Mario Lavista (1943-2021)

Foto de portada: Jesús Cornejo para el Festival de Música de Morelia


Amigos queridos, mi papito abrió sus maravillosas alas y emprendió el vuelo a lo más luminoso del universo… Ahora es luz sonora.

Claudia Lavista

Con enorme tristeza despedimos a nuestro entrañable maestro, amigo  y miembro de nuestro Consejo de Honor, Mario Lavista. Un hombre que marcó la vida de generaciones de músicos, como pianista, como compositor, como maestro, como editor de la revista Pauta, como miembro de El Colegio Nacional y sus maravillosas conferencias. Su amor y conocimiento en torno a la música lo convirtieron en un referente obligado. Nos dejó un gran legado, una obra personalísima, bella, sutil, música que nos acompañará por siempre. Nos dejó también el privilegio de haber estado cerca de él durante mucho tiempo. Lo despedimos con agradecimiento por su vida, por su obra y por su cercanía.


Tempus Clásico: enlace al disco completo

Mario Lavista: Lamento a la memoria de Raúl Lavista | Marielena Arizpe, flauta baja

Índice

Ana | Javier | Gaby | Sergio | Ana Alonso | Juan Arturo | Leonardo | Juan | Alejandro | María Pía | Rodrigo | Andrés | Rodolfo | Luis Fernando | Iván | Jorge | SalvaTorre | Ana Gabriela | Eva | Marielena | Hilda | Carlos Alejandro | Lilia | Tomás | Luis Jaime


Ana


Un día de 1982 Mario Lavista cambió mi vida: en mi primera clase de composición me develó la poesía que existe detrás de la música y ya nunca más volví a ser la misma. 

Tuve el privilegio de estudiar con él en un momento fundamental de su producción musical, un momento en el que su música se abría hacia nuevas sonoridades. Una música que nos lleva a lo más profundo del alma humana. Es la época de su Nocturno para flauta en sol, de Marsias para oboe y copas de cristal, de Reflejos de la noche.

Mario fue un maestro extraordinario, tenía la capacidad de aclarar nuestras ideas con absoluto respeto por nuestra propia estética. Esos años en el conservatorio fueron intensos y memorables. Aprendíamos de música, sí, pero también de poesía, de literatura, de pintura, de danza. Aprendíamos también de un hombre sencillo, divertido, brillante y cariñoso.

Mario tenía una personalidad arrolladora. Su belleza física, su belleza interior, esa capacidad que tenía de hacerte sentir la persona más importante del mundo cuando te tenía enfrente, lo hacía irresistible. Todos queríamos ser amigos de Mario, todos queríamos estar cerca de él.

Me siento afortunada de haber sido su amiga por cuarenta años. La última vez que lo vi fue para celebrar mis sesenta años. Llegó a mi casa lleno de regalos, sin saber que para mí, él era el mejor de todos.

Ana Lara


Javier


Mario Lavista fue, sin la menor duda, uno de los más grandes creadores musicales de nuestro tiempo. En un país donde poco se lee y menos se escucha o se asiste a conciertos, esta afirmación adquiere un significado verdaderamente profundo pues no es fácil ser compositor de música para la sala de conciertos en México. No obstante, al correr de casi 5 décadas, Mario inventó una manera de ser compositor a pesar de todo, re-definiendo el rol y rompiendo con el territorio habitual del creador musical de su momento, explorando con gran rigor, maestría y elegancia el ejercicio creativo, el magisterio, la escritura y la divulgación de su arte. Con tan amplío espectro, su contribución a la cultura de Mėxico es vasta e indiscutible y su legado tendrá que ser puesto en valor por todos nosotros para las generaciones venideras. 

En primer lugar, Mario siempre tuvo una irremediable curiosidad por todo lo que suena, es decir, por todo aquello que se vuelve sonido y que puede ser sujeto a la expresión; en su música de ayer y de hoy encontramos una ya característica exploración sonora que frecuentemente nace de o desemboca en un intenso lirismo, y que solo es posible articular gracias a una gran curiosidad, un vasto conocimiento de los instrumentos, una imaginación fuera de serie y  una límpida honestidad. Esta búsqueda sonoro-instrumental lo llevó a crear combinaciones tímbricas extraordinarias, gestando obras maestras como, por ejemplo  Marsias para oboe y copas de cristal, donde el sonido rugoso del oboe flota sobre un manto liso y diáfano provisto por las copas, o su magistral cuarteto de cuerdas Reflejos de la Noche en el que cohabitan exclusivamente los recónditos sonidos parciales que solo los instrumentos de cuerda pueden producir así, con esa tersura. De estas y muchas otras de sus obras seculares como Lyann, Clepsidra, Aura o religiosas como la Missa Brevis o su mas reciente Requiem surge una consideración del tiempo y brota un perfume, una sustancia, un decir musical, una música personalísima, que provoca emociones que tocan lo mas profundo de quien se da la oportunidad y el tiempo de escucharlas y que, como diría Víctor Hugo, “expresa lo que no se puede decir y aquello que es imposible de guardar en silencio...¨

Por fortuna, Mario cultivó también el sesgo literario que lo acompañó siempre, fustigando su vasta imaginación musical e informando su extraordinaria labor como editor y divulgador; esto último a través de Pauta, revista fundada por él a principios de los 80´s y que hoy debiera ser apoyada por la iniciativa privada o  el estado para que siga siendo lo que siempre ha sido: la revista de teoría y análisis musical mas importante del mundo hispanohablante. Desde luego, en congruencia con esa enorme contribución de la que todos los músicos hemos aprendido y que nos ha enriquecido con creces, Mario fue acreedor a todas las distinciones habidas y por haber. No me detendré aquí a enumerarlas, sólo agregaré que, sin duda alguna, todos estos reconocimientos, que, por cierto, él nunca se hubiese atrevido a presumir, fueron mas que merecidos.

Pero hoy no solo quiero rendir homenaje al fantástico talante intelectual y creativo de Mario, sino también al maestro y a al amigo, ya que, con él, además de compartir por 48 años una devoción por ese ángel poético que brota del sonido y de su paisaje, sostuve una fraternal amistad. Efectivamente, conocí a Mario siendo un niño aspirante a compositor, cuando ingresé a su clase de análisis y composición en el Conservatorio Nacional de Música a principios de los setentas, del siglo pasado. Como no es de extrañar, siendo él también un joven, y dado que portábamos vestuarios muy similares (pantalones de pana y suéteres tejidos por una abuela o una tía), nos hicimos amigos desde el primer momento. De esos años recuerdo con agradecimiento muchas cosas, no sólo al joven maestro que cautivaba a los alumnos con fascinantes despliegues analíticos, increíbles anécdotas musicales y muchas preguntas imponderables, sino sobretodo al crítico amigo, quien, con lápiz en mano, anotaba entre los pentagramas  de mis primeras obras, incontables correcciones, revisiones y cuestionamientos que sospecho también respondían a su propia curiosidad e instinto musical. En esos tiempos, me atreví a participar en un concurso de composición convocado para la SACM  y la Fundación Sor Juana Ines de la Cruz, pero no le conté nada a Mario por temor a que me dijera – con justa razón – que estaba yo loco, que no contaba con la experiencia ni con los recursos técnicos para emprender un proyecto de esa magnitud. No obstante, cuando resulté ganador, tuve que desenmascararme. Su reacción fue generosa y fraternal,  y como si fuera una obra de su propia autoría, me ayudó a corregir las erratas y fallas de escritura  (que en una obra para orquesta coro y cinco solistas son muchas, inevitablemente). También, me presentó a un copista que me ayudó a copiar mi manuscrito y hacer las partes, me aconsejó cómo preparar el material, a los solistas y cómo negociar con el director de orquesta. Esto último probó ser esencial porque aunque yo quería que la dirigiera mi querido amigo Eduardo Diazmuñoz, a la mera hora se me impuso otro director desconocido por mí. Riguroso, Mario me señaló, con todo respeto y sin presionarme para que hiciera cambios que yo no quisiera, muchas de las inconsistencias estructurales de mi pieza. Así pues, una vez estrenada la obra (intitulada por cierto, Amor es más laberinto) pudimos escuchar la grabación en su estudio. “Como que aquí ni acá no me quedó tan bien, ¿no te parece? “ le pregunté, señalando algunos pasajes. Mario me contestó con gran sencillez: “Hay ciertas cosas que yo no te puedo enseñar y que habrás de aprenderlas tu solo. “Pero la lección, me dijo, es que, si has de alcanzar algún tipo de dominio en ese asunto de la composición, tienes que estar dispuesto a repetir este proceso una y otra vez con todo arrojo y convicción.” Y vaya que esta ha sido una gran lección que recuerdo siempre, sobretodo cuando estoy empezando algún proyecto nuevo.

Ciertamente, aquellos fueron años aciagos en los que nos vimos casi a diario y echamos harto relajo, compartiendo , por ejemplo, mucho rock británico que a ambos nos parecía el mejor: Beatles, Rolling Stones, Led Zeppelin, Pink Floyd, Jethro Tull, Yes, King Crimson, Cream, Black Sabath, etcétera.  Al mismo tiempo, Mario me compartía todo un repertorio nuevo y antiguo que él mismo estaba descubriendo y que nos entusiasmaba a ambos enormemente. De ese tiempo revivo también los largos ratos que leímos, improvisamos e hicimos música juntos, amén de los ensayos con el coro Convivium Musicum, donde ambos cantamos por una breve temporada. Inclusive, en una época, llegamos a estudiar y a presentar, él al piano y yo al clarinete, las 4 Piezas para clarinete y piano de Alban Berg, en ese momento una verdadera primicia en Mėxico. Recuerdo con especial cariño las lecciones consuetudinarias en su estudio, muchas veces con Claudia dormida o jugando con Chavelita en la habitación contigua, escuchando, extasiados, el Stabat Mater de Pergolessi o sentados al piano, tratando de reducir uno de los cuartetos op. 59 de Beethoven a cuatro manos y cayendo agotados de risa de la cantidad de improperios y barbaridades que se infiltraban en la conversación gracias, sobretodo, a mis constantes errores de lectura.

Hubo también otras conversaciones, menos accidentadas que, durante asoleadas tardes de domingo, sucedían en casa de su tío, Raúl Lavista, también un eminente compositor.  Aquellas eran sesiones de escucha operística en las cuales tuve la suerte de atestiguar, la mayoría del tiempo en silencio y anonadado, en mi rincón, extensos diálogos que ponían en lidia ideas voladoras de don Raúl y de Mario en torno al amor, al tiempo, a la música y a grandes poetas y músicos, como Cernuda, Paz, Gorostiza, Baudelaire, Debussy, Ravel o Kodaly, algunas de las cuales eran figuras entonces poco conocidas para mí. Y a pesar de que yo partí posteriormente para el extranjero, donde permanecí por 25 años, y aun después cuando vivimos en ciudades distintas, nunca dejamos de compartirnos músicas, partituras, libros, chistes, videos y hasta memes, encontrando un enorme regocijo en darle a conocer al otro algo que no conociera antes. Toda una historia de rica comunicación constante.

Justamente, en el campo de la comunicación se suele hablar de los “rasgos diferenciales” que caracterizan a una persona. Son reflejos de la personalidad, signos que denotan el temperamento y la singularidad propia. Hablando de temperamento, aunque pueda resultar un tanto cuanto contradictorio para algunos, creo que, estrictamente, a Mario nunca le interesaron sus evidentes rasgos diferenciales para sí mismo; más bien, como si se tratase de un astuto prestidigitador,  Mario les dio la vuelta sistemáticamente, generando una imagen mercurial que descansaba, siempre ecuánime, sobre una antecámara secreta, un espacio donde podía estar a solas libre de toda distracción y contrariedades y donde fuera posible llevar la bitácora de su vida sin interrupciones; un territorio poblado de abundante instinto, rigor, fantasía y proporción que, hacia el exterior brotaba como una finísima inteligencia y un mordaz sentido del humor. Sea como fuera, creo que no me equivoco al decir que, para las personas que tuvimos la fortuna de quererlo y de compartir alguno de sus singulares rasgos, facetas y discurso, su seductora presencia marcó, sin la menor duda, un parteaguas entre un lejano antes y un vertiginoso después. 

Las personas que me conocen saben que no soy una persona de muchas palabras y menos de palabras – como dicen los ingleses – dichas para sonar mi propia trompeta. Es sólo porque aún no se cómo despedirme  de Mario, a quien tanto he querido, que hoy me he atrevido a leer estas palabras, a ver si en ellas encuentro un alivio. La cuestión es que estoy enmudecido en mi interior y mis pensamientos rebotan obsesivamente entre el silencio que me provoca la muerte de Mario y  por otro lado en el sonido de lo mucho que me obsequió y que siempre llevo conmigo, Silvestre Revueltas, dixit como una maletita de ropa limpia. Racionalmente todo está claro, pero ¿cómo conciliar la pérdida, mi pérdida, con las ganancias? Bajo el manto de este doloroso vaivén, anoche en la madrugada soñé que volábamos juntos hacia a un lugar remoto. De pronto, Mario se adelanta y empezaba a alejarse, carcajeándose como cuando tocábamos el piano a cuatro manos.  Sin poder alcanzarlo y sin mas alternativa le lancé estas palabras: Adios Mario, mi querido gran hermano, mi tatich, mi hermano mayor; que tengas buen viaje. Gracias por todo. No vayas muy lejos. No se cuánto habrá de pasar para volver a encontrarnos, pero es probable que pase poco tiempo. Así que, mientras tanto, por favor, escribe el cuaderno de este nuevo viaje y vuela contento, vuela ligero.

Javier Álvarez


Gaby


Agradezco de antemano y de manera muy personal a Claudia Lavista por haberme invitado a hablar de su padre, el compositor Mario Lavista. Seré breve, ya que he aprendido a expresarme mejor por medio de los sonidos y no de las palabras. ¿Por qué? Porque explicar la música implica, levemente, ir contra su naturaleza. La música no se lee, se escucha. Y frente a eso no tengo nada que discutir. Sin embargo, quisiera, si me permiten, evocar algunos recuerdos personales sobre mi relación con Mario y su enorme legado musical. 

El azar es algo extraño y más de una vez me ha ocurrido que la vida me dé un golpe de suerte. Precisamente esto sucedió cuando tenía 19 años e incidió de manera permanente en mi forma de relacionarme con la música. Acababa de llegar de Francia donde estudié clases de análisis musical con Jacques Castérèd. En aquel entonces había ganado una beca para estudiar en La Escuela Normal en París, pero por asuntos familiares tuve que regresar a México. Para mi fortuna, mi padre me inscribió en la escuela Ollin Yolliztli, donde el maestro de composición y análisis musical era Mario Lavista. No fue sino años después que me di cuenta de que, a partir de ese encuentro, se sellaría para siempre mi destino como compositora. 

Recuerdo el día que me presenté con Mario. Le hablé de mis estudios musicales, lo que había estudiado, quiénes habían sido mis maestros y lo más importante: que quería ser compositora. 

Mario me escuchó con atención y sin más preámbulo, me empezó a hablar de Debussy. Terminamos hablando de las Catedrales de Rouen de Claude Monet y de los poetas simbolistas franceses. La cultura de Mario era infinita, igual que su generosidad. Desde ahí supe que me encontraba no solo con un gran maestro, sino con un compositor eminente y un artista de primer orden. 

