La profecía musical de Tod Machover, cuarenta años antes de nuestro presente
Hay obras que llegan a nosotros en el momento justo. Otras, en cambio, llegan demasiado pronto. No porque estén equivocadas, sino porque el mundo todavía no posee el lenguaje para comprenderlas. Eso me ocurrió con VALIS.
A mediados de los años ochenta estaba suscrito a Keyboard Magazine. Para quienes nos interesábamos en los sintetizadores, las computadoras y las nuevas tecnologías musicales, aquella revista era una ventana abierta hacia un futuro que parecía inalcanzable. En uno de sus números de 1987 apareció una nota sobre el estreno de una ópera escrita por un compositor del que apenas comenzaba a escucharse el nombre: Tod Machover, entonces investigador del IRCAM de París. La ópera se llamaba VALIS.
No pude escucharla. En aquella época conseguir una grabación era prácticamente imposible. Internet no existía para el público; las noticias viajaban lentamente y muchas obras contemporáneas permanecían confinadas a los teatros donde habían sido estrenadas. Tuve que esperar varios años, hasta principios de los noventa, para encontrar finalmente el disco. La espera valió la pena. Desde entonces considero VALIS una de las óperas más importantes de las últimas décadas del siglo XX.
Y sigo pensando exactamente lo mismo. La obra está basada en la extraordinaria novela de Philip K. Dick, probablemente el escritor de ciencia ficción más visionario de la segunda mitad del siglo pasado. Dick nunca escribió simple entretenimiento. Sus novelas siempre fueron laboratorios filosóficos donde la identidad, la memoria, la realidad y la percepción se ponían constantemente en duda.
En VALIS, su alter ego, Horselover Fat, experimenta un misterioso rayo de luz rosa cuya naturaleza jamás termina de aclararse. ¿Se trata de una inteligencia extraterrestre? ¿De una revelación divina? ¿De una ruptura psicológica? ¿De una conciencia superior intentando comunicarse con la humanidad?
Dick nunca ofrece respuestas definitivas. Y precisamente ahí reside su grandeza.
Machover comprendió perfectamente ese universo. No intentó ilustrarlo musicalmente; construyó un equivalente sonoro de aquella incertidumbre permanente.
Escuchar VALIS es habitar un territorio donde la voz humana deja de ser únicamente un instrumento dramático para convertirse en un organismo conectado con máquinas que parecen pensar por sí mismas.
Hoy esto podría parecer relativamente común. En 1987 era prácticamente ciencia ficción.
Hay que recordar el contexto histórico. Aquellas computadoras apenas comenzaban a mostrar posibilidades musicales reales. Los procesadores eran infinitamente más lentos que el teléfono que hoy llevamos en el bolsillo. La memoria era ridícula comparada con los estándares actuales. Sin embargo, en el IRCAM ya se desarrollaban algoritmos capaces de analizar sonido en tiempo real, transformar la voz, modificar el comportamiento musical y establecer relaciones dinámicas entre el intérprete y la máquina.
Todavía no hablábamos de inteligencia artificial como hoy. Pero ya existían sus primeros sueños. Años más tarde tuve el privilegio de llegar al propio IRCAM.
Quince años después de haber leído aquella nota en Keyboard, tuve acceso a varios de esos sistemas experimentales que en los ochenta parecían casi imposibles. Descubrí que detrás de aquellas máquinas existía una manera completamente distinta de entender la composición.
No se trataba de sustituir al músico. Se trataba de extenderlo.
Con el tiempo conocí personalmente a Tod Machover. Fue maestro mío durante un curso; coincidimos en París en distintas ocasiones y también pude conocer parte del extraordinario equipo del MIT Media Lab, donde continuó desarrollando muchas de sus investigaciones. Desde entonces seguí con enorme interés sus óperas, sus proyectos tecnológicos y, sobre todo, el desarrollo de los célebres Hyperinstruments, instrumentos inteligentes capaces de ampliar las posibilidades expresivas del intérprete mediante sensores, procesamiento digital y sistemas interactivos.
Pocas personas han entendido tan profundamente la relación entre tecnología y sensibilidad humana. Porque Machover jamás ha concebido la tecnología como un espectáculo.
La entiende como una extensión de la imaginación. Y esa diferencia lo cambia todo.
La influencia de Tod Machover en mi propia formación fue mucho más profunda de lo que imaginé en aquellos años. Cuando adquirí mi primera computadora, una Atari 1040 ST, además de explorar secuenciadores y programas de composición, descubrí dos herramientas que marcarían mi manera de pensar la música. Una fue Dr. T’s, cuya suite incluía un extraordinario generador de variaciones algorítmicas programables; la otra, aún más fascinante, fue M, desarrollado por David Zicarelli. A diferencia de los sistemas cerrados, aquellos programas trabajaban con algoritmos abiertos: no producían resultados predeterminados, sino comportamientos musicales que el compositor debía orientar, delimitar y conducir. La computadora no componía por uno; proponía posibilidades. Había que aprender a dialogar con ella.
