandemburgo).

Ahí fui donde conocimos su potencia rítmica y su obsesión por las texturas diáfanas, temas que penetraron profundamente en la estructura musical de nuestro cuarteto.

III.

Sin embargo, desde mi punto de vista, lo más relevante que logramos en el terreno profesional, fue grabar todos los cuartetos de los más importantes compositores “clásicos” latinoamericanos:

Heitor Villa-Lobos, Alberto Ginastera, Carlos Chávez, Manuel M. Ponce y Silvestre Revueltas, por nombrar solo algunos.

Tan solo la gigantesca empresa de grabar los diecisiete cuartetos de Villa-Lobos, nos tomó nada menos que siete años, y es para mí el testimonio perdurable más relevante de toda nuestra carrera. Esa grabación fue una verdadera odisea, no solo por tener que aprendernos esa enorme y variada cantidad de música, sino – además- por el trabajo que nos tomó conseguir las partes y partituras de todas esas obras.

En aquellas épocas previas al internet, tuvimos que investigar en muchas librerías universitarias de los Estados Unidos, Brasil y Francia para hallar aquellos que no estaban publicados, que eran la mayoría.

Los grabamos en Troy, NY. Una ciudad venida a menos, casi convertida en pueblo, debido a la Gran Depresión de 1929.

Quedaban aún vestigios de grandeza, como el extraordinario auditorio del Troy Savings Bank, que contiene una otrora célebre sala de conciertos. En ese maravilloso recinto, dirigió en sus años de esplendor nada menos que P.I. Tchaikovsky. Ahí nos encerramos a grabar los diecisiete cuartetos del gran Villa-Lobos.

Caminar entre las calles fantasmagóricas antes y después de un largo día de grabación, era el complemento perfecto para una tarea titánica que requería concentración y soledad.

Además de las ya mencionadas grabaciones, registramos más de cien discos, mismos que, gracias a la magia de la era digital, circulan hoy por todo el mundo. Muchos de ellos se han convertido ya en referentes para las siguientes generaciones.

IV.

Otro capítulo fundamental en la historia del Cuarteto Latinoamericano, es sin duda nuestra relación con la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburgh, USA.

Durante seis años vivimos en esa hermosa ciudad, y durante otros quince estuvimos en calidad de “visiting professors”, por lo cual fuimos a enseñar y tocar al menos cuatro veces al año.

El contacto con una universidad de tan alto nivel y el intercambio musical con los músicos de la Pittsburgh Symphony, fueron fundamentales en el desarrollo de nuestro grupo.

Además, en esa querida ciudad nacieron nada menos que cinco de los diez hijos del Cuarteto Latinoamericano.

Otro asunto muy importante para nosotros, fue y sigue siendo, la gran cantidad de alumnos que han pasado por nuestras aulas. Además de dar clases en las principales instituciones musicales mexicanas, fuimos invitados con frecuencia a dar cursos en otros países, sobre todo en los Estados Unidos y en Venezuela.

En Caracas creamos la Academia Latinoamericana de Cuartetos de Cuerda, gracias a la cual tuvimos el placer de enseñar durante quince años a una generación maravillosa de músicos venezolanos que ocupan hoy plazas en muchas de las mejores orquestas del mundo.

V.

Otro capítulo relevante de nuestra historia, es el haber tenido la fortuna de contar por más de veinte años con un excelente manager en Italia de nombre Valerio Novara.

Gracias a él tuvimos un promedio de una gira cada dos años por ese maravilloso país, por lo cual, además de conocer sus grandes ciudades, tocamos en pequeños y encantadores pueblos, a los que obviamente jamás hubiésemos ido de no ser por el Cuarteto. ¡Qué refinado sentido de la belleza tienen los pueblos italianos!

Me vienen a la memoria una gira increíble por Sicilia,  y unos siete hermosos días varado en Verona por la cancelación de una serie de conciertos debido a la pandemia del coronavirus.

Así como la mayoría de los teatros donde tocamos pasaron al olvido, hay otros que se quedarán en mi memoria, mientras esta dure.

Desde luego está el Carnegie Hall, por su prestigio, aunque siempre he dicho que ese recinto no es tan trascendente como muchos piensan, ya que se puede rentar hasta para una fiesta de quince años… Inolvidable me resulta el Concertgebow, un recinto con una tradición enorme y con una acústica impecable. Además, está en Amsterdam, una ciudad que siempre me ha fascinado.

Tampoco olvido el salón de las columnas del Palacio Real de Madrid, donde tuvimos el privilegio de tocar en el cuarteto Palatino, un cuarteto de instrumentos maravillosos construido por Antonio Stradivari por encargo real en el siglo XVII.