Al poco tiempo entré a formar parte de su taller de composición en el Conservatorio Nacional junto a un puñado de estudiantes talentosos que se convertirían, al paso de los años, en espléndidos compositores. Luis Jaime Cortez, Hebert Vázquez, Ricardo Risco, Mariana Villanueva, Ana Lara, Juan Fernando Durán, y los lamentablemente fallecidos Rosa Guraieb, Armando Luna y Ramón Montes de Oca 

En mi opinión, resulta indispensable comprender que no existe una forma única de componer música, simplemente conviven diversos caminos en los que cada uno tiene el derecho de encontrar su forma personal de expresarse. Éste es uno de los puntos más controvertidos en la enseñanza de cualquier disciplina artística, ya que, en ella, el papel que desarrolla el conocimiento cuyo origen proviene de procesos subjetivos, como la intuición y las afinidades estéticas o filosóficas, definen el camino que busca recorrer cualquier artista. Mario Lavista no solo entendía este asunto, sabía cómo compartir, estimular y, lo más importante, encauzar la creatividad individual de sus alumnos. Esto lo lograba sin descuidar el análisis y el aprendizaje de aquellos compositores que son pilares fundamentales de la historia de la música. Para Mario la tradición no es solamente algo que se hereda y que forma parte de una identidad, era “una tradición, ese lugar en el que se encuentran y dialogan el presente y el pasado, y en el que, paradójicamente, sólo la renovación y la ruptura garantizan su continuidad”. 

Todavia recuerdo, con absoluta fascinación, su explicación de cómo la luz, ese instante efímero que nunca se repite de igual manera y que es casi imposible capturar, logra esa sutil e íntima forma de percepción en el arte musical.

Poco tiempo después, cuando Lavista escribió Reflejos de la noche para cuarteto de cuerdas, me di cuenta que en esa obra lograba justo eso: hacer que la luz y los reflejos del sonido mismo, su mística, su climatología, su misterio, develaran el cantar de una noche profunda. 

Gran parte de la música de Mario Lavista, única y escrita con impecable oficio, encuentra una de sus muy fuertes raíces, creo yo, en el mundo de la poesía. En esa correspondencia entre el músico y el gran lector, encontraba un lugar único para empezar a imaginar otro tiempo sonoro. En palabras de la poeta María Baranda: Es caminar por las grietas del texto y hundirse entre las letras de sonidos, en los acentos, salir a flote en la esquina de la página, enteramente, nítidamente como carne viva. Es mirar lo que debe traducirse en sonidos, como si hubiera un grito que se abriera amplio en las entrañas de la tierra. 

En el imaginario sonoro, Mario interioriza el poema, no lo ilustra ni lo interpreta. Tiende una línea vital entre la palabra y el sonido que imagina, para llevarnos a un mundo íntimo, etéreo y atemporal, y esto nos produce un goce profundo cuando lo escuchamos en nuestro interior. Su obra nos invita a un viaje, extraño y fascinante, en el que pareciera que nos adentramos a las aguas de otro mar, y ahí, escuchar sonidos transparentes. Siempre he admirado la delicadeza y fuerza expresiva de su música. Una personalidad única que nos habla de todo a todos. 

De Mario también aprendí que la complejidad detrás de una construcción artística musical no es relevante si el mensaje llega de forma directa e innegable. Y si es así, si se logra, hay algo en esa forma de expresar una idea, que resuena en cómo percibimos la vida y el mundo que nos rodea. Mario siempre se mantuvo fuera de las llamadas “vanguardias” para seguir su propio camino, su poderosa fuerza inventiva lo coloca en un lugar privilegiado de la música mexicana del Siglo XX y XXI. 

Para Lavista la relación intérprete-compositor fue fundamental. Una gran parte de su catálogo es producto de colaboraciones con un sinnúmero de músicos intérpretes nacionales e internacionales. Gracias a su enorme legado y generosidad, hoy en México tenemos espléndidos grupos de cámara, cuartetos de cuerdas e intérpretes comprometidos con la música de su tiempo. En palabras del flautista Alejandro Escuer: Mario: Tu música provocó que me dedicara a la flauta contemporánea, a la creación de compositores vivos que, como tú, se distinguen por darle vida a mundos imaginarios antes imposibles, inexistentes.

Gracias por otorgarme el gran privilegio de estar cerca de ti, Mario. De ser deudora de una formación musical que comienza con Carlos Chávez y hoy, que soy profesora de la Facultad de Música de la UNAM, siento la responsabilidad de continuar. Cuando te veo, me veo a mí misma en una especie de vaso comunicante o puente entre dos generaciones distantes, pero unidas a través de esa delgada pero sólida línea de continuidad que toda tradición necesita. 

Tu música permanecerá entre nosotros, los que te queremos y admiramos, pero también es nuestra responsabilidad darle la mayor difusión posible. Esta será la gran tarea que tenemos por delante. Te abrazo y te agradezco infinitamente haberme ayudado a ser quien soy hoy. 

Para ti siempre mi cariño y mi enorme gratitud,

Gabriela Ortiz

Palabras leídas en el homenaje luctuoso de cuerpo presente a Mario Lavista,
en el Palacio de Bellas Artes, el jueves 4 de noviembre de 2021.

Foto: Jesús Cornejo para el Festival de Música de Morelia

Sergio


Treno por Mario el Magnífico

¿Qué se hizieron las llamas
de los fuegos encendidos
d’amadores?

¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?

Jorge Manrique

Coplas por la muerte 
de su padre

Señoras y señores:

La condolencia —la participación en el pesar ajeno— es uno de los más acabados signos de la vida civilizada, y es también un inequívoco gesto de amor entre las personas. Agradezco de todo corazón a mi queridísima Claudia Lavista por haber pensado en mí para pronunciar unas cuantas palabras en este homenaje luctuoso a nuestro imprescindible Mario, cuya vida iluminó a tantos, que sumamos legión quienes nos dolemos por su partida.

Pronuncio estas palabras en el recinto en que conocí a Mario, cuando yo era apenas un adolescente. La recurrencia de nuestros encuentros y la generosidad de Mario con todo mundo —y con los jóvenes en especial— propició un diálogo que paulatinamente fue cada vez más hondo y que jamás se interrumpió. La amistad de Mario me enriqueció durante décadas, y mi deuda de gratitud a su memoria durará toda mi vida. 

En febrero de 1883, tras recibir la noticia de la muerte de Richard Wagner en Venecia, su exacto coetáneo e involuntario rival, Giuseppe Verdi, escribió un elocuente y generoso billete a Giulio Ricordi, su editor, que parafraseo ahora: Triste! Triste! Triste! Lavista [Wagner] è morto! Leggendone ieri il dispaccio, ne fui, sto per dire, atterrito! Non discutiamo. È una grande individualità che sparisce, un nome che lascia un’impronta potentissima nella storia dell’arte! (“¡Triste! ¡Triste! ¡Triste! ¡Lavista [Wagner] ha muerto! ¡Leyendo ayer la noticia, quedé, por así decirlo, horrorizado! ¡No hablemos del tema! ¡Ha desaparecido una gran individualidad! ¡Un nombre que deja una impronta potentísima en la historia del arte!”)

Esta paráfrasis no es descabellada, ni mucho menos impertinente: Borges, en su maravilloso prólogo a El hacedor nos enseña que “mañana (…) se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos (…)”, de tal suerte que bien podemos figurarnos al viejo Verdi, a quien tanto quiso Mario, escribiendo unas cuantas líneas de pésame por su muerte. Igualmente, esta mañana vino a mi imaginación el recuerdo de las preciosas siluetas dibujadas por el ingenioso Otto Böhler: en una de ellas podemos ver a lo más granado de los principales compositores, danzando febrilmente en el cielo, mientras Johann Strauss junior toca el violín y dirige la orquesta angelical. Mario danzará (huelga decir cuánto amó la danza) en el cielo a partir de hoy. También me he figurado la alteración de otra de las preciosas siluetas de Böhler —aquélla en que Bruckner es recibido en el cielo—, y vislumbro a Mario, saludado por sus pares, y primeramente por Guillaume de Machaut, Wolfgang Amadeus Mozart, Claude Debussy, Igor Stravinsky y, claro, Carlos Chávez. “¡Muy bien hecho, m’hijito! ¡Bienvenido!”, le habrá dicho Chávez a su más aventajado discípulo y, en buena medida, su heredero. Qué duda cabe que Mario llevó consigo la lira de Orfeo, como aconsejaba su maestro.

Ciertamente, la memoria de Carlos Chávez y la constante gratitud a su legado fue un punto de encuentro entre nosotros: yo mismo estudié la técnica de la composición durante más de un lustro con Humberto Hernández Medrano —notable discípulo de Chávez en la generación que precedió a la de Mario— y, además, compartimos la amistad con otro gran músico formado en el mismo Taller de Composición: el inolvidable Eduardo Mata. Nuestra devota afinidad a la raigambre artística compartida nos llevó a participar, al lado de otros queridos amigos —Leonora Saavedra, Luisa Vilar, Ricardo Miranda y Roberto Kolb, entre ellos— en el programa académico del Festival de Bard de 2015, dedicado enteramente a Chávez.

El corpus creativo de Mario Lavista es un hecho capital de la cultura musical del mundo en el transcurso del último tercio del siglo XX y la primera parte de éste. La huella de su catálogo, marcado siempre por la poiésis —el esmerado tránsito del no-ser al ser— es incuestionable. También lo es la notable nómina de discípulos, pues Mario siguió el ejemplo de Chávez (auténtica figura paterna) y dedicó amorosamente buena parte de su tiempo a enseñar lo mucho que sabía. Esa labor, la transmisión, elogiada magistralmente por George Steiner, es una genuina apuesta a la supervivencia de lo bueno, lo verdadero y lo bello. No es extraño que entre la mayoría de los compositores que aprendieron de Mario Lavista prevalezca la amistad, el respeto mutuo y un sentido de pertenencia a una familia extendida. La nobleza de espíritu de Mario impregnaba su entorno y, como querría Heidegger, se encendía, iluminaba y brotaba por todas partes. 

Mario era un hombre de su casa. Su casa fue el Valle de Anáhuac, tanto como el Conservatorio Nacional de Música y El Colegio Nacional. En casa de su tío, el gran Raúl Lavista, comenzó su aprendizaje; en casa de su mentor, el Taller de Composición de Carlos Chávez en el Conservatorio, aprendió el oficio. En esta casa nuestra, que tanto requiere de restauración y concordia, México, alcanzó la maestría y mereció todos y cada uno de los laureles que lo coronaron. Si bien fue un cosmopolita, Mario estaba profundamente ligado a su patria. Y si Homero enseña en el Canto XV de La Odisea que “no hay peor mal para los mortales que andar errantes”, hay que decir con toda claridad que en los últimos tiempos, ciertamente desquiciantes, el amor materno de María Luisa, así como el filial de Claudia y Elisa le hicieron llevaderos los embates de la aflicción y el amor familiar fue su última casa. Y, por supuesto, aun transido de dolor, jamás perdió su discreción, su elegancia y su buen gusto. Noblesse oblige

Entre los amores cultivados por Mario, que deben ser salvados urgente y enérgicamente del naufragio, están Ediciones Mexicanas de Música y Pauta. Un binomio que, junto con su labor creativa y docente, merece la mayor atención. 

Como muestra de su exquisita sensibilidad y de su afilada inteligencia, reproduzco ahora unas cuantas sentencias de Mario Lavista en torno al arte musical: 

“La música es una sustancia formada de sonidos y de tiempo que encierra una verdad que no puede ser dicha: solamente puede ser escuchada.” 

“En la música, la forma es el fondo y el fondo es la forma; el qué es el cómo y el cómo es el qué. El continente y el contenido se confunden, ya que lo que dice la música lo expresa únicamente en sus propios términos, es decir, en términos de sonido.” 

“Las grandes renovaciones que ha tenido la música, y el arte en general, siempre se refieren a cuestiones de índole formal, no de contenido. El hombre no ha inventado nuevos sentimientos: seguimos hablando de lo mismo.”

“No deja de sorprenderte que este arte tan abstracto —quizá el más abstracto, pues maneja una sustancia que no se huele, que no se toca, que no se ve— sea capaz de llegar a las capas más profundas del hombre, de hablarle directamente al espíritu, al alma, a lo más íntimo que posee. No hay defensa posible contra la música.”

“Cada obra musical es una página en el diario del compositor: es un relato narrado con sonidos, que vuelve innecesaria la palabra.”

La raíz griega de “entusiasmo” (enthousiasmós) significa propiamente “inspiración o posesión divina”. Mario llevaba a los dioses bienhechores en el alma, y todos los que lo quisimos (o mejor dicho: todos los que lo queremos) podemos dar fe de sus virtudes. Fue prudente, templado, justo, generoso, compasivo, agradecido, sencillo, tolerante y derrochaba su agudo sentido del humor. 

Ruego a ustedes que me permitan referirme, a título personal, a mi enorme duelo, y en estas últimas líneas dejaré de utilizar la tercera persona del singular para decirte, Mario querido, queridísimo, cuánto te echaré de menos. ¿Con quién jugaré puerilmente a las más absurdas bravatas de rijosos, para estallar en carcajadas de ambos, y luego fundirnos en un abrazo enorme? ¿Qué decirle a Isolda y Julia, mis hijas que tanto, tanto te quisieron, y que se disputaban tenazmente tu predilección? ¿Cómo retomar el hilo de la conversación, discutiendo sobre obras musicales específicas, o sobre arte y literatura? ¿Llegarás a aceptar que La fanciulla del West es la más acabada partitura de Puccini? ¡Y cómo nos reímos cuando, estando ambos con Luciano Berio, tradujiste una larga, larguísima perorata suya y, con total desfachatez (porque ya teníamos hambre) zanjaste así la cuestión: “dice Berio que no”! Por supuesto, nadie, nunca, te podrá sustituir en nuestra mesa de póquer. Con todo, busco alivio para la congoja en las palabras del sabio Ernesto de la Peña, que son idóneas para hablar de ti:  la inmortalidad artística es la sombra póstuma de los grandes.

Ya concluyo, doy a Mario las gracias por tanto, y vuelvo al poeta: 

Non tengamos tiempo ya
en esta vida mesquina
por tal modo,
que mi voluntad está
conforme con la divina
para todo;
e consiento en mi morir
con voluntad plazentera,
clara e pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera,
es locura.

Reciban ustedes mis sinceras y acongojadas condolencias. Mario Lavista ha entregado ya su moneda a Caronte, ha cruzado la laguna Estigia y ya llega, órfico, a los Campos Elíseos. En el cielo hay una gran celebración musical de bienvenida. Ahora, Mario descansa en paz; por doquier, brilla para él la luz perpetua, porque —en palabras de Tucídides—, la tierra entera es tumba para los hombres ilustres. Tomaremos por turnos su lira y diremos por último que

(…) aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo su memoria.

Muchas gracias por acoger las palabras de este treno.

Sergio Vela

Oración fúnebre pronunciada el jueves 4 de noviembre de 2021 en el Palacio de Bellas Artes,
durante el homenaje luctuoso,  de cuerpo presente, a Mario Lavista  © 2021


Ana Alonso


Un gran compositor, un talentosísimo músico, un intelectual de profundidades abismales y un extraordinario ser humano. Quienes lo conocimos en persona apreciamos su infinita generosidad, su contagiosa risa y su inmensa capacidad no solo de conversar, sino sobre todo de escuchar… Los que estamos cerca de su música hemos sido cautivados por la elegancia de su lenguaje compositivo y hemos sido transportados a campos estéticos donde la imagen, la poesía y el sonido cohabitan exquisitamente. Mario nos dejó un legado invaluable en su obra creativa y en sus escritos. ¡Mucho que escuchar, interpretar, leer, estudiar y enseñar! 

Mientras esperamos el reencuentro eterno, te extrañaremos siempre, querido Mario.

Ana Alonso Minutti

Foto: Jesús Cornejo para el Festival de Música de Morelia

Juan Arturo


Mario Lavista no fue sólo un enorme compositor; fue un músico completo, en toda la extensión del término. Escribía música, tocaba el piano, enseñaba música, escribía sobre música, improvisaba música, divulgaba la música. Y, sobre todo, compartía la música.

