Hay historias que la cultura popular adopta como verdades absolutas. Algunas nacen de una buena novela, otras de una obra de teatro, y otras —como en el caso de Mozart— de una película extraordinaria, seductora, pero profundamente inexacta. Amadeus nos regaló un Mozart atormentado por Salieri, víctima de una envidia que jamás existió. Ya lo he dicho antes: Salieri y Mozart convivieron, trabajaron, se respetaron. No fueron mejores amigos, pero tampoco enemigos. La ficción necesitaba un antagonista, y Milos Forman lo construyó con el talento dramático de Peter Shaffer.
Pero si buscamos un contrincante real, uno que Mozart sí reconociera —aunque más en lo íntimo que en lo público— la historia apunta a otro nombre: Muzio Clementi. Y ahí comienza otro relato, mucho más humano y menos melodramático.
El día en que la corte quiso ver sangre musical
Cuenta la tradición —y este dato sí está documentado y aceptado por la musicología— que el emperador José II convocó en 1781 en Viena a lo que hoy llamaríamos un mano a mano, un duelo pianístico entre Mozart y Clementi.
No fue un concierto de cortesías. Había apuestas, bandos, simpatizantes. José II apoyaba a Mozart; la emperatriz María Teresa —de carácter fuerte y musicalmente cultísima— prefería a Clementi, a quien consideraba un prodigio del piano, un maestro del rigor técnico y del virtuosismo más pulcro.
Comenzó Clementi. Y comenzó fuerte. Interpretó fragmentos de su Sonata Op. 24, una obra que exige precisión quirúrgica, una digitación vertiginosa, una arquitectura cristalina. Mozart escuchaba, y según los testimonios, su gesto cambiaba: molestia, sorpresa, quizá un poco de ese celo que solo sienten los genios cuando reconocen a otro genio.
Mozart respondió con lo que él hacía mejor: creatividad inmediata. Variaciones sobre “Ah vous dirai-je maman”, melodía que hoy todos reconocemos como “Estrellita, ¿dónde estás?”.
Un juego brillante, ingenioso, lleno de color y gracia. Menos mecánico, más emocional. Menos atlético, más musical. Era, en suma, un retrato de sí mismo.
El emperador declaró empate. Y el empate hirió más a Mozart que cualquier derrota. Clementi, en cambio, quedó tranquilo. Sin alardes. Sin dramatismos. Sin esa necesidad casi adolescente de demostrar que podía ganar.
Dos almas distintas
A veces pensamos que los grandes compositores vivían en un mundo de luces y genio perpetuo. No. Eran hombres. Y como hombres, tenían temperamentos, inseguridades, pasiones y sombras.
• Mozart era fuego puro: intuición, belleza inmediata, sensibilidad a flor de piel.
• Clementi era hielo claro: disciplina, perfección técnica, equilibrio interior.
Mientras Mozart se ofuscaba con un gesto, Clementi sonreía con serenidad. Mientras Mozart podía quejarse en cartas, Clementi guardaba silencio. Eran opuestos, sí, pero de ese contraste nació uno de los encuentros más fascinantes de la historia musical.
Y hay un detalle más: en La flauta mágica, Mozart usa un tema muy cercano al de una sonata de Clementi. Cuando le preguntaron a Clementi si estaba molesto por ello, respondió con elegancia:
“Si Mozart tomó un tema mío para componer una obra suya, solo puedo sentirme honrado.”
Imagínate la grandeza interior que implica decir eso. La limpieza del alma. La ausencia de competencia tóxica. La claridad de saberse sólido sin necesidad de humillar a nadie.
La verdadera lección
La vida está llena de personas que creen competir con nosotros. Que sienten celos, rivalidad, o que interpretan cada gesto como un duelo. Pero muchas veces —la mayoría— esas batallas solo existen en su mente.
Clementi no competía con Mozart. Admiraba su genio. Le tenía respeto. Y Mozart, sí, quería demostrar que era mejor. Quería imponerse. Necesitaba el aplauso, necesitaba ser reconocido como el más grande. Genius es también fragilidad.
Y esa es la enseñanza que a mí me ha acompañado toda la vida:
Hay quienes corren una carrera que solo ellos ven.
Y hay quienes avanzan en silencio, sin mirar a los lados, seguros de sí mismos.
A veces somos Mozart, inflamados por la pasión.
A veces somos Clementi, tranquilos, firmes, sin necesidad de competir.
Pero en el fondo, si somos honestos, todos buscamos lo mismo: dejar algo verdadero en el mundo.
Si la historia tiene un gesto final, es este: el duelo no lo ganó ninguno. Pero sí ganó la música. Y ganó el espíritu humano, que en estos relatos nos recuerda que el verdadero enemigo nunca está afuera. Está en la sombra de nuestros propios deseos. Y solo la música —esa fuerza luminosa que atraviesa los siglos— nos permite mirarnos con la claridad con la que Clementi, sonriente, miró a Mozart aquel día.
Y quizá entendernos un poco más.



