El pasado 22 de abril murió el director de orquesta Michael Tilson Thomas. La noticia se conoció la mañana del 23 y para el mediodía las redes y los medios estaban ya llenos de discusiones sobre sus aportaciones musicales y culturales. Normal, que además del medio musical, se sumaran al luto nacional casi un centenar de personalidades del mundo político estadounidense. Lo que resulta poco común es que a la despedida de un artista de un nicho tan tradicional y cerrado como es la música clásica se hubiera sumado la industria del entretenimiento, sobre todo desde medios de comunicación dirigidos a las poblaciones lgbtq+. La cultura musical estadounidense y la cultura gay de masas lamentaron juntas la partida de un ícono.
Esa respuesta no me sorprendió. Yo mismo despedía en un breve comentario de redes a quien fue el rockstar de mi juventud.
Supe de él a finales de los años 90, en mi despertar sexual adolescente, y su figura me electrizó. Además de parecerme un hombre guapísimo -guardaba sus fotos en la computadora de casa- tenía una cualidad que como hombre gay siempre me ha atraído de otros: era el único director de orquesta en las más altas esferas de la música clásica que vivía abiertamente fuera del clóset. Había en su persona pública un aura de libertad que no habían gozado Copland y Bernstein, su linaje artístico directo. E incluso hoy, cuando la figura del director musical tradicional está más que nunca a debate, son contados con la mano aquellos que la viven tan abiertamente.
Su presencia