Mario Lavista nunca me dio una clase. Pero fue mi mejor maestro. Mucho de lo que sé de música (y mucho de lo que gozo en la música) lo aprendí de él. Escuchar su música, escucharlo hablar de su música y de toda la música, escuchar música con él, descubrir música nueva bajo su guía, fue siempre una combinación ideal de placer y aprendizaje. Nadie como él para contagiar a los demás su entusiasmo y amor por sus músicos tutelares: Machaut, Monteverdi, Mozart, Debussy, Ravel, Bartók, Stravinski, Revueltas, Cage, Chávez y tantos otros. Nuestro entorno musical está profusamente poblado de quienes sí fueron sus alumnos formales; ellas y ellos son una parte fundamental de su legado, y testimonio vivo de su benéfica, profunda y duradera influencia. Y Mario Lavista fue, ante todo, un amigo entrañable, cercano, leal y solidario a toda prueba, como son los amigos verdaderos, en las buenas y en las malas.

En su ausencia, que es profunda y dolorosa, quedan los ecos potentes y la impronta imborrable de la cornucopia que es, y será, su obra: los inquietantes y cíclicos misterios de Ficciones; el dolor inacabable del sátiro torturado de Marsias; la lúdica hiperactividad de Madrigal; la vaporosa fantasmagoría de su ópera Aura; los evanescentes polvos sonoros de Reflejos de la noche; la modernidad medievalista de la Danza isorrítmica; la engañosa y traviesa sencillez conceptual de Cluster; el rico y sutil entramado tímbrico de Mater Dolorosa; el inexorable rigor intelectual de Correspondencias (escrita en colaboración con Gerhart Muench); la cristalina transparencia de sus breves piezas para caja de música. A título muy personal, destaco entre su amplia y variada obra el poderoso, evocativo y refinado soundtrack que compuso para el filme Cabeza de Vaca, de su amigo Nicolás Echevarría.

Lavista solía comentar (y lamentar) que, en una proporción mayoritaria, la música contemporánea había perdido su expresividad. Después de haber explorado algunos ismos y vanguardias propios de su tiempo, el compositor encontró su lenguaje personal maduro, en el que el rigor intelectual no sólo no está reñido, sino que va de la mano con esa expresividad que buscó y logró, y que es uno de sus sellos característicos. Por ello, su música es a la vez un reto para la mente y un gozo para el alma, como lo es, finalmente, toda gran música. Estoy cierto de que esta combinación es en buena medida resultado del hecho de que Mario Lavista fue un gran lector, conocedor y amante de la poesía; él no concebía la vida sin poesía, y terminó por ser él mismo un elegante poeta sonoro.

Mario Lavista fue un honesto creyente, no de dientes para afuera, sino desde el fondo de su espíritu. Compuso poca música litúrgica (ahí está su Misa breve a Nuestra Señora del Consuelo), pero creó numerosas obras de aliento religioso que son, por así, decirlo, liturgias personales, rituales íntimos que concibió para sí mismo y para sus allegados.

A lo largo de los años, fue perdiendo a amigos, colegas, maestros cercanos a su corazón; para varios de ellos (para sus almas) creó obras luctuosas de contenida y concentrada emotividad: Raúl Lavista, Gerhart Muench, Rodolfo Halffter, Luis Ignacio Helguera, Eugenio Toussaint. Además de estas déplorations individuales, personalizadas, Lavista compuso una más amplia y general, su Réquiem de Tlatelolco. Muchas veces, él se ocupó de crear música para el tránsito de otros; ahora, ¿quién escribirá un Réquiem para él? Yo lo haría, si supiera cómo…

Adiós, músico. Adiós, maestro. Adiós, amigo. Hoy me siento un poco más huérfano.

Juan Arturo Brennan

Texto publicado originalmente en La Jornada (05 de noviembre, 2021), replicado en Sonus con autorización del autor.


Leonardo


En el viaje al infinito vuelas
en las alas del sonido de cristal.
Misterioso, el tiempo detenido
que resuena con el fluir del viento.

Ignotas puertas del ayer se abren
en silencio luminosas, y soplan
músicas dormidas en tus pinceles
con texturas acuosas del universo.

Susurros como extrañas aves se
mueven en laberintos de las horas
que son luces y sombras en bosquejo.

Campanas lejanas tañen en noches
que se esfuman en cantos arcaicos
y llevan suaves voces del destino.

                                          Leonardo Coral      

(Despedida a Mario Lavista)


Juan


La modernidad era para James Joyce una “ciénaga de ruidos”. En un mundo dominado por el estruendo y la disonancia, Mario Lavista (1943-2021) creó atmósferas sonoras de inquietante sutileza. Hecha de aire, su obra Marsias une el soplo y la caricia -un oboe dialoga con copas de cristal frotadas con los dedos- y en su cuarteto para cuerdas Reflejos de la noche los armónicos crean el tiempo sin tiempo que sólo existe mientras dormimos.

Lo conocí en 1980 gracias al inolvidable Nacho Toscano, que impulsó la creación de la revista Pauta en la que Mario convocó a los poetas a escribir de música y a los pintores a diseñar partituras. Guillermo Sheridan fue el primer jefe de redacción y yo lo relevé de 1984 a 1988. Era mucho lo que debía aprender de musicología, pero fue más lo que Mario me enseñó de literatura, forma silenciosa de la música.

Nos reuníamos a planear números en el departamento de Mario en los edificios Condesa, muchas veces en compañía del compositor Joaquín Gutiérrez Heras “Quinos”, quien llegaba atraído por los guisos de Chabelita, excepcional cocinera, y el deseo de compartir lecturas recientes y chismes eternos. La única tensión era aportada por el teléfono. Mario jamás lo contestaba. Odiaba esa intromisión en la vida, pero no desconectaba el aparato; lo oía con atento repudio, como si se tratara de un tritono, el diabolus in musica que acompaña a Mefistófeles en el Fausto de Gounod. “Contesta, que puedo ser yo”, bromeaba “Quinos”.

Mario no olvidaba una escena de Amadeus en la que Mozart se abstrae de un pleito familiar imaginando una melodía. Ese gesto lo definía: a menudo, nos oía con amable distracción. Su mundo era el de los sonidos que todavía no existen. Pionero de la música electrónica, colaborador de Stockhausen, miembro del grupo Quanta, defendía las nuevas técnicas de interpretación. Toda partitura tiene una condición potencial; aguarda que los instrumentos la despierten. “La tragedia de la música nueva es que no tiene referentes; si no te gusta una versión de la Quinta de Beethoven culpas a la orquesta, pero si no te gusta un estreno contemporáneo, culpas al compositor”, decía Mario. Trabajaba mucho con los intérpretes y a ellos dedicó su discurso de ingreso a la Academia de Artes.

Disfrutaba la música popular, incluida la de los cilindros (depositaba billetes sustanciosos en la gorra del organillero, diciendo: “somos colegas”). El jazzista Eugenio Toussaint encontró en él a un mentor que le permitió transitar a la música de concierto. Su tío Raúl Lavista lo acercó a la música de cine, que él escribió para su amigo más cercano, Nicolás Echevarría. En esa faceta, mostró otro temple. Le gustaba decir que Shostakóvich fue varios compositores a la vez: creador de sinfonías épicas, cuartetos vanguardistas y emotivas melodías populares. Sin llegar a desdoblamientos tan extremos, él transitó por registros tan diversos como la meditación para piano Simurg o la briosa pista sonora de Cabeza de Vaca.

La mente musical es aliada de la matemática. Mario lo demostraba en las partidas de dominó, que ganaba sin miramientos. Le bastaba ver unas fichas sobre la mesa para saber cuánto sumaban. Otra de sus pasiones era el billar; veía los desplazamientos sobre el paño verde como las notas en un cambiante pentagrama.

No asumió otro proselitismo que el del arte. Recupero una anécdota que lo pinta cabalmente. Pauta dependía del INBA y de un funcionario con ínfulas de poeta que se sentía soslayado por nosotros. Nos negó el presupuesto para que fuéramos a verlo. Prometió apoyo a cambio de que le publicáramos un poema. Al salir de la oficina, leímos los versos que representaban un chantaje. Mario se negó a publicarlos, y emprendió una batalla en defensa de la calidad literaria hasta que volvimos a circular.

Trataba con desinteresada cordialidad a cualquier persona y profesaba una irrestricta devoción por su madre, su hija y su nieta. Nos vimos por última vez en un homenaje póstumo a Nacho Toscano, el amigo que nos presentó. Mario se preocupó de que yo hubiera perdido un oído. Él padecía una enfermedad mucho más grave, pero no podía imaginar una vida sin sonidos.

Días antes de su muerte, su hija Claudia organizó una sesión budista para acompañarlo. En medio del silencio oímos la respiración de Mario, serena, acompasada: el maestro medía el tiempo.

Su música no dejará de hacerlo.

Juan Villoro

Texto publicado originalmente en Reforma (noviembre 5, 2021). Lo reproducimos con autorización del autor.


Foto: Alejandro Escuer

Alejandro


Querido Mario: ¿recuerdas esta foto? Te la tomé cuando andábamos de viaje.

Recuerdo con cuanta generosidad me regalaste tu tiempo y afabilidad característica para estudiar por primera vez tus piezas para flauta sola. Yo tenía diecisiete años, y en los pasillos y aulas del conservatorio nos conocimos. Armé mi flauta frente a ti y al hacerlo, partículas de polvo iluminadas por un haz del sol que se filtraba por la ventana del jardín volaron en silencio, y como presagio, el eco de los muros antiguos transformó tu Nocturno en sonidos inolvidables.

Lamento y Nocturno son obras que decidieron mi destino. Tu música me eligió y provocó que me dedicara a la flauta contemporánea, a la creación de compositores vivos que, como tú, se distinguen por darle vida a mundos imaginarios antes imposibles, inexistentes.

Estarás siempre cercano, y serás como es natural en ti y en tu música, entrañable. Las barreras del tiempo y el espacio no son nada, no existen.

Ya eres invisible Mario, y, sin embargo, en este cuaderno de viaje, tu viaje, eres tan tangible como tu Canto del Alba, metáfora de luz para flauta sola que transformó mi vida en una vocación.

Alguna vez me dijiste que, de acuerdo a una antigua leyenda japonesa, “…el sonido de la flauta es el único capaz de ser escuchado por los que ya no están entre nosotros, por los moradores del cielo”

Sentado solo, entre los bambúes, Toco el laúd, y silbo, silbo, silbo. Nadie me oye en el inmenso bosque, Pero la blanca luna me ilumina

Wang Wei Dinastía Tang

Te dejo mi versión del Nocturno con la seguridad de que lo escucharás y a la vez, quien lo escuche te escuchará.

Alejandro Escuer


María Pía


Se ha ido un grande. Su camino fue crear una música tan eterna como son las oraciones y los rituales religiosos que de ella emanaban. Él, empapado estaba de ese tipo de experiencia estética que une a lo religioso con la más pura belleza estética. Tal y como lo advirtió Hegel alguna vez, el arte y la religión son los dos sistemas perfectos del Espíritu. Y la música de Mario Lavista se construyó en esa unión perfecta.

Su muerte prematura nos llena de tristeza a todos los que le conocimos y le vimos sonreír y saberse portador de este don poético. Mario salía feliz tras presenciar sus conciertos. Sabía compartirlos con sus amigos. Siempre orgulloso de los logros de otros, siempre admirador de la creatividad de muchos. Fue un gran amante de la danza que su hija ha sabido encarnar perfectamente con su grupo Delfos.  Mario ha sido muy querido por sus alumnas y alumnos. Y muy admirado por sus contemporáneos y colegas.  Mario Lavista fue un grande entre los grandes. Y hoy lloramos la partida de este gran músico que nos deja un legado inigualable: lleno de salmos, de cantos y proverbios, tan sutiles como sublimes.

 Adiós Mario, lloramos tu partida pero gracias por dejarnos tu obra.

María Pía Lara


Rodrigo


Recordar a alguien como Mario Lavista por escrito se me complica. Soy músico, mi lenguaje es otro. Y además, recordarlo hablando de mí no me gusta, pero ¿cómo no hablar de uno, si siempre entendemos la relación con los otros desde la perspectiva personal?

Tengo muchas memorias de él: esperarlo a la entrada del estacionamiento en el Centro Nacional de las Artes, para tener la oportunidad de caminar juntos a la clase y después de ella, regresar platicando hasta el mismo estacionamiento, con la esperanza de que abriera esa cajuela increíble llena de ejemplares de Pauta, y me regalara algunos diciendo cosas como “tienes que leer esto porque bla bla bla” o “te recomiendo que veas el texto de X o de Y porque lo que vimos con tu pieza en clase tiene mucho que ver”. Durante mucho rato me quedaba buscándole sentido a esas palabras y leyendo Pauta, pero sobre todo, pensando en que Mario era un enigma. 

Mario sabía de todo, mi madre y mi maestra de música de entonces hablaban de él como un galán increíble y seductor. Yo escuchaba sus piezas y me daba cuenta de que en esa música había algo introspectivo que me atraía mucho, pero no sabía qué era. Yo tendría unos 25 años o algo así, más o menos la mitad de su edad, y me daba cuenta de que quería aprender a pensar así. Me acuerdo bien de que eso sentía y de mi enorme interés por escucharlo. Seductor total como dije antes. 

Gracias a él pude escuchar mi música leída por el Cuarteto Latinoamericano. Fue para mí como jugar en la primera división. A sus estudiantes, Mario nos hacía sentir importantes pero responsables. Como maestro era capaz de hacer lo que es infinitamente complicado: explicarte cómo componer sin decirte cómo escribir música. Decía que componer era resolver un problema, y eso resuena hasta hoy en mi manera de entender lo que hago, por eso tengo claridad de su enorme impacto en mi vida.

Comencé a seguirlo por donde pudiera encontrarlo y gracias a él conocí a maestros y amigos como Luis Jaime Cortes en el Conservatorio de las Rosas y Javier Álvarez en Londres, quienes han sido fundamentales en mi vida como maestros y amigos, así como a muchos y muchas compositores e intérpretes que fueron haciendo de mi interés por componer una realidad. 

Siempre generoso con su tiempo, no solo se detenía a explicar lo que uno le preguntaba, sino que sabía responder con preguntas. Y además escuchaba.

Mario fue un pilar fundamental para el Centro Mexicano para la Música y las Artes Sonoras (CMMAS), que echamos a andar en Morelia, Michoacán, con su consejo y apoyo político y en gestión. Fue también fundamental para la revista del CMMAS Ideas Sónicas, que intentaba aprender de Pauta y evitar vivir en la cajuela. Y fue además, confidente de los enojos contra la administración de la cultura en nuestro país, por su incapacidad para entender a la continuidad cultural como estrategia de solución a tantos problemas. Lo vi ser el epicentro de círculos interminables de alumnos, intérpretes y amigos, lo que me permitió entender que se puede estar contento y pasarla bien trabajando en la música. Fue generoso siempre, desde El Colegio Nacional al que me invitó en varias ocasiones y hasta cuando aceptó ser compositor residente en el CMMAS, para componer una obra con tecnología, con todo y que insistía en decir que de eso no sabía nada. Y sin embargo, así nació su magnífica pieza Plegarias para fagot y electroacústica. [Aquí puede accederse a ella.]

Hacia el final de su vida, a través del frío whatsapp que se apodera de muchas de nuestras relaciones, me decía que la enfermedad se resolvería, pero que lo importante era no dejar de ver lo grave de las acciones de la administración cultural en turno.

Me duele mucho su partida, es muy raro saber que alguien que siempre estuvo allí ya no está, lo cual no es así, porque sí lo está, en su ejemplo, en sus sonidos y en sus palabras. 

