Carl_Reichert_fuga-del-gato
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Caricaturas

Luis Ignacio Helguera


Bach


Acuciosos investigadores fijan en centenares a los músicos que a lo largo de siglos, desde el XVI cuando menos, poblaron el frondoso árbol genealógico de los Bach, apellido que ortografiado como Baach llegó a ser sinónimo de musikanten —músicos— en las regiones centrales de Alemania, Turingia, Sajonia e Inglaterra. Hay que imaginar entonces el álbum familiar de los Bach como una inmensa, infinita partitura… Tan sólo de sus hijos, el gran Johann Sebastian (1685-1750), cúspide de los Bach y de la historia de la música, logró inscribir en ella, como si fuera la historia una escuela, a cuatro, cuando menos: Karl Philipp-Emanuel, Johann Christian, Johann Christoph Friedrich y Wilhelm Friedemann. Cuatro, vale el dato espectacular, de veinte hijos que en dos matrimonios engendró Johann Sebastian, quien creaba al ritmo que procreaba, o viceversa, pues para mantener a semejante prole tenía que componer sin cesar y a la proporción de, digamos, una Pasión, varias cantatas, un cuaderno de preludios y fugas y algunos conciertos por hijo. Con la proeza adicional de no sólo satisfacer a la familia sino al hombre y a Dios.


El gato de Scarlatti


Estaba una mañana Domenico Scarlatti sentado en el jardín de su villa de Nápoles, acariciando a su gato y acariciando casi una idea musical que se le escapaba. En lugar de la Musa, llegó su alumno Hasse con su perro y, para colmo, el perro se puso a perseguir al gato. Para salvarse del perro, brincó el gato sobre el clavecín e improvisó un arabesco a cuatro patas.

—¡Lo encontraste! —dijo Scarlatti a su gato—. Es el tema que estaba buscando.

Así nació la Fuga del gato.


Mozart


A los catorce años, Wolfgang Amadeus escuchó el Miserere de Allegri en la Capilla Sixtina, obra que estaba prohibido tocar o dar a conocer fuera de ese recinto sagrado. Después de reconstruir de memoria la partitura íntegra, Mozart la ejecutó públicamente al teclado. El papa no pudo menos que felicitarlo. ¿Podría acaso reprender la iglesia a un hombre que había cometido un sacrilegio tocado por la gracia divina?


Chopin


Fakir del teclado, soñador de flores y lunas de marfil, tísico y sonámbulo de marfil él mismo. Perfecto romántico: es el mayor de los compositores que han guardado plena fidelidad a un solo instrumento.


Rachmaninov


Era Rachmaninov un gran oso ruso, con garras complacidas en meter en desafíos técnicos a los virtuosos del piano y “un ceño de seis y medio pies de altura”, decía Stravinsky, a quien Rachmaninov, más que conversar con él, regalaba frascos de miel. Oso hosco, silencioso, levemente gruñón, que, según su mujer, temía a los baños y no gustaba de paseos ni de juegos, con la excepción lógica y rusa del ajedrez. Su música apasionada, romántica por antonomasia, conmueve, confesémoslo, aunque, como decía Rubinstein, empalague a veces.

Gran oso ruso con corazón de miel.


Una cama para dos genios


Ravel y Stravinsky se reunieron en Clarens, Suiza, para trabajar durante marzo y abril de 1913 en la orquestación al alimón de La Khovanshchina de Mussorgski. Una tarde salieron de excursión a Varese, cerca del lago Maggiore, para comprar papel varese. Les anocheció en el pueblo, lleno de gente. Cuando por fin encontraron hotel vacante, les dijeron que sólo había una habitación y con una sola cama. Durmieron entonces dos genios en una misma cama. De aquellos cerebros acababan de salir Daphnis y Chloe y Le Sacre du Printemps —obra que Ravel, decía Stravinsky, “fue el único músico que comprendió de inmediato”—, y entresueños y por salir estaban los Tres poemas liricos japoneses stravinskianos y los Tres poemas de Mallarmé ravelianos —la obra de Ravel que más gustaba a Stravinsky.

Como eran ambos notablemente menudos, habrán dormido muy bien en una sola cama, entre transfusiones oníricas de La Khovanshchina.


Mrs. Florence Foster


Ataviada con vestidos y sombreros multicolores, gorda y fofa como chirimoya, Florence Foster Jenkins tenía un marido millonario que le financiaba cuanto concierto, sala de concierto, gira o grabación se le antojara cuando le daba por hacer arte vocal.

Cantaba tan espantoso, y eran tan espectaculares sus alaridos destemplados, que nunca le faltó auditorio ni clientes a sus discos.

Y el marido, sorprendido, reembolsado y alegre, volvía a satisfacer los antojos megalómanos de su chirimoya cantante.

Octubre, 1995


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