Sin embargo, creo que la sala de conciertos que más me impactó, fue la del Palacio de Esterhazy, en la Austria bohemia.

No solo por la belleza y la acústica de la misma, sino porque ahí trabajó casi toda su vida Franz Joseph Haydn, y la han mantenido lo más fiel posible a su estado original.

Durante el día caminé largas horas por los jardines del Palacio, por los mismos donde paseaba Haydn ideando sus geniales obras.

Otra sala impresionante es la sala de conciertos del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, en la cual hemos tenido la oportunidad de presentarnos en diversas ocasiones. Pero destacan en mi memoria aquellas relacionadas con los aniversarios del Cuarteto Latinoamericano, en los cuales, cada cinco años, hemos podido celebrar tan afortunados eventos. Y es exactamente ahí donde será nuestro último concierto, dentro de unos pocos días.

VI.

En otro rubro, me gustaría agregar que el Cuarteto Latinoamericano detonó el surgimiento de una enorme cantidad de partituras escritas para nosotros, mismas que circulan hoy en las manos de muchos ensambles alrededor del mundo.

Por esa razón decidimos crear una Biblioteca Virtual en nuestra página web, desde la cual se pueden descargar de manera gratuita gran parte de nuestro repertorio latinoamericano, o en su defecto encontrar la liga para comprarlas.

Es una maravilla cómo ver la cantidad de descargas que tiene y los lugares tan remotos donde a veces se originan (India, Nigeria, Australia, Alemania, Jordania, Perú…)

https://www.cuartetolatinoamericano.com/2018/biblioteca.html

VII.

Pero ahora viene lo difícil:

¿Cómo hablar de todo lo que se ha perdido?

¿De las complicidades de antes y durante un concierto?

¿De los miles de horas compartidas en carros, aviones y aeropuertos?

¿De las risas, de los tantos chistes internos, de las incontables anécdotas?

¿O de las enfermedades, los conflictos personales o familiares de cada uno de nosotros que de alguna manera u otra permearon nuestra vida grupal?

Lo primero que se me antoja decir, es que me sorprendo entrando en esta etapa con alegría. Siempre temí que al hablar del final del cuarteto lo haría en un estado apesadumbrado.

Pero han llegado nuevas sensaciones, que revolotean a mi alrededor con optimismo, como queriendo entrar.

Ayer, por ejemplo, disfrutando en mi casa/cabaña la lluvia de la Ciudad de México, pensé que así estaba muy bien. Que el panorama de los viajes y de los conciertos, si bien aún mantenía un alto grado de emoción, era algo ya vivido de manera abundante y suficiente por más de cuarenta y cuatro años ininterrumpidos. Que había llegado la hora de parar.

Me descubro pensando que logramos mucho más de lo que jamás imaginamos, y que no nos quedan mayores metas por alcanzar.

Fue la primera vez que tuve la sensación de que cuando el Cuarteto se acabe yo estaré feliz, agradecido, y sobre todo sorprendido por lo que me ha tocado vivir. Y eso fue una enorme revelación. Estos parecen ser los ingredientes que prevalecerán:

El asombro y la gratitud.

Por ejemplo, hoy a raíz de una conversación que tuve con una colega, se me antojó volver a ver nuestro video de la Estrellita de Ponce. ¡Qué cosa tan bella! ¡Tan cursi, tan juvenil, tan hermosa! ¿Quiénes si no cuatro seres felices podrían haber hecho eso?

Hemos sido inmensamente felices, de eso no me cabe la menor duda.

Y además de felices muy afortunados, porque me resulta sorprendente la cantidad de factores positivos que marcaron nuestra carrera, siendo la suerte a mi juicio el más importante.

Hemos sido testigos de un sinnúmero de ensambles que se separan por factores tales como: incompatibilidad de caracteres, irresponsabilidad, egos irreconciliables, faltas de respeto, impuntualidad o enfermedades, por nombrar las más comunes.

Nosotros además de haber sorteado estos obstáculos, tuvimos la fortuna de tener parejas que supieron tolerar nuestras frecuentes ausencias y ritmos de vida frenéticos.

Los cuatro sabemos bien que el cimiento donde se equilibra de manera asombrosa esta vida extraña, es la paz y el amor familiar.

Y todos hemos disfrutado y seguimos disfrutando de ese privilegio.

VIII.

Los viajes fueron sin duda alguna el aspecto -no musical- más relevante de nuestra larga carrera.

Afortunadamente, la mayoría de los viajes fueron hermosos y muy disfrutables.