Ojalá y vengan muchos Marios en generaciones futuras, que puedan entender que compartir ideas y experiencias enseña más que compartir intervalos. Ojalá y que su legado contagie a muchos, en México y fuera de México, que se entienda su perspectiva y que se conserve esa ilusión por llegar a la cajuela del conocimiento. Pero sobre todo, que podamos siempre escuchar su música, que se interprete, estudie, preserve y difunda, y que podamos todos mantener viva esa música en la que Mario logró que se conecte la mente con la panza. 

Te voy a extrañar. 

Rodrigo Sigal

Presencia de Mario Lavista en el CMMAS: clicar aquí.


Andrés


El que vive es un viajero en tránsito
el que muere es un hombre que retorna a su morada.

Li-po

Tomado de la partitura de “Responsorio”, In Memoriam Rodolfo Halffter, para fagot y percusiones, de Mario Lavista.

Si les llega este mensaje a todos, y en especial a mis queridos amigos compositores y músicos de todos los “retiros” de nuestra tierra, quisiera compartirles mi gran pesar por la muerte del querido Mario Lavista.

Él es, y seguirá siendo, uno de mis compositores más amados; y ahí radica, al menos para mi, el valor de su existencia, por encima de su muerte.

Su cuerpo no está más en esta tierra. Su espíritu y su música (si no son lo mismo) se quedarán conmigo -y con muchos otros- para “siempre”.

Por aquel “siempre”que no nunca sabremos si será por “siempre”, pero que nos brota de nuestros más grandes anhelos “infinitos” siempre.

O al menos, mientras nos quedamos en este mundo. 

Adiós Mario;

y paz en tu viaje a lo desconocido. 

Uno sabe siempre por quien llora.


“MARSIAS” EN EL MAR CARIBE

En el verano de 1994, tuve una experiencia sonora que causó una profunda emoción en mi. Fue durante el inolvidable encuentro de “Música y Palabra” organizado por Carmen Téllez, al lado de Mario Lavista y junto con otros magníficos compositores y músicos, en el Museo de Arte, del arquitecto Ming Pei, en la Universidad de Indiana, en Bloomington.

En ese espacio hermoso y resonante escuché por primera vez, de este gran compositor mexicano, “Marsias”, para oboe y copas de cristal.

Mucho tiempo después, hace tan solo un año, en medio de la pandemia, en una noche en el Mar Caribe colombiano, dentro de una ensenada apacible del Golfo de Morrosquillo, trepados en una lancha, quieta y con los motores apagados, bajo un reguero de estrellas que abrazaban la Vía Láctea, con mi familia y algunos amigos cercanos y entre canciones populares, a mi hijo Teodoro, -porque le gusta muchísimo-, se le ocurrió hacer sonar, adrede, pero sorpresivamente,  “Marsias”, para oboe y copas de cristal…

Se hizo un profundo silencio; mágico, sorpresivo, religioso.

Teníamos un amplificador pequeño, conectado a un celular, pero alcanzaba a llenar toda la bóveda celeste, los manglares y sus raíces, el mar adormecido y plano, -como la base de un muro reverberante horizontal-, el tórax de los pelícanos dormidos y nosotros: nosotros, como esponjas de mar.

¡Todos escuchamos casi sin respirar, de principio a fin, profundamente conmovidos, cuando “Marsias alentó, suspiró una y otra vez a través de las cañas enlazadas, obteniendo sones más y más dulces y misteriosos que eran como la voz de su corazón”, en palabras de Luis Cernuda, citado por Mario Lavista, en el encabezamiento de su partitura de “Marsias”, para oboe y copas de cristal!

Siempre le quise contar esta experiencia a Mario, casi sacada del realismo mágico de García Márquez o de algún cuento de su amigo, Álvaro Mutis. Pero nunca lo hice; y ahora, arrepentido, se la escribo, como pretendí hacerlo siempre; aunque sé que es un poco tarde, pues él ya no está y tal vez solo me escuchen sus sombras.

De cualquier manera, regreso esta historia a su origen:

A Mario y a su espíritu, que es ahora el viento; y quizás a ese mismo techo del museo de Pei, en la Universidad de Indiana, en Bloomington, o a la gran bóveda celeste del Golfo de Morrosquillo y de nuestra América Latina.

Y a este lejano recuerdo en su pensamiento primigenio, cuando compuso “Marsias”, para oboe y copas de cristal.

No deja de darme una gran tristeza que siempre hagamos lo mismo; o casi siempre…:

Decirle a una persona cuánto la queremos y cuánto la amamos y admiramos, cuando ya se ha muerto, y no antes.

De cualquier manera, es un pequeño tributo para ti, querido Mario; y a “Marsias, para oboe y copas de cristal…

Andrés Posada

La Ceja, Antioquia, Colombia

Foto: Jesús Cornejo para el Festival de Música de Morelia

Rodolfo


El 4 de noviembre de 2021 murió el gran compositor mexicano Mario Lavista, víctima del cáncer         que lo aquejaba hacía un tiempo. Su creación del grupo Quanta en 1970, así como algunos escritos y composiciones de la misma década, lo ubican como uno de los iniciadores de músicas experimentales y electroacústicas en su país. Sin embargo, es la exploración de técnicas instrumentales actuales –en íntima colaboración con diversos solistas– lo que llevó a Lavista a encontrar una estética muy personal, refinada y expresiva, tal vez comenzando con “Canto del alba” (1979), para flauta amplificada. Cinco décadas de creación madura nos dejaron un legado musical maravilloso, particularmente en los campos de música de cámara, orquestal y vocal, que se edifican como patrimonio de toda América Latina y el mundo, no solo de su amada México.

Fue justamente en su ciudad natal donde tuve la suerte de conocer a Mario en 1998 y, a partir de entonces, desarrollamos una amistad que, así fuese a la distancia y apenas con encuentros esporádicos, mucho me ha dejado. Sumado a sus enormes talentos musicales, él era una persona encantadora, atractiva, brillante y carismática. Al margen de ello, desde la primera conversación que tuvimos me impactó la manera en la cual ponía a su interlocutor en el centro de todo, con una atención, respeto y cuidado ejemplares. Nunca le escuché hablar mal de otros, incluso de sus más agresivos críticos, a pesar de que muchas veces vi cómo algunas personas trataban de arrastrarlo a ello. Conozco a muchos exalumnos que hablaron siempre –no solo ahora, en la embriaguez póstuma– con amor y gratitud por la pasión y generosidad con la cual encaraba su rol como docente. Otra cantidad de intérpretes lo recuerdan por la manera en la cual les facilitó el tránsito desde la ejecución museística de los repertorios con los cuales fueron formados, hacia la aventura de ser partícipes activos en la música de su propio tiempo. Y, bueno, mi partituroteca y biblioteca están llenas de materiales maravillosos que llegaron a mis manos gracias a su incansable gestión al frente de Ediciones Mexicanas de Música y la revista Pauta, la cual fundó y dirigió desde 1982. Este minúsculo resumen está lleno de ejemplos de cómo un músico puede y debe trabajar por su entorno… así como también de pistas para una simple coexistencia más civilizada. Es mucho lo que nos ha dejado Lavista; al final del día, no obstante, su principal legado son sus composiciones, muchas de ellas joyas, de las cuales se desprende la misma sensibilidad e inteligencia –la magia, incluso– con la cual pensó, habló y actuó en su paso por este mundo.

Rodolfo Acosta R.


Luis Fernando


Hay veces en que las palabras no alcanzan para expresar la pesadumbre. Perdemos a un gran músico mexicano y universal, a un miembro destacado de El Colegio Nacional y a un amigo generoso, abierto, culto, y siempre de buen humor.

Como sabemos Mario Lavista fue alumno de Rodolfo Halffter y de Carlos Chávez. Diría yo que él y Eduardo Mata fueron los más destacados de esa generación; Mata se dedicó a la dirección de orquesta y Lavista a la composición; ambos nos dejaron una huella generosa para el futuro. Es difícil, para un mero aficionado a la música como yo, caracterizar la herencia musical de Lavista. Ahí están sus alumnos, como Javier Álvarez, Gabriela Ortíz o Ana Lara para hacerlo. Lavista se sumergió en la música de nuestro tiempo; tras la herencia de sus maestros, se dejó sembrar lo mismo de música francesa como alemana o estadounidense; sus obras evolucionaron a una expresión cada vez más quintaesenciada, hasta varias de las obras de los últimos veinte años -por así decirlo- en que exploró las tradiciones musicales religiosas. Ahí está, por ejemplo, el Requiem a las víctimas del 68, que estrenó en la UNAM.

En El Colegio Nacional, Lavista emprendió largos programas de difusión de la buena música; de la clásica, por supuesto, como el ciclo dedicado a los cuartetos de Beethoven, y de la del siglo XX y estos comienzos del XXI, como los conciertos en que se interpretaron obras de John Cage, de Janacek, de Bartok, de Chávez -por supuesto-, de Stravinski (el ciclo, aun no terminado, organizado junto con su hija Claudia y Sergio Vela, de funciones de La consagración de la primavera), y varios músicos modernos más. Alguna vez el Arq. González de León nos hizo el comentario, acertado, de que asombrosamente, nuestras generaciones no conocen la música de nuestra época. Lavista arrostró una tarea de difusión de esa música, de la que se olvidaron en la UNAM y en Bellas Artes. Lo digo, recordando el ambiente musical del México de los 60, en que en la Facultad de Medicina, en la Sala Ponce, en la Casa del Lago, podíamos escuchar ciclos completos que nos acercaban, por ejemplo, a Dallapiccola, a Stockhausen, a Scriabin, a Stravinski. Gracias a Lavista, El Colegio Nacional llevó a cabo esa tarea. Siempre tras una introducción a las obras y a los intérpretes que íbamos a escuchar, como el Cuarteto Latinoamericano o Tambuco, en que nos exponía los valores musicales de esas obras, el concierto era bien recibido en una Aula mayor abarrotada.

Mario solía organizar una comida de amigos en su casa todas las semanas; ahí se hablaba de todo: de música, por supuesto; de literatura; de cultura. Quienes asistíamos a ellas salíamos enriquecidos. Alguna vez platicábamos de la horrenda música que hoy se toca en las iglesias (con honrosas excepciones); él me comentó que, cuando sonaba esa música “Dios se salía de la iglesia”. Extrañaré siempre su cercanía.

Adiós Mario.

Luis Fernando Lara

Texto publicado originalmente en Crónica (noviembre 4, 2021). Lo reproducimos con autorización del autor.


Iván


Mario Lavista, la imaginación musical.

La noche juega con los ruidos
copiándolos en sus espejos
de sonidos.

(“Eco”, en Suite del insomnio, Xavier Villaurrutia, al que alude Reflejos de la noche, segundo cuarteto de cuerdas de Mario Lavista)

Mi encuentro con la obra

El pasado jueves 4 de noviembre, al enterarnos todos de la muerte del compositor Mario Lavista (Ciudad de México, 1943-2021), varios amigos y colegas me preguntaron sobre la obra suya más representativa. Esa mañana, la primera que escuché fue Reflejos de la noche, su segundo cuarteto de cuerdas, y fue mi respuesta instantánea varias veces durante las primeras horas. Pero tras asimilarlo después, concluí al final que en realidad había sido el Madrigal, para clarinete solo, la que me había marcado a mí.

“Compuse Madrigal en 1985. El título alude a una forma musical de la Edad media concebida para una o dos voces. La obra consta de dos secciones que se encadenan sin interrupción. La primera, de tempo rápido, está basada en una nota pedal alrededor de la cual se teje una melodía en registro agudo y otra en el grave, creando una ilusión de una textura contrapuntística a tres voces. En la siguiente, de tempo lento, empleo algunos de los nuevos recursos instrumentales que permiten crean verdaderos corales en los que se escuchan dos o más sonidos simultáneamente. Está dedicado a Luis Humberto Ramos, gran clarinetista y amigo mío”.

Tener 12 años, querer ser clarinetista y escuchar el Madrigal, que acababa de ser grabado por segunda ocasión, te marca. Marca lo que será tu punto de referencia, marca tu sensibilidad, marca lo que esperas de la música contemporánea, lo que esperas llegar a ser como clarinetista. Fue un privilegio tener cerca esa música desde tan temprano en mi vida: saber que existían esas posibilidades técnicas, expresivas; que había alguien que podía imaginar sonidos y crear un nuevo mundo sónico de esa manera, a partir del instrumento que habías elegido pensando que después de Mozart no había nada. 25 años después sigue siendo mi benchmark.

Madrigal forma parte de un grupo de obras en la trayectoria de Mario Lavista que marcaron una época en la historia de la música mexicana y que fueron parteaguas en la literatura universal para los instrumentos de los que se sirvió. Me refiero a una etapa creativa, sobrerrepresentada por los alientos, pero en la que también surgieron Reflejos de la noche (1984), escrito para el Cuarteto Latinoamericano, Aura (1988) y Clepsidra (1990), su única ópera y su obra sinfónica más importante, que transcurre más o menos desde 1981, desde el Lamento a la muerte de Raúl Lavista, para flauta baja, hasta 1994, cuando escribe las Cinco Danzas breves para el Quinteto de Alientos de la Ciudad de México; aunque luego regresa también a ellos en 1997, al escribir un octeto clásico para la Sinfonieta Ventus.

Por supuesto que hubo obras mayores antes, y sobre todo después; la cumbre sería el Réquiem de Tlatelolco que escribió con el pretexto del 50 aniversario Movimiento estudiantil de 1968, a petición de la UNAM, en 2018. Pero lo que pasó en esa década y cacho, es una conjunción irrepetible de cualidades que le permitieron darse vuelo y poner en práctica lo que su imaginación le proponía. Sin límites. El contexto básicamente fue tener a la mano a un nutrido grupo de jóvenes virtuosos que llegaban o regresaban a México y podían tocar absolutamente todo: se establecía el Cuarteto Latinoamericano, nacía la semilla de Tambuco, solistas como la fagotista Wendy Holdaway llegaban a México, y otros mexicanos regresaban de hacer estudios en el extranjero, como el flautista de pico Horacio Franco, la flautista Maria Elena Arizpe, el oboísta Roberto Kolb y el mismo Ramos.

Y para ellos fue escribiendo: Marsias (1982) para oboe y copas de cristal, el Nocturno (1982) para flauta en sol, Cuicani (1985) para flauta y clarinete, la Ofrenda (1986) para flauta de pico, el Responsorio in memorian Rodolfo Halffter (1988) para fagot y dos percusionistas, El pífano (1989) para piccolo, o Las músicas dormidas (1990), para clarinete, fagot y piano.

Es cierto que Lavista no inventó las llamadas técnicas extendidas para los alientos (ni descubrió los armónicos, para el caso del segundo cuarteto), pero fueron un medio en el que transitó con naturalidad y originalidad, plasmando con plena elegancia de lenguaje, lo que necesitaba decir.

“Mi otra gran pasión es ayudar al desarrollo de las nuevas técnicas instrumentales, explorar esas voces nuevas que estoy seguro están dentro de los instrumentos. Esa curiosidad es la que me ha guiado para trabajar con la flauta, el oboe, el clarinete o el fagot. Trabajar en estrecha colaboración con los instrumentistas para ver qué otro tipo de color nos pueden ofrecer. Pensar que han estado clasificados como monofónicos en los tratados originales, pero a través de multifónicos o microtonos, instrumentos que nacieron temperadamente sean capaces de permitirnos salir y trabajar otros sistemas, es impresionante. Esos sonidos, junto a los convencionales, crean un nuevo instrumento.”

Esto como me lo dijo suena en palabras a experimentación. Cuando uno escucha esas obras, sabe que no hay nada de eso en ellas, sino un talento maravilloso utilizando nuevas herramientas para plasmar un entonces inimaginado mundo sonoro, poético, transparente, delicado, de fino hilado; presentado tras mucho reposo y valoración. Es decir, esta música marcó lo que las técnicas extendidas pueden hacer ya no en la experimentación, sino como expresión adoptada en su lenguaje.