Conservo todavía aquella Atari funcionando perfectamente, junto con sus disquetes originales. Hace apenas un par de años tuve la oportunidad de reencontrarme con David Zicarelli en el IRCAM y le conté, casi como una travesura tecnológica, que su programa seguía vivo en mi estudio exactamente como décadas atrás. Su sorpresa fue tan grande como su entusiasmo. Fue uno de esos momentos en que el tiempo parece plegarse sobre sí mismo.
Gracias a aquellas herramientas nació una obra que le debo, en buena medida, a la inspiración que me produjo Tod Machover. Fases de Luna, para flauta y computadora, está dedicada a él. Escrita a principios de los años noventa, utiliza precisamente esos algoritmos abiertos para construir un diálogo permanente entre la intérprete y la máquina. Alguien comentó alguna vez que probablemente fue la primera obra para flauta y computadora en vivo compuesta en la historia de Sinaloa. Nunca me ha preocupado demasiado comprobar esa afirmación, pero sí me interesa el espíritu que la hizo posible: comprender que la computadora podía convertirse en un interlocutor creativo y no solamente en una herramienta de reproducción. La grabación original, realizada en 1993, permanece disponible en SoundCloud , y cuando vuelvo a escucharla descubro en ella la huella inequívoca de aquella revolución estética que VALIS había sembrado en mi imaginación años antes.
Existe una idea profundamente equivocada acerca de la música tecnológica. Muchos imaginan que consiste simplemente en rodear un escenario de computadoras y proyectar imágenes espectaculares.
Nada más lejos de la realidad. La verdadera tecnología musical ocurre cuando desaparece. Cuando deja de llamar la atención sobre sí misma y se convierte en parte natural del discurso artístico.
Eso sucede en VALIS. La electrónica nunca intenta competir con las voces. Las escucha. Las transforma. Las prolonga. Las multiplica. Las convierte en espacios mentales. La computadora deja de ser una máquina para convertirse en un personaje invisible. Quizá por eso la obra continúa sonando sorprendentemente contemporánea.
Mientras muchas producciones tecnológicas de los años ochenta envejecieron junto con sus dispositivos, VALIS permanece viva porque nunca dependió del efecto especial. Dependió de una idea. Y las buenas ideas no caducan.
Resulta fascinante observar cómo esta ópera anticipó muchas preguntas que hoy dominan nuestras conversaciones sobre inteligencia artificial. ¿Puede una máquina colaborar creativamente con un ser humano? ¿Dónde termina la conciencia y comienza el algoritmo? ¿Puede existir una inteligencia distribuida que no pertenezca exclusivamente a una persona?
Hoy discutimos esas cuestiones diariamente. Machover las estaba convirtiendo en teatro musical hace casi cuatro décadas. No deja de sorprenderme esa capacidad de algunos artistas para vivir varias décadas delante de su tiempo.
Hay compositores que describen el presente. Otros describen el futuro. Machover pertenece claramente a estos últimos. Y quizá por eso VALIS nunca ha sido una ópera fácil. No busca agradar. Busca inquietar.
Exige del espectador una escucha activa, curiosa, abierta. No ofrece melodías fáciles ni concesiones dramáticas. Obliga a abandonar la comodidad y aceptar que la realidad puede ser mucho más compleja de lo que nuestros sentidos alcanzan a percibir.
Tal vez esa sea precisamente la gran enseñanza de Philip K. Dick. Y también la de Tod Machover.
Después de tantos años sigo regresando a VALIS con la misma fascinación que experimenté la primera vez que encontré aquella grabación. Ahora la escucho desde otro lugar. Después de haber trabajado en el IRCAM, de haber desarrollado mis propias obras con inteligencia artificial y de haber comprobado personalmente el potencial creativo de sistemas como Somax 2, descubro detalles que hace treinta años simplemente no podía comprender.
Las grandes obras poseen esa virtud. Cambian porque nosotros cambiamos. Cada nueva escucha revela un significado distinto.
Pienso, finalmente, en aquella tarde de 1987 leyendo una revista importada sin imaginar que años después caminaría por los mismos pasillos donde esa ópera había comenzado a gestarse. Sin sospechar que conocería a su compositor. Sin imaginar que terminaría desarrollando mi propia investigación artística con herramientas nacidas de aquella misma tradición.
La vida, a veces, posee una arquitectura secreta.
Y algunas notas musicales son capaces de atravesar décadas enteras para recordarnos que el futuro siempre comienza mucho antes de que el resto del mundo lo advierta.
VALIS no anticipó únicamente la inteligencia artificial. Anticipó una nueva manera de imaginar la relación entre el ser humano, la tecnología y el arte.
Cuarenta años después, seguimos intentando alcanzar ese horizonte.