Desde luego que hubo viajes horribles, en los cuales tuvimos que superar serios problemas personales e incluso enfermedades para seguir adelante y enfrentarnos de lleno a la soledad de los hoteles y al rigor de los conciertos. Muchas veces actos difíciles y dolorosos.

¡Cuántas décadas de sufrir la ausencia y la distancia, sabiendo que no había mucho en lo que yo podía ayudar a mi familia estando tan lejos!

Y sin embargo la culpa me inundaba por completo en esas largas noches de gira víctima del jet lag. Desvelos interminables en Italia, Bélgica, Alemania o Suiza, sumido en el espeso caos de la culpa y de la ausencia.

A mi padre le daba risa cuando yo le decía que la parte más fácil de la gira son los conciertos. Pero es muy cierto, ya que, en el momento de estar sentado en el escenario listo para tocar, entro en un terreno conocido. Un terreno que, si bien tiene sus bemoles, valga la expresión, es uno que ya conozco y que recorro con mayor o menor placer, dependiendo de varias circunstancias. A saber: el cansancio, la acústica, la calidad de la silla, le retroalimentación con el público, etc.

Pero eso no tiene nada que ver con la angustia del vuelo retrasado, la discusión interminable en el mostrador de la aerolínea a raíz del cello, manejar varias horas después de un vuelo de doce horas (como ayer), estar desvelado desde las dos hasta las cinco de la mañana sin saber ya en qué pensar, subir tres pisos por una angosta escalera de un hotel europeo con la maleta, el violoncello y el maletín, etc. etc.

¡Cuántos momentos maravillosos, paisajes increíbles, cuántas caminatas por el bosque, cuantos teatros, hoteles, aviones, cuántos conciertos!

Vivencias que se escapan, que se difuminan en la niebla de la memoria.

Obviamente yo no recuerdo ni la mitad de ellas.

Pero me atacan, cuando menos me lo espero, imágenes de un bosque o una playa en el hermoso estado de Oregon, una plaza en un pueblo italiano, o una feria nocturna en algún país nórdico, por citar las más recientes, sin recordar su origen preciso…

¡Cómo quisiera tener la memoria privilegiada de Saúl!

IX.

Hace unos meses murió mi padre, y ayer me tocó ir a llevarme la biblioteca de partituras que acumuló durante su vida, Cada indicación hecha a lápiz de su puño y letra, correspondía a un instante único, a un encuentro solitario con la música que tanto amó…

Y así, fotos, cucharitas de diversas ciudades, miniaturas de todo tipo, un platito que se trajo de Toledo en un viaje que hizo con mi madre hace quien sabe cuántos años…

Todo eso borrado de un plumazo…la ley de la vida.

Desde luego que el recuerdo de mi padre quedará indeleble en la memoria de sus hijos, nietos y amigos mientras vivamos, pero tarde o temprano también se desintegrará junto con nosotros en el éter del olvido.

La ley de la vida, me lo repito, buscando esperanzado algo de consuelo.

X.

Pero, seamos sinceros:

¿Cómo será jamás volver a tocar el cuarteto de Ravel con mis colegas de toda la vida? ¿O el quinteto de Mozart con clarinete? ¿O los cuartetos de Brahms? ¿O ese Adagio del quinteto de Bruckner, que me llenó los ojos de lágrimas hace un par de horas en uno de nuestros últimos conciertos?

Porque música seguiré tocando, pero cuartetos ya no.

Pérdidas inevitables, la ley de la vida me repito.

En mi búsqueda infructuosa por asir el tiempo, diría que pasé de ser un fanático jugador de futbol, a un apasionado tenista amateur, a un nadador disciplinado y poco a poco me estoy convirtiendo en el señor que saca a pasear al perrito por las tardes…

Dicen algunas teorías científicas, que el tiempo no existe, que es tan solo un artilugio de nuestra mente para intentar comprender lo que sucede a nuestro alrededor. Creo totalmente en la ciencia, por lo que le pido permiso para contarles que estos cuarenta y cuatro años han sido para mí un viaje fantástico por la senda del tiempo.

Un viaje que nos vio mudar de la juventud a las canas, de los cuartetos tempranos de Mozart a los de Revueltas, del ímpetu al cansancio…

Y ya habiendo finalmente dejado por escrito lo anterior, me siento con el privilegio de admitir y proclamar una gran certeza:

 ¡Qué bien nos la pasamos en estos cuarenta y cuatro años del Cuarteto Latinoamericano! ¡Cuántas anécdotas, cuántas risas, cuántas alegrías!

¡Brindo por todo lo vivido, por tanta música hermosa y por haber vivido esa aventura mágica con mis tres colegas maravillosos!

¡Gracias Saúl, gracias Arón, gracias Javier!

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