Para ponerlo en otro ejemplo, está Plegarias, escrita en 2009 para fagot y electrónica con auspicio y ayuda técnica del CMMAS. Rodrigo Sigal, director del centro, me contaba en alguna entrevista que lo habían hecho “tratando de demostrar que la composición con tecnología y la composición instrumental son exactamente lo mismo, no tienen ninguna diferencia desde el punto de vista del concepto, del mundo sonoro, de la capacidades que tiene un compositor para expresarse, siempre y cuando resuelva la herramienta”.

Lavista tuvo las mejores herramientas, esos intérpretes, pero tenía en su imaginación maravillosa, dominados el concepto, el discurso y su elegante poética; el mundo sonoro que quería compartirnos.

Mi encuentro con él

Mi primer contacto personal con él lo tuve en 2008. Nada sabía de mí, un estudiante de clarinete con aspiraciones de crítico. Y aun así y desde entonces fue siempre el más gentil y generoso. Era un correo ingenuo, y le contaba yo de mis planes de lanzar una revista musical de actualidad, L’Orfeo; le explicaba su estructura y mi visión, y le pedí reproducir en el número inaugural, para una sección Ad libitum, un fragmento de “El lenguaje del músico”, su histórico y perenne discurso de entrada a El Colegio Nacional, que había conocido yo por otro fragmento que alcancé a leer en La Jornada diez años antes; que me había marcado y que representaba mucho de mis propias visión, estética y sensibilidad.

“Son el asombro y no pocas veces la perplejidad, los sentimientos, si como tal puedan definirse, que determinan nuestra actitud ante las maneras tan diferentes de hacer y concebir la música de nuestro tiempo”, comenzaba.

Y hacia el final, trataba “el nuevo virtuosismo”: “aquel que contempla toda una serie de estudios y búsquedas de recursos y posibilidades de orden técnico y expresivo ausentes de la tradición clásica instrumental. No se trata, de ninguna manera, de cambiar la naturaleza de los instrumentos o de destruirlos; simplemente hay que escucharlos con atención para descubrir en ellos una sorprendente diversidad de voces e inusitados mundos sonoros”.

No creí que fuera a contestarme y en cambio recibí casi de inmediato una respuesta llena de palabras de aliento, que siguen impulsándome: él dirigía Pauta, que es una revista académica pero que compartía un mismo y simple empuje, sólo querer que se hablara de música, y músicos. Y al parecer eso le animaba. Fue un entusiasta honesto con la revista y siempre se alegraba de los nuevos espacios que se crearan. Le interesaban la crítica, el debate, la divulgación. Escuchar. Que se hablara de música donde se pudiera y cuanto se pudiera. Para escuchar.

Él mismo, además de dirigir Pauta, había colaborado con otras publicaciones, en los últimos años esporádica pero representativamente Letras Libres, y aunque L’Orfeo no estaba ligada directamente a él, compartíamos esa cosquillita que ha permeado otros espacios: y es que la influencia que ejerce como manto sobre casi toda la música que se escribe hoy en México, ya entre los alumnos de sus alumnos, también pasa en espacios de difusión como la serie radiofónica “Hacia una nueva música” de su alumna Ana Lara, la mía propia “En fa”, la plataforma Quodlibet del muy joven compositor Ricardo Martínez, la revista Ideas sónicas del CMMAS, o la que recién lanzaron y codirigen Ana Lara y Luis Jaime Cortez, Sonus litterarum. México no ha sido prolífico en publicaciones especializadas en las últimas décadas, pero en todas está el espíritu libre de quien habla o escribe, que reposa sobre el amor y la exigencia común de compartir la música. Y que es influencia suya.

A aquel fragmento siguieron muchas muestras de caballerosidad afable y prudente y generosa, nunca un no: partituras suyas que me permitió reproducir, otros artículos suyos de diversos temas, o una larga entrevista donde hablamos lo mismo de su música que de su visión sobre (hablar de) la vida personal de los artistas o de las diferencias ideológicas con otros creadores, que me negaba con esa delicadeza tan suya: nunca había entrado en polémicas, y no lo iba a hacer por unos clicks para mí. Ahora de pronto sólo recuerdo aquella de suficiente validez que le hizo irse con firmeza de la Sociedad de Autores y Compositores de México. No creía él en la “democratización” de la SACM y regresó al tema varias veces, incluso después de haberse afiliado mejor a la Sociedad General de Autores de España: “Sigo pensando que la SACM es una de nuestras mayores vergüenzas nacionales (y en el presente ya hay muchas). Con esta sociedad pasa lo que con varios sindicatos: los agremiados son, en general, bastante pránganas, mientras que sus líderes son, siempre, bastante ricos”.

En L’Orfeo sí le acompañamos en una falsa controversia, cuando hubo una cena que reunió a artistas e intelectuales con el presidente electo Enrique Peña Nieto, en noviembre de 2012.
Había hermetismo sobre lo hablado ahí y los pasillos se llenaban de rumores de todo tipo, casi todos de maledicentes. Así que, con la audacia de siempre, que es ingenuidad, le pregunté directamente si lo ameritaba; sin más, fuimos el único lugar que reprodujera, en primera persona, las palabras íntegras de alguno de los asistentes. Se había pronunciado, nuevamente con noble firmeza, por el apoyo incondicional del Estado a las artes, pero, sobre todo, por la educación.

“Dentro de los programas del FONCA hay uno, y todos lo aplaudimos, que contempla un apoyo a la educación artística en un nivel profesional. Aquí habría que hacer énfasis en la necesidad de tener una educación artística no profesional en todos los grados escolares: desde el jardín de niños” (…) “En nuestro país es una necesidad inaplazable”.

Más tarde, para conocer su opinión, le envié un borrador de mi investigación sobre la historia del clarinete en México. Sin ser clarinetista, es él un personaje obligado en ella. No me respondió y supuse que ni mis opiniones sobre su obra ahí vertidas y menos mi redacción habían sido bien recibidas. Meses después, llegó uno de los momentos que más orgullo me han dado en mi propia trayectoria: “Iván, te llamarán del INBA para que lleves tu recibo, dime a mí a dónde te mando ejemplares del número 125 de Pauta, perdón por no avisarte antes, pero me permití incluir tu Historia del clarinete en México”.

No fui su alumno, ni fuimos cercanos, y mi último contacto con él fue a través de las opiniones que escribí sobre su Réquiem en 2018, su último estreno al que asistí. Supe que las recibió amistosamente. Mis encuentros con él fueron muy pocos, y la mayoría de las veces más bien epistolares, pero siempre hubo un gesto, quizá para él mínimo e intrascendente, de amabilidad elegante y precisa, que, en mi ser provinciano, siempre agradeceré y recordaré como lo que fueron: impulsos legitimadores de lo que el aspirante a crítico puede llegar a ser.

Y sí, es ésta una excepción de admiración y agradecimiento públicos de un crítico hacia el sujeto de su estudio. Se vale y lo merece. Y trató de ser honesto, como es su obra.

Iván Martínez

Texto publicado originalmente en Confabulario de El Universal (noviembre 6, 2021).
Lo reproducimos con autorización del autor.


Jorge


Solencio

Silencio en Sol menor, es decir: nublado en luto sin palabras, debería llamarse Solencio. Mario Lavista llegó a este mundo en 1943 como una luminosa nota quizá en Fa que se posó en uno de los renglones más finos del pentagrama y ayer ha provocado con su partida un lluvioso Solencio… que se callen los mirlos y las plantas, las páginas de tantos libros y un acre color pastel que se resbala por un muro; que se callen los lienzos y el arco de cada uno de los violines, la curva sensual de un cello, la dentadura perfecta del piano, los ojos de metales y el vuelo de un oboe ovoide… que se calle el mundo, que Mario merece Solencio para la última sonrisa, la que brotaba desde sus cejas bajo el oleaje perfecto de su pelo, la que enmarcaba palabras de sabio y la música callada del afecto.

Se ha ido levitando sin levita un caballero con batuta como lanza en ristre, adarga antigua sobre el campo infinito de una partitura que cobijó su última morada en pleno corazón del Palacio de Bellas Artes y la ovación parecía ola de agua salada. Se va entre nubes la delicada tonada de sus conversaciones con las que contagiaba armonías y novelas, así como paisajes y pensamiento. Lavista Sol en Sí mismo, a dos voces constantes que se entreveraban con esa ligera sonrisa que parecía guiñarle un ojo, ya intrigado por la escatología pícara y perversa de Mozart o un particular murmullo que se cuela en un rincón de Berlioz… se va volando Mario con la batuta maravillosa con la que escribió la música de México y de todos los tiempos posibles: esa rara mescolanza más que mestizaje de la tierra de la Historia con mayúsculas y el electrocardiograma de obras literarias que se volvieron música visible, acordes palpables porque intuyo que Mario Lavista leía con el oído, hablaba con el alma y caminó por este mundo como quien va pautando el ruido de la realidad en una música íntima.

Las necrológicas y las enciclopedias subrayarán sus méritos y la medalla Mozart, su real majestad en El Colegio Nacional y en las aulas, sus composiciones diversas, minuciosas e inteligentes… se hablará para siempre del eco que deja su magisterio y su noble afán al frente de la revista Pauta, ese atril que nos hacía cumplir con el adagio de Jomí García Ascot: “algo quizá mejor que la música misma es hablar de música” y añado pensar la música y musicalizar el pensamiento como una música en sí misma, la que hace comunión del conocimiento, arpegio en ideas y percusión constante de imaginación creativa. Se hablará de su relación con John Cage y el linaje del Mtro. Chávez y la sombra de tantos grandes compositores de siglos pasados… y volverá el Solencio con el que lloro en este momento, ya tantas almas y afectos que este mismo instante se callan para que Mario Lavista asuma el atril de su eternidad, mientras allá afuera en una rama anónima parece que canta una golondrina.

Jorge F. Hernández

Texto publicado originalmente en El Pais (noviembre 5, 2021). Lo reproducimos con autorización del autor


SalvaTorre 



Querido Mario, tendría mucho que conversar contigo, y de tí con todas y todos, tanto que sobrepasaría este espacio y, no tiene ningún sentido decir palabras, pues como siempre decías : “La música es sonidos y tiempo, y encierra una verdad que no puede ser dicha, sino que solamente puede ser escuchada”. Estoy seguro que la música la sigues y seguirás escuchando, prefiero enviarte por aquí, sonidos y tiempo, y con ellos te dejo mi verdad. Primeramente recibe estas pequeñas líneas, hasta tu alma, tu inteligencia, tu corazón :

“Seguimiento.. 
Aprendizaje..
del Conocimiento..  
Profundo
de la Sabiduría..
del Enseñar.. 
y del Aprehender.. ” 

En seguida, tú que estás más allá del tiempo, te envío sonidos, del otro lado del tiempo : 

Tombeau para Mario : 

                 Salvador Torré 


Ana Gabriela


…polvo serán más polvo enamorado.

Francisco de Quevedo

Nada, absolutamente nada, te prepara en la vida para la muerte de un ser amado. Lo único que logra mantenerte con algo de fuerza es el amor infinito.

Es profundamente doloroso ver morir a personas amadas y no poder hacer absolutamente nada.

Te me fuiste hace una semana y me dejas muerta en vida aquí. Tratando de asimilar este dolor, ni sé qué es arriba y abajo, pero te prometo que volveré a encontrar mi camino.

Mi amor profundo y eterno para ti, por siempre y para siempre, más allá del tiempo y del espacio, del bien y del mal, de la vida y la muerte. Hijo, padre y abuelo amoroso. Ser generoso. Guerrero ejemplar. Mi amado maravilloso.

Vuela alto amor mío. Tu alma permanece.

Eres LUZ. Eres mi ángel de amor.

Ana Gabriela Fernández


Eva


Mario Lavista: una presencia constante

Nos conocimos cuando éramos muy jóvenes. Él estudiaba en el Taller de Composición de Carlos Chávez y yo cursaba la carrera de piano en el conservatorio. Eran instituciones que compartían espacio siendo totalmente independientes. Desde el principio nos volvimos convivientes en la música. Nuestra amistad se fue construyendo, no alrededor de la música sino dentro de la música. Mario me compartía sus hallazgos en el análisis y la composición, yo mis progresos en la interpretación. A pesar de que en el taller estaba prohibida la entrada a toda persona ajena por muy alumna del conservatorio que fuera, Mario me iba a buscar a mi aula para ir a la suya a bucear en la armonía de Mozart y para leer a cuatro manos obras del mismo autor, cimiento de nuestro aprendizaje. El trabajo en el taller era de una disciplina férrea, de sol a sol. Paraban solo para comer en la cafetería del mismo conservatorio y tenían la sana costumbre de comenzar la tarde jugando un partido de fútbol en un terreno baldío que se encontraba cruzando la calle Presidente Masaryk.

Mario Lavista vivía con la música y para la música fuertemente enlazada a la literatura y a la poesía. Su mundo era el de los sonidos a través de los cuales entendía el mundo y se interpretaba a sí mismo. Recuerdo que el día que llegó al taller el sintetizador de música electrónica estaba tan feliz como niño con juguete nuevo. Entre los dos le pusimos nombre a su primera obra electrónica ALME, palabra que es un acróstico con nuestros nombres entrelazados, Alcázar Lavista Mario Eva.

Mario y yo aprendimos a escuchar música en casa de su tío Raúl Lavista, magnífico compositor de música para cine, sentados en el suelo de aquel templo a la música que era el estudio de Raúl. Seguíamos las obras con la partitura y escuchábamos varias versiones de la misma comentando los matices interpretativos de cada una. Una de las experiencias musicales que más nos marcaron fueron las múltiples escuchas que hicimos del Wozzeck de Alban Berg. Era una maravilla solo escuchar en abstracto, sin imágenes dadas que coartan la imaginación. Y cuando nos dio el “sarampión”, según Nietzsche, o sea el amor apasionado por Wagner, que en nuestro caso se volvió crónico, pasábamos veladas enteras en casa de nuestro entrañable amigo, Antonio de la Borbolla, presidente de Fomento Musical de Sala Chopin en aquel entonces. Asistíamos a esas veladas wagnerianas: Jorge Federico Osorio, que era como nuestro hermano pequeño, Raúl Lavista, Mario y yo. En los descansos leíamos el libreto y bebíamos y comíamos las delicias que su mujer nos preparaba. Antonio de la Borbolla había construido en su casa una sala especial para escuchar Wagner con el mejor equipo de sonido imaginable.

La amistad y cariño profundo que nos tuvimos Mario y yo fue inquebrantable al tiempo, a la distancia y a las vicisitudes de la vida. Yo me fui a vivir a Madrid y, aunque dejáramos temporadas enteras de vernos o de escribirnos, cuando nos volvíamos a encontrar, era como si nos hubiésemos visto todos los días de la vida. Cada vez que Mario pasaba por Madrid nos veíamos… y tuve la dicha de ser yo la que estrenara en España su maravillosa obra para piano Simurg.


Me hace muy feliz haber compartido con él, con su familia y nuestros amigos de España, la entrega del Premio Tomás Luis de Victoria que le fue otorgado en el año 2013. Fue el primer mexicano en recibirlo. Hay que añadir que: “este premio es el más alto reconocimiento público a un compositor vivo por haber contribuido sustancialmente al enriquecimiento del acervo musical de los pueblos iberoamericanos a través de su obra creativa”El premio Tomás Luis de Victoria es el equivalente al Cervantes de las letras y, casualmente dos días antes, el Premio Cervantes le había sido concedido a Elena Poniatowska. 

  
En estos últimos años que volví a México, nos volvimos de nuevo inseparables. Su partida física me deja un profundo desconsuelo. Sin embargo, me quedan los maravillosos recuerdos, la posibilidad de seguir echando a volar a confines recónditos del universo llevada por su música y disfrutar del cariño inmenso que le tengo a su madre María Luisa La Chata, a su hija Claudia y a su nieta Elisa.

Eva Alcázar

Mario Lavista: Simurg | Eva Alcázar, piano

Marielena


No me atrevo a elevar la voz en este silencio porque temo turbar a mi Lavista querido……..

Pero aquí estoy pendiente, desde la quietud del silencio, contigo en el corazón.

Me gustaría regalarte infinitas horas extra para respirar… todas las sustancias curativas más preciosas de los bosques y las montañas, del mar, de las selvas y de los desiertos, todo aquello que pudiera curarte y hacerte sentir mejor….

Me gustaría regalarte mi salud, para que recuperes la tuya…

¿En donde esta tu alma cristalina?

Sé que el espacio en donde te mueves no es de este mundo. Te he visto danzar con naturalidad en un espacio secreto, atemporal, no conceptual……Un espacio cuyo lenguaje es la música….

Esa música cristalina que emerge directamente desde el corazón y es el resultado de infinitos procesos sutiles imposibles de definir con palabras…..

Esa música etérea que se mueve tan sutilmente por nuestra conciencia y nos transporta, aunque sea por unos instantes a tu mundo mágico.

Gracias infinitas…

hasta el infinito y mas allá 


Canto del Alba

Recuerdo el proceso de creación de Canto del Alba, como si fuera ayer….recuerdo el nacimiento de cada nota, cada gesto y cada pausa. Nunca usé la partitura,  aprendí a “cantarla” de memoria durante  el proceso creativo.

Definitivamente es la obra con la cual me he involucrado más profundamente   y pienso que fue el resultado de  una estrecha, vital e intensa colaboración  entre compositor e intérprete ….. El punto clave  fue el coincidir  y descubrir  el mutuo interés por descubrir el universo sonoro de la flauta.

A mi me encantaba trabajar con los compositores,  y pasaba largas horas investigando y explorando la amplia gama de posibilidades sonoras y expresivas de las distintas flautas.  Mario estaba muy inspirado con todas estas nuevas sonoridades de acordes, armónicos, sonidos silvados, etc., y   así  empezó   una  retroalimentación  de ideas.    

Uno de los grandes méritos de  Lavista, fue lograr usar todos estos recursos  y efectos técnicos especiales con gran creatividad, al servicio de la música. No los notas por si solas, sino como parte integral de un todo, de un mundo sonoro mágico en el que Lavista se mueve con completa naturalidad.  Por lo general en esa época era fácil engolosinarse con estas nuevas y sugerentes sonoridades y las obras a menudo parecían catálogos de efectos.

En el tríptico nada es gratuito,  no hay nada fuera de lugar, cada sonido está justificado  y sutilmente entretejido de una forma muy expresiva. Tampoco hay nada antiflautístico. Cada sonido, cada frase,  cada gesto y cada pausa  obedece a la naturaleza íntima de la flauta.

En el caso de Canto del Alba, tanto el título como el epígrafe surgieron cuando la obra estaba casi terminada.

Le dieron la última pincelada de color para sugerir una atmósfera, un estado de animo…

El título  alude a la forma musical ALBA empleada por los trovadores en la Edad Media para  anunciar a los amantes el comienzo de un nuevo día.  El epígrafe sugiere un ambiente sonoro y obedece como dice Lavista: “a simpatías y afinidades secretas”.

Toqué Canto del Alba tantas veces y en tantos lugares, que quedó impregnada en mi ser. Aún puedo saborear la sensación de su atmósfera envolvente, casi inmóvil….”come una luce griglia che precede l’alba”….presente, silenciosa, contenta….. Es como un canto luminoso que surge sutilmente desde la oscuridad silenciosa.   Es una obra muy íntima que genera una sensación de unidad entre compositor, intérprete, música y oyente. Algunos decían que en lo mas íntimo  sonaba secretamente a México, otros al alma, otros a un canto alentador que nace desde lo mas  profundo.

Una vez en Nueva York después de un concierto, un científico cuyo nombre no recuerdo me pidió si podía conectarme a una maquina para investigar  qué pasaba en mi cerebro mientras tocaba Canto del Alba. Me dijo que parecía luminosamente inmóvil, pero muy vivo. Que estaba en Alpha.

 Fue una obra que nació al alba; la noche/alba es el mejor momento creativo de Lavista. 


Lamento

El Lamento para flauta baja fue escrito en 1981 a raíz de la muerte del compositor Raúl Lavista.  

En diversas culturas, la flauta ha sido considerada como el enlace entre lo divino y lo humano.   Según una antigua creencia japonesa el sonido de la flauta  es el único capaz de ser percibido por los muertos. Inspirado en esta leyenda,   Mario elige la flauta baja como medio de expresión para componer un Lamento a la memoria de su tío.  

El titulo alude a la forma musical  lamento empleada por primera vez por F. Andrieu en el siglo XIV en su maravilloso Lamento a la muerte de Machault.

En este caso, el título surgió antes que la obra y  enmarca  su canto profundo y grave; a su vez, el epígrafe  de Li Po esperaba silencioso a ser descubierto mientras  nacían las primeras notas enlutadas y dulces:

“No me atrevo a elevar la voz en este silencio porque temo turbar a los moradores del cielo”…

Tanto el  título como  la lectura del poema  dirigen externa, interna y secretamente el sentido y la atmósfera de la obra.  

El escenario de nuevo fue la noche silenciosa,  llena de presencias.

Recuerdo  largas noches en vela, transformando lo profundo e intangible en  sonidos y silencios aurales. Pienso que es una de las obras que han fluido más natural y  espontáneamente de ese universo interno Lavistiano.  

Para mi, el Lamento es una plegaria íntima  de preguntas sin respuesta,  una secuencia de espejos y reflejos que se disuelve suavemente en un coral de sonidos cristalinos suspendidos en un espacio intemporal.

No intenta dar respuestas a grandes misterios de la vida, pero se alimenta mágicamente de su fuerza.          

El lamento de Lavista nos hace percibir  en un instante, la maravilla de expresar lo inexplicable  a través de la música. 

Desde la quietud y el silencio cristalino emergen las primeras notas enlutadas y dulces, formando una secuencia de reflejos sonoros que se despliegan sutilmente como un arcoíris.

El lamento es un canto íntimo que nace desde el punto más profundo del corazón y no puede ser definido con palabras.  

Lo que emerge de ese silencio cristalino, es belleza pura, Es un canto en el que uno no se atreve a elevar la voz, porque teme turbar a los moradores del cielo.

Marielena Arizpe


Hilda


Adiós Mario,

¡Que difícil está siendo acostumbrarse a tu ausencia!

Tu rotunda presencia siempre ha sido un pilar para nosotros, los músicos mexicanos y no alcanzo a imaginar qué vamos a hacer todos sin ti.

Nos has heredado tu música que siempre nos va a acercar a ti, tal es el poder de la música.  Así me reconforto para saberte presente ahora que tu espíritu viaja etéreo y volátil. 

Extracto de Calixto M. Lavista

Hoy pienso en ti y en todas las décadas que han pasado desde que te conocí cuando yo tendría unos 16 años.

Por entonces yo estudiaba en la Escuela Nacional de Música (como se llamaba entonces cuando estaba ubicada en Mascarones). Allí estudiaba flauta y piano y quería aprender a tocar todos los instrumentos. No tenía idea de adónde me llevarían estos estudios y nunca me imaginé descubrir el universo que se abrió ante mí cuando te conocí en un concierto en la Sala Benjamín Franklin y me invitaste a tu clase de música contemporánea. Dimos algunos conciertos y la primera obra que toqué contigo fue tu obra Pieza para dos pianistas y un piano (1975). Con esta obra mis manos descubrieron las posibles sonoridades que se pueden obtener tocando las cuerdas dentro del piano.

Siguieron a éste otros conciertos, varios en la misma cede donde además tuve la suerte de conocer a John Cage. Mis oídos, ávidos de música, empezaron a descubrir un universo sonoro de inagotable imaginación que habría de cambiar el curso de mi vida.

Creo recordar que fue después de uno de éstos conciertos que me invitaste a tu clase de composición. Así fue como mi vida dió un giro radical  del cuál ya nunca pude volver.

Desde hace años, aunque gran parte de mi vida ha sido fuera de México, tú siempre has sido un referente en mi país. Siempre buscando diversas maneras de promover la nueva música: la revista Pauta, los conciertos en el Colegio Nacional, sólo por mencionar un par de proyectos imprescindibles de los que todos hemos disfrutado y retroalimentado nuestro quehacer musical.

Tú fuiste mi primer maestro de composición, que siempre respetó las diversas personalidades musicales que cada uno de nosotros en tu clase empezábamos a definir. Nunca se me ha olvidado que siempre preguntabas si podías anotar con lápiz alguna sugerencia en nuestras imberbes partituras que llevábamos a cada clase. Así de grande ha sido tu respecto por la música.

En tus clases aprendí a definir mis ideas y la importancia de la economía de medios que desde entonces ha estado tan arraigada en mi pensamiento musical y en mis propias partituras. 

Extracto de Tres piezas para clavecín de dos teclados  H. Paredes

El público ha crecido desde entonces. En esos días, en los setentas, éramos sólo unos cuantos asistiendo a los conciertos de la Biblioteca Benjamín Franklin. En años recientes he sido testigo de cómo se ha desbordado el auditorio del Colegio Nacional en los conciertos que hiciste posible. Siempre llenos, sobretodo de gente tan joven, como lo fui yo cuando empecé y quizá tan ávidos de dejar que los oídos descubran nuevos horizontes como me sucedió a mi y como sigo siendo hasta hoy. Por esto y por todo lo que aprendí de ti Mario, te doy las gracias desde lo mas hondo de mi ser.

Nos heredas una gran responsabilidad de dar continuidad a tanto y no sé sí vamos a poder calzarnos tus zapatos.

                                                                       Hilda Paredes

Londres, noviembre 2021


Carlos Alejandro


De la Duda al Dolor y a la Revelación

Cuando se acercaba a los cuarenta años, Mario Lavista pensó en abandonar la música. Ante un sentimiento de orfandad artística por la muerte de su tío Raúl, quien había sido su guía musical desde temprana edad, y debido a la muy humana crisis que nos llega a todos a mitad de la vida, Mario Lavista pensó en cambiar de ocupación. Se tomó meses para reflexionar. Para entonces, él ya era parte de la historia de la música mexicana del siglo XX (Malmström, 1977). Contaba con sus propios procesos creativos dentro y fuera de la improvisación musical. Había cumplido una década desde su regreso a México de Europa, luego de haber estudiado y estado en contacto con figuras prominentes como Iannis Xenakis, Karlheinz Stockhausen y György Ligeti. Había pasado tiempo en paraísos artísticos como Colonia y Darmstadt. Su grupo colectivo Quanta había sido reconocido, desde muy temprano, en los círculos más importantes del avant-garde mexicano. Lavista ya contaba con un acervo de obras propias: páginas que habían ganado un lugar en el repertorio experimental mexicano, tales como “Diacronía” para Cuarteto de Cuerdas y su “Pieza para un(a) pianista y un piano”. Él se había identificado como antiburgués y estaba dispuesto a distanciarse incluso de los grupos más experimentales de la década de 1970 (Alonso-Minutti, 2014). Pero Mario Lavista, el tremendo compositor que Latinoamérica nos ha dejado, también fue un joven sumamente ambicioso. Él esperaba más que todo eso. Observaba el esplendor del boom latinoamericano que ocurría en la Literatura, y cómo en las artes plásticas, la Generación de la Ruptura cosechaba triunfos que se materializaban. Nada de eso ocurría en el mundo de la Música Contemporánea. ¿Estaba dispuesto a seguir los caminos más escabrosos, incluso más que los de Julián Carrillo, arriesgándose a tomar por descuido el sendero que va a dar al precipicio? Un día me lo platicó durante una conversación en El Palacio de Bellas Artes, junto a las frías columnas del recinto y cuando él se acercaba a los setenta años: “Carlos, no abandoné la música únicamente porque no sabía hacer otra cosa”.

Mario Lavista no alteró su vida radicalmente, pero cuando me tuvo en frente, me abrió una puerta para que yo lo hiciera. Seis años atrás, yo lo había buscado por primera vez. Encontré su correo electrónico en internet. Deseaba dejar la economía por la música, a los 33 años, siendo aún, una especie sui géneris de principiante musical, con el bagaje de un doctorado en economía por la Universidad de Harvard y con el compromiso de un matrimonio. Fui claro con Mario Lavista. “Quiero seguir el sueño que abandoné a los dieciséis: componer música”. Le pedí fervorosamente un consejo. “Me siento absolutamente perdido”, le dije con honestidad. Él tenía 64 años, hacía quince que había recibido el Premio Nacional de Artes y la Medalla Mozart, llevaba una década como miembro de El Colegio Nacional, había sido miembro del Seminario de Cultura Mexicana y de su obra: se hablaba e interpretaba internacionalmente. Sus partituras habían dado la vuelta al mundo. El Cuarteto Latinoamericano lo había grabado. Varios tempos habían transcurrido desde el momento en que, al acercarse a los cuarenta años, percibió una especie de fracaso personal: había transcurrido un cuarto de siglo, para ser precisos: el cual había transformado su pluma en material sonoro que teje páginas como el hilo fino de pentagramas sorprendentes, y que serían la prueba final de que, para él: abandonar las líneas con manchas negras: hubiera sido como encenderle fuego a la página sagrada.

La primera muestra de generosidad de Mario Lavista hacia mi persona fue su respuesta a mi correo electrónico. Parte de un altruismo que todos los que llegaron a tener contacto con él, conocieron. Ya fuera la benevolencia del hombre consciente de su éxito, porque finalmente logró lo que quiso en la vida; o fuera la honrosa respuesta obligada de la figura pública, segura de sí misma; o lo más probable: el pulso de humildad en su corazón, el caso es que me respondió a los quince días con su número telefónico para que platicáramos el asunto: “Hay que apresurar tu aprendizaje, y eso lo vas a lograr solo con maestros privados. Concéntrate en desarrollar tu musicalidad”. No mencionó nada sobre la necesidad de tocar el piano, ni de estudiar teoría, ni historia de la música, ni algo que no fuera lo que yo estaba entendiendo en ese momento: entrenar el oído musical a través del simple solfeo tonal y post-tonal. Sus palabras se aglutinaron como cluster de oro que, pianísimo y en segundo plano, susurró una esperanza para mí. Palabras que creí fielmente porque en ese momento, mi tiempo estaba atrapado en el inframundo del trabajo cotidiano, del que no podía escapar a precio humano. 

En ese primer contacto, tal vez no alentó, pero tampoco desanimó mi plan. La experiencia lo había vuelto el gran hombre sabio que fue. Dejó que las cosas siguieran su curso en mi vida, tomando su tiempo. “Nunca hay que componer nada, y menos una Elegía, o un Lamento por un ser querido, sin dejar pasar el tiempo suficiente. Nunca se debe actuar de inmediato”, habría de decirme en el Palacio de Bellas Artes otra noche. Se trataba de aprendizaje que él había adquirido, y que hacía evidente en su obra y en su propia búsqueda: resultado del “Lamento” que compuso para su tío Raúl en 1981. Se trata de una característica de su obra evidente, por ejemplo, si comparamos la ansiedad juvenil del Avant-Garde europeo, presente en su “Diacronía” de 1969, con el “Lamento”. En la obra dedicada a su tío, más bien aparece una larga espera: hasta el momento culminante, cercano a la sección dorada de la partitura, (ya explotada con precisión casi matemática por Bartók en su Música para Cuerdas). 

En el “Lamento”, el momento climático, más allá de multifónicos y cualquier otra técnica extendida, está en la referencia mental a través de la cual combina sagazmente: una ideación de arabescos como en Syrinx de Debussy, la transformación de motivos de Density 21.5 de Varése, y la indeterminación de la Sequenza I de Berio. Todo eso está enterrado en su partitura. Y esa no sería su única contribución maestra a la obra, sino: la espera. Su manejo de la forma… y la espera… para entablar una conversación con su tío. (En la que la elección de la flauta contribuye significativamente para dicha conexión, según también se lo expresó a la misma Alonso Minutti, 2015). Luego experimentaría un contacto sonoro similar, con el más allá, ubicado en el mito del pasado: en “Marsias” y, más tarde, a través del presente perpetuo, en “Reflejos de la Noche”. A mi parecer, esas son las primeras tres obras que le abrirían un espacio en la Historia Mundial de la Música de la Segunda Mitad del siglo XX.

Al año y medio de su primera respuesta a mi correo, Mario Lavista actuó: Me alentó para que me inscribiera en una escuela profesional. Y si no podía hacerlo por mis compromisos, insistió en que buscara maestros privados, no las escuelas sin reconocimiento que estaba yo frecuentando. Y busqué por todos lados, pero nadie tomó en serio mis esfuerzos. Así es que el mismo Mario Lavista fue quien me ayudó a conseguir un profesor: su exalumno y compositor Armando Luna, quien, seguramente por respeto a Mario Lavista, jamás quiso cobrarme. Me admitió primero a su clase de Instrumentación. Yo estudiaría contrapunto por mi cuenta, luego veríamos si ingresaba a su Taller de Composición.

Luego de su propia crisis, Mario Lavista decidió seguir el consejo de Carlos Chávez para fundar una revista. Nació Pauta. Él continuaba la búsqueda del destello que finalmente transformaría su música. Existe evidencia empírica que han reunido los investigadores de la creatividad, de que la interacción entre artistas es una de las ocupaciones más productivas, sobre todo cuando están involucradas mentes no muy similares. Y Pauta reunía a escritores, artistas plásticos, críticos, músicos ejecutantes y compositores, alrededor de un solo tema: El sonido encapsulado en el palpitar oscuro de una emoción: la imprenta. El camino verbal: de historias y valores. Una comunidad heterogénea de expertos en la escucha.

Yo había oído el nombre de Mario Lavista como el del compositor mexicano más importante de la escena contemporánea a finales de la década de 1980, en mi paso efímero por la Facultad de Música de la Universidad Regiomontana en Monterrey. Luego, tuve un viaje de verano con un amigo a la Ciudad de México, que resultaría crucial para mi vida y mi búsqueda posterior de Mario Lavista. A los dieciséis años y habiendo llegado en tren a la Ciudad de México, descubrí una emoción que habría de tomar, luego de ese día, una pausa de casi dos décadas. Fue un viaje de conmoción: En el pequeño espacio de unas horas: encontramos a Enrique Diemecke, preciada sangre de la historia orquestal mexicana, y quien había dirigido el estreno de la ópera Aura de Mario Lavista, desayunando en el Sanborns de los Azulejos. El mismo Diemecke también estaría conectado con quien se convertiría mi maestro de composición dos décadas después, pues le comisionaría a Armando Luna su obra Collage, su primer Concierto para Piano, y su Concierto para Chelo, siendo director de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Luego descubrimos la revista Pauta en la librería del Palacio de Bellas Artes, con fotografías y artículos sobre el modernismo musical en México y en el mundo; y la partitura “Hacia el comienzo” de Mario Lavista. Y, finalmente: por primera vez y a esa edad tan temprana, con todos esos elementos reunidos, encontraba un significado personalísimo en dos poemas de Octavio Paz: Piedra de Sol y Nocturno de San Ildefonso, durante una noche de embriaguez y erotismo juvenil en la terraza del Hotel Majestic, observando la explanada del Zócalo iluminada. Piedra encendida por el sol noctámbulo: en el corazón de un joven de dieciséis años que llevaba un año estudiando la carrera de economía y que había abandonado la de música.

Muchos años después, siendo un adulto, al conocer y comenzar a estar en contacto con Mario Lavista, lo primero que hice fue enviarle un artículo para su revista Pauta. Un artículo ligado a mi bagaje como economista: un resumen de las opiniones de los economistas sobre el arte, a lo largo de la historia del pensamiento económico, y que no era más que un resumen de lo que ya habían dicho quienes habían planteado el tema antes que yo. Lo que resultó sumamente novedoso desde cualquier punto de vista, fue que al abordar la opinión negativa de Jeremy Bentham sobre el arte: en la que este filósofo, jurista y economista sagrado, compara el arte con un juego inútil de entretenimiento para niños, y escribe que las artes no requieren de apoyo público, pues el goce del artista al crear es suficiente recompensa para él, Pauta no tuvo compasión.

Tal vez no todos lo sepan, pero en su deseo póstumo, Bentham pidió que su cuerpo fuera disecado y conservado en la misma sala de juntas que adoraba, dentro de la universidad inglesa donde enseñó. Sin embargo, la momificación de su cabeza no fue perfecta y un día se desprendió del cuerpo. El University College de Londres mandó hacer una cabeza de cera para remplazar la original, y la de Bentham se conservó junto a él, en el piso, dentro de la vitrina que aún conserva su cuerpo. La foto de Bentham fue impresa por Pauta como parte de mi artículo, y le retornó su crueldad a este eminente hombre. Pauta publicó su foto con la leyenda: Jeremy Bentham con su propia cabeza a sus pies.

En el “Lamento” de Mario Lavista, el compositor había logrado la comunicación con los muertos que todo mexicano anhela llegar a experimentar ante la falta del ser querido. Una creencia que él había eludido, que había negado y de la que había renegado en su inmersión dentro del Avant-Garde europeo. Pero ahora, a través del “Lamento” para su tío Raúl, había descubierto lo imposible: La comunicación con el más allá de una forma original: a través de técnicas musicales que se alejaban del Nacionalismo. ¿Sería capaz de repetir esa experiencia? ¿Podían otros instrumentos convertirse en la flauta que conecta con su tío Raúl y los muertos? Estaba a un solo paso de la consecuencia: su búsqueda y experimentación con los timbres instrumentales. Pero primero debía crear “Marsias” y “Reflejos de la Noche”.

Para su segundo cuarteto de cuerdas, “Reflejos de la Noche”, volvió, de alguna manera, a la forma general de la “Diacronía”. Retornó a esa ansiedad juvenil frente al tiempo; pero, ahora, más controlada: transformada en una especie de espíritu que transita en un segundo plano, de manera fantasmal. Girando circularmente en la contemporaneidad. Como una Piedra de Sol. O como un calendario en el espacio de lo erótico y lo religioso: para desarrollar también una nueva capacidad: la de lidiar con el dolor. Parte de su camino musical estaba siendo trazado: El timbre. La conversación con los vivos: con los ejecutantes mismos de sus obras, aseguraría su conexión con los muertos. Juan Rulfo sería naturalmente la referencia literaria, como lo fue en Pauta; pero era “Aura” la historia que podía transformarse en un libreto. Y me parece que fue Eduardo Mata quien le ayudó a conseguir los derechos, directamente a través de la intervención de Carlos Fuentes, para convertirla en ópera. Los reconocimientos, para Mario Lavista, comenzaron a amontonársele en las manos.

En retrospectiva, la espera, para Mario Lavista, estaba pagando. Había que echar una mirada hacia atrás, y otra hacia adelante. Formó un “Cuaderno de Viaje” que, revalorado, sería un Libro de los Muertos mexicano. Pero no podría mirar al pasado indígena con los ojos de los Nacionalistas. Y ahora, menos que nunca. Así es que Mario Lavista se inventó un pasado mexicano medieval, o lo que es lo mismo, un renacimiento colonial modernista. La influencia del mundo de los muertos medievales quedaría fijada en su obra. Su “Missa Brevis”, a mi parecer, debe ser una de las obras corales a capella más importantes que ha producido Latinoamérica, junto a cualquier fragmento en la obra de Villa-Lobos, Ginastera, Golijov o Ibarra, o cualquier compositor que el lector pueda mencionar de nuestro pasado iberoamericano.

Como he dicho, Mario Lavista no cambió drásticamente su rumbo ante su propia crisis. Pero cuando me conoció y con toda su sabiduría reconoció la mía, me abrió una puerta para que yo lo hiciera. Un parteaguas había sucedido en mi: al haber estado internado en un hospital psiquiátrico a los treinta y cuatro años, luego de haber tenido que renunciar a mis estudios musicales en escuelas sin reconocimiento oficial por motivos de trabajo. Estando hospitalizado, me prometí que al salir de ahí me raparía completamente, y que luego me dejaría crecer el cabello, sin cortarlo, hasta que, en el trabajo, mi jefe me llamara la atención y me pidiera que me lo cortara. El momento ocurrió dos o tres años después: un lunes a las ocho de la mañana, en el estacionamiento de la Secretaría de Estado en la que trabajaba, sobre Avenida Reforma. Mi jefe y yo esperábamos al chófer que nos llevaría a una reunión en Presidencia. “Ya córtate ese cabello, Carlos”. Yo había tenido que abandonar mis estudios, e incluso la clase de Instrumentación que tomaba con Armando Luna en el Conservatorio Nacional, por el trabajo. Al mes siguiente, renuncié a la oficina. Le marqué a Armando Luna para avisarle que ya había estudiado el contrapunto que me pedía, y que había renunciado a la economía para poder asistir a su Taller de Composición. Armando se puso nervioso en el teléfono. Primero me dijo: ¡No!, e inmediatamente después respondió. “De acuerdo, hagámoslo”. ¿Sintió el peso de su responsabilidad? A veces pienso que sí. Pero que también le ayudó a mirar, más conscientemente, la grandeza de su propia obra. Leyó, a través de mis palabras y las ondas celulares, la alta estima que Mario Lavista tenía sobre sus creaciones. Y en la que yo también creía.

Cuando le escribí a Mario Lavista para avisarle de mi renuncia para componer y tomar clases con Armando, me dijo: “Felicidades por tu decisión”, y de una manera sutil, abrió las puertas para su clase de Análisis de la Música del siglo XX en el Conservatorio Nacional. Y de manera muy clara, me pidió que le estuviera informando sobre mis desarrollos. Había sido la economía la que me había abierto las puertas al Conservatorio, porque, para Mario Lavista era evidente que no era un tonto con quien estaba interactuando, y había sido la economía la que también me había abierto las puertas de las páginas de Pauta. “¿Cómo podría la economía ayudarme a componer música?”

Casi de inmediato, Armando Luna, en su Taller de Composición, me pidió que desarrollara un sistema, un proceso compositivo propio. En una semana lo tuve listo. Yo había leído sobre las escalas sintéticas empleadas por compositores desde la primera mitad del siglo XX. El concepto resonaba para mí, como economista, con el de optimización de los recursos bajo restricciones presupuestales. Así es que desarrollé, a partir de ello, algo que llamé “escalas restringidas” y varias ideas relacionadas con la teoría matemática de conjuntos, pero no con la noción musical de conjuntos de la teoría postonal. Se la expliqué a Armando. “Nunca había visto esto”, me dijo. “Adelante. Ahora compón una Marcha Fúnebre con tu sistema; para piano”.

Entonces la vida se complicó para mí. Yo era el principal sustento económico de lo que tenía como familia en ese momento. Debía elegir entre la música y mi mujer. El resultado fue una historia de inmenso dolor en su momento, la cual quedó plasmada en una Memoria de 500 páginas. Ella tomó la decisión por mí. La crueldad del caso fue que, de cualquier manera, aún necesitaba trabajar, aunque había reducido mis gastos yéndome a vivir a una recámara en el departamento de un viejo músico de ochenta años. El trabajo que conseguí me dejaba mucho tiempo libre, pero me impedía asistir al Conservatorio con Armando, pues los horarios se traslapaban. La historia que continuó durante el siguiente par de años tiene ver más conmigo que con Mario Lavista; pero, en resumen: me puse a escribir literatura en llanto. Lo ocurrido habría de quedar en una novela finalmente publicada mucho tiempo después, en Ponzio (2021). 

Hasta que uno de esos días de desconsuelo absoluto por mi ausencia de contacto con el mundo musical mexicano, conocí a un ejecutante norteamericano que había estudiado tuba en la Eastman School. Tenía un doctorado en su instrumento. Jeffrey había venido con su esposa Mary Elizabeth, flautista y también con doctorado, becada Full-Bright que había realizado una estancia posdoctoral con Alejandro Escuer y que, por supuesto, conocían a Mario Lavista y Armando Luna. Fueron invitados por Lavista para tocar en un concierto en El Colegio Nacional y estuvieron presentes en el estreno del Concierto para Flauta de Armando Luna, interpretado por Evangelina Reyes. Los norteamericanos, Jeff y Mary Elizabeth, estrenaron una pieza que escribí para ellos en el Foro Internacional de Música Nueva Manuel Enríquez. Una Marcha Fúnebre por el fallecimiento a los veintidós años, de un primo mío. Ese día también interpretaron música de Rodrigo Sigal. 

“¿Cómo los conociste?”, me preguntó Mario Lavista cuando se enteró de ello. “A Jeff, en la calle”, le dije. No tuve que aclarar que probablemente habían aceptado tocar mi pieza por mi relación con él y Armando. Pero ese concierto, gracias a esas amistades fantásticas, abrió un sinnúmero de contactos, de intérpretes relacionados con Armando con los que, sin embargo, más adelante me sería imposible encender colaboraciones fructíferas, como si mi llanto hubiera humedecido la pólvora, luego de la muerte de mi Maestro.

Quizás, por eso, cuando Mario Lavista percibió mi desesperanza ante la muerte de Armando, el gran compositor se acongojó. Pidió ayuda, casi al instante en ese momento de nuestra reunión en Bellas Artes, entre los alumnos más jóvenes que lo acompañaban. Pero minutos después cambió de opinión: “Esperemos. No actuemos rápido”. Poco tiempo después me dio la idea para intentar reencontrar el camino, y para reencontrar, él mismo, un pasado al que le tenía un afecto inmenso: Generosamente, brindó su mano para que Federico Ibarra me recibiera y el Maestro Ibarra, quizás también por su amistad con Mario Lavista, jamás me cobró un centavo por sus clases particulares en la colonia Condesa. Fui yo personalmente a agradecérselo años después.

Pero la muerte de Armando Luna me dejó en orfandad musical. Me deshizo por completo. “Se te murió tu Maestro antes de que te sintieras seguro de componer por ti mismo”, me dijo un colega suyo. Literalmente, destruí mi página de Apreciación Musical con quince mil seguidores que tenía, pronto me negué a volver a tocar el piano con Federico Ibarra, las oportunidades que Armando había abierto entre sus propios ejecutantes, las desaproveché o las aniquilé en un laberinto de abuso de alcohol y sexo. Y a quienes herí, ahora les pido una disculpa.

Por aquella época, los alumnos de Mario le organizaron un concierto por sus setenta años. Por otra parte, una de las prominentes ejecutantes de Armando Luna me había presentado con un director de orquesta que había venido a la Ciudad de México a dirigir un concierto con la Sinfónica Nacional. Iríamos a celebrar juntos a El Colegio de México y luego nos dirigiríamos al homenaje para Lavista en la Sala Carlos Chávez. El alcohol me hizo olvidar la hora y arribamos tarde. El lugar estaba totalmente atiborrado y no cabía nadie. El policía no nos dejó ingresar. “Créame que literalmente he abandonado a mi mujer por este hombre”, le dije al oficial. No inmutó. “He sufrido demasiado por ello, permítame ingresar solo a mí”, le repetí. “Ya no cabe nadie”, dijo riéndose. Le solté un golpe que creo que lo derribó. El resto de los oficiales municipales acudieron a su atención mientras yo me alejaba para sentarme en el pasto, ante la mirada atónita de mis acompañantes.

No hubo cargos. Pero ese fue el comienzo de un descenso que duró años. Cuando Mario Lavista le organizó un homenaje póstumo a Armando Luna, me escribió al correo con un cartel digital del evento que se realizaría en El Colegio Nacional, con el título Luna-Ponzio. Alcoholizado, como animal herido, como hijo bastardo que acude al funeral de su padre, ante los ojos llenos de odio de sus hijos legítimos, de sus verdaderos hijos, ahí estuve. El único que me trató con amabilidad fue Mario Lavista. Le presenté a la exmujer de Armando y a ella le entregué algunos papeles.

Luego me refugié en el jazz, en la escritura, en la pintura. Fundé mi grupo de arte transdisciplinario Hostal. Realicé un largo viaje de vuelta al inframundo, acompañado por unos cuantos amigos que ya estaban adentro. “No quieres oír lo que dicen de ti”, me dijo un compañero fiel que tocaba de aquí para allá en las orquestas. Hasta que ocurrió lo inevitable cuando se vive en un estado alterado de la consciencia. 

“Ambos codos están rotos”, me dijo el médico mientras revisaba las radiografías. “A veces le soplo al saxo, doctor, ¿voy a poder volver a tocar?” Se quedó en silencio largos segundos y sin voltear a verme, dijo: “Intentaré que queden bien con la operación, pero no es seguro que vaya a recuperar toda la movilidad”. En la antesala a la cirugía, la anestesióloga me preguntó: “¿Bebe?” No podía negarlo. “Desde hace cinco años, una botella de whiskey al día”. Y respondió en voz alta: “¡Santos Cielos!” De la operación me despertaron a cachetadas.

En cama, en soledad, me prometí que, si salía bien de aquella situación, volvería a intentarlo. Buscaría a Mario Lavista en la primera oportunidad. Y milagrosamente, antes de recuperarme, vi que la ocasión se presentaba. Mario Lavista escribió para invitar a uno de los conciertos que organizaba en El Colegio Nacional. Con los brazos vendados y la prohibición expresa del médico para salir de casa, subí al Metrobús acompañado de mi padre, quien había venido desde Monterrey para apoyarme.

Fue la única vez que vi a Mario Lavista expresar decepción absoluta en su rostro. “¿Viniste así?”, dijo mientras giraba su cabeza de un lado a otro. Ahora que han pasado los años, comprendo que su gesto fue simple: “No has aprendido la lección. Hay que esperar. No se debe actuar de inmediato”. Mi padre notó algo importante ese día. “No ves tu propio valor con claridad.” Y ahora lo comprendo, entiendo por qué sucedía eso. Y entiendo por qué empatizaba con Mario Lavista y Armando Luna.

Volvimos mi padre y yo al departamento, y al poco tiempo le escribí al Maestro Lavista. Le dije que batallaba para encontrar ejecutantes. Respondió sutilmente: un correo con una larguísima lista de músicos y sus correos electrónicos, nacionales e internacionales. ¿Me atrevería a escribirles, a enviarles mis partituras? ¿Soportaría el rechazo? ¿Debía actuar de inmediato?

Esta vez, esperé.

A Mario Lavista le sucedió con Octavio Paz, lo que a Octavio Paz le sucedió con Diego Rivera. Ambos tuvieron frente a sí a figuras de talla internacional que no se rozaban fácilmente con sus colegas más jóvenes. Octavio Paz, un experto en la crítica de las artes plásticas. Mario Lavista, un experto en artes literarias. Y por supuesto, hay más similitudes entre estos grandes genios mexicanos. Lavista fue un secreto admirador de la poesía de Paz y del Haiku. Y hay influencias obvias de estas literaturas en la música de Mario, más allá de lo que Lavista pudiera o no admitir en público. 

Octavio Paz también vivió su estación violenta a los cuarenta años y el resultado transformó su poesía: Piedra de sol. Un erotismo que habría de influir en Lavista a través de los ritmos armónicos de algunas de sus obras. La espera tranquila hasta el momento del encuentro orgásmico con la muerte, y después con lo religioso. De Octavio Paz: La llama doble (1993); Vislumbres de la India (1995). Compárese la transición musical de Lavista, de sus “Cinco danzas breves” para quinteto de alientos de 1994, hasta “Natarayah” para guitarra, de 1997. Pasando por el “Tropo para Sor Juana” para orquesta, de 1995. Lo erótico, lo fúnebre y lo religiosos, van mezclándose, cada uno a su propio tiempo. El Haiku tiene su impacto en la forma de la poesía de Paz, desde mucho tiempo atrás. Igual para Lavista. Casi podría decirse que el Haiku nace en Lavista con su propia música, tanto después de 1981, como quizás desde antes.

Un día en el Palacio de Bellas Artes, con todo el éxito que musicalmente había logrado, Mario Lavista me dijo que no se sentía seguro de lo que había estado haciendo durante su vida como compositor. Ahora me da alegría saberlo, porque me hace ver que la incertidumbre no significa nada en la vida creativa, dada la inmensa obra de genio que nos dejó. Mario consideraba que Aura no era una buena ópera, comparada con las creadas por Daniel Catán o Federico Ibarra. Quizás sea cierto que Mario Lavista no haya sido el más grande compositor de óperas nacido en este país, pero me parece que Aura es una de las más grandes entre las emplumadas por compositor mexicano. 

También es cierto que es muy fácil reconocer el genio de la obra maestra en las compuestas para ensambles pequeños por Lavista, como en sus Cuartetos para Cuerda o las Cinco Danzas Breves para quinteto de maderas. Pero también me parece cierto que el mismo Lavista no veía con total claridad su genio personal en absolutamente todas las obras orquestales que dejó. Hay quien les tacha de simplicidad. Un tema más bien de carácter juvenil sobre el que no vale la pena detenerse, pero valga el tiempo del papel digital para hacerlo brevemente. ¿Dónde está la complejidad melódica del motivo de la quinta sinfonía de Beethoven, o de su séptima o novena? Igual aplica a la música disonante del Avant-Garde, de Ligeti a Penderecki. La idea de que la complejidad armónica o su ritmo es sinónimo de genio, es un mito popular sembrado por tablaturas de guitarra o, a un nivel más intelectualizado, por armónicos, multifónicos, o falta de ideas originales.

La originalidad del individuo está en su propia vida. Ahora podemos apreciar la influencia vital de Mario Lavista en su obra sinfónica: Está presente, por ejemplo, en la espera. Y en el triple matrimonio entre erotismo, muerte y divinidad. Su música es un compás de espera hacia un clímax con la muerte, que es, a final de cuentas, el encuentro con Dios. Simbiosis Gregoriana y Medieval.

Una década después de su regreso de Europa, Mario Lavista se encontró huérfano del éxito esperado, y de un pasado sobre el cual pudiera construir su propia música. Pero el dolor y la actitud humana de quietud le llevaron a una música que es solo suya: el transcurso sutil hasta el clímax de su religión erótica, dentro de una luminosidad constante que a veces termina con la calma de los puntos suspensivos…

Estimado Mario: Tu música te invoca. Me gustaría dejar una lección en todo esto. Pero mi vida aún no ha terminado. Te vas con la sapiencia de la duda. Una duda interminable que nos heredamos los unos a los otros. Pero: gracias por haber abierto aquella puerta para arrancar. Espero. Y también anhelo un día poder decirte: qué encontré al final de este camino.

Carlos Alejandro Ponzio de León


Lilia


Mario Lavista fue una personalidad clave en mi desenvolvimiento dentro de mi carrera artística como compositora.

Fue mi  maestro de composición por algún tiempo, aprendí mucho con él; y lo más importante fue que logró con sus palabras de estímulo y aliento, que creyera en mis capacidades y potencial para realizar una carrera en la composición musical.

Gracias a Mario, adquirí confianza en mí misma y después de años de aprendizaje y de búsqueda hacia un lenguaje musical que fuera afín a mis necesidades estéticas, logré encontrar nuevas formas de construcción musical, creando una técnica composicional, a la cual he llamado “Simetría Interválica” . Con esta técnica he podido explorar diversas formas de expresión las que me han permitido conectar con mi voz interior.

Lilia Vazquez Kuntze


Tomás


Mario Lavista, en la vanguardia mexicana

A los setenta y ocho años ha muerto en Ciudad de México -donde había nacido el 3 de abril de 1943- Mario Lavista, uno de los más grandes compositores mexicanos y un eximio representante de una vanguardia que quiso apartarse del nacionalismo y que, en su caso, y tras asimilar todas las nuevas corrientes europeas y norteamericanas, se tradujo en un lenguaje personal y sutil que ofrecía un singular encanto poético.

La vocación temprana para la música se la despertó su tío, Raúl Lavista, que fuera un compositor célebre por sus bandas sonoras cinematográficas, pero su formación compositiva se la debió a Carlos Chávez, el gran clásico de la música mexicana, y a Héctor Quintanar otro pionero de la vanguardia, pero también al compositor español Rodolfo Halffter, exiliado en México tras la guerra civil.

Lavista amplió estudios en Francia y Bélgica con Jean Etienne Marie y Henri Pousseur y luego recaló en el círculo más estricto de Stockhausen, donde tuve ocasión de tratarle -aunque nos habíamos conocido antes- y de mantener con él una amistad que ha continuado hasta su muerte. Junto a compositores que eran algo mayores que él, como el propio Quintanar o el ciclón prematuramente desaparecido que fue Manuel Enríquez, el malogrado compositor y director Eduardo Mata, fallecido en accidente aéreo, o Manuel Elías, constituyó el núcleo duro de la vanguardia musical mexicana de los sesenta y setenta, aunque fue modelando un estilo propio que se interesó primeramente por la improvisación y luego por la investigación en nuevas técnicas instrumentales para luego adentrarse en la experiencia sensorial del sonido. Ya el Homenaje a Beckett (1968), para tres coros, llamó la atención sobre su personalidad, y a partir de Canto del alba (1979) su estilo empieza a no parecerse a nadie, marcando caminos y experiencias tan importantes como personales.

En su obra orquestal destacan piezas como Ficciones (1980), la importante Reflejos en la noche (1986), Clepsidra (1991), Lacrymosa (1992) o Tropo para Sor Juana (1995), pero hay dos obras de otro tipo, muy diferentes entre sí, que circularon internacionalmente. La primera es Aura, una ópera en un acto sobre el célebre relato de Carlos Fuentes, que causó admiración. Años más tarde, el español José María Sánchez Verdú realizaría, sobre el mismo texto y el mismo título, otra que no se le parece en absoluto. Y una enorme difusión internacional adquirió otra obra aparentemente sencilla, Marsias (1982) para oboe y ocho copas de cristal, con la que inaugura una especie de minimalismo poético muy complejo en su aparente sencillez.

Dentro del capítulo de la música de cámara, Mario Lavista produjo obras de interés que circularon mucho. Mencionemos sus cuatro composiciones para cuarteto de cuerda, entre las que destaca el Cuarto cuarteto (Sinfonías) (1996), reputada como una de las grandes obras americanas para esta formación. También obtuvieron gran difusión piezas como las Tres danzas seculares (1994) para violonchelo y piano, o la Danza isorrítmica (1996) para cuatro pecusionistas. Fue además Lavista uno de los pocos compositores americanos de su generación que se interesó por la música religiosa, con títulos entre los que destaca la Missa brevis (1995).

A lo largo de su carrera, Mario Lavista recibió numerosos galardones, entre ellos algunos de los más importantes para un artista en su  país, como el Premio Nacional de Ciencias y Artes (1991). En España, donde su obra se ha tocado en bastantes ocasiones, le fue concedido el Premio Iberoamericano de Música Tomás Luis de Victoria en su XII edición en 2013. Dictó numerosos cursos en México y Estados Unidos y detentó en el Conservatorio Nacional de México las cátedras de análisis y de lenguaje musical del siglo XX. Además dirigió una importante revista de reflexión musical: Pauta, Cuadernos de Crítica Teoría y Crítica Musical, internacionalmente muy considerada.

Creo que nos conocimos en uno de los antiguos festivales de América y España y entablamos una estrecha amistad que se fue desarrollando en el entorno de Stockhausen y luego en los más diversos lugares. Mario era un hombre de una gran simpatía, de una enorme cultura -que no exhibía- y muy preocupado por el sentido humano de la creación. La última vez que nos encontramos creo que fue en el Festival Cervantino de Guanajuato. Ese día él estrenaba un espectáculo de danza en un teatro por la tarde y por la noche se hacía en el Teatro Juárez mi Caballero de la triste figura. Fuimos los dos echando el aliento de un espectáculo al otro. Cuando nos despedimos con un abrazo me dijo: ¡hasta lueguito! Pero esa cita de futuro no se ha producido, y ahora espero que tarde mucho en realizarse. Era de mi misma generación, incluso algunos meses más joven, y, además de un gran amigo, era un gran maestro, uno de los más grandes talentos compositivos que ha dado México y toda la América hispana.

Tomás Marco

Texto publicado originalmente en la revista Scherzo (noviembre 5, 2021). Lo reproducimos con autorización del autor

 


Luis Jaime


Todo cambia con la muerte. Parece una obviedad, pero probablemente no lo sea. No hablo de la muerte propia, claro, que nos es inaccesible. Hablo de lo que cambia con la muerte de los seres queridos, de lo que se muere en nosotros con su ausencia, pero también de lo que empieza a vivir de nuevas maneras. 

Para franquear mi luto privado dediqué el fin de semana a escuchar la música del maestro Lavista (a pesar de mi cercanía con él, siempre le hablé de usted y de maestro: quizás fui el único de sus alumnos que lo “ustedeó”). Me sorprendió escuchar que la música había adquirido de pronto un extraño carácter de cosa definitiva. Me abrumó la voz de lamento de la flauta baja, en esa prodigiosa interpretación de Marielena Arizpe que había escuchado antes tantas veces, y recordé incluso las charlas entre ella y el compositor para encontrar los sonidos que iban hurtándose lentamente a lo imposible. Supe de pronto (la flauta me lo dijo) que ya no estaba escuchando a mi maestro, estaba oyendo a un compositor perteneciente al mundo de Cage y Debussy, de Chávez y Revueltas. La música parecía saberlo y hablaba con nuevas voces desde ese sitio. Me di cuenta que se acomodaba muy a gusto en ese entorno, que encontraba un lugar natural y pleno, consciente de sus nuevas fuerzas y energías. 

En el círculo del paraíso donde habita la música, escuchaba la originalidad de una voz, más allá de las ideas y de las explicaciones. La originalidad no como cosa ideológica, sino como un casi imperceptible soplo sutil, que está o no está, pero cuando está no logramos explicar ni cómo ni por qué. Y ahí empecé a oír, naciendo, una nueva voz de Mario Lavista. Strauss le llamaba transfiguración a eso, me parece. 

Los más grandes compositores no crean un lenguaje o una estética, crean algo más grande que les incluye: una atmósfera, un mundo que está hecho de sonidos, pero también de sus conexiones con las cosas. El mundo de Lavista incluye sus lecturas (Jankelevich y el I Ching, Yourcenar y Catulo), los cuadros que amaba (Uccello y Kanagawa, Manet y van Aken), sus juegos (el dominó, el billar, el poker), su imaginario sonoro (Leoninus y Puccini, Sainte-Colombe y Machaut) sus bromas ágiles, sagaces y (la mayoría de las veces) inocuas, su sonrisa siempre floreciente que iluminaba el mundo repentinamente y se quedaba en el aire por muchos días. 

Ya no será más el maestro Lavista, pues no decimos maestro Mozart o maestro Stravinsky. Me han arrebatado al maestro.

Desde esa nueva distancia, está más cerca que nunca. 

Luis Jaime Cortez


Mario Lavista (3 de abril de 1943 . 4 de noviembre de 2021)
  1. Descanse en paz querido Mtro.Mario Lavista. Deja un importante, bello y original legado creativo y enormes enseñanzas acerca del lenguaje de la música y el oficio composicional. Mi más sentido pésame a su familia y amigos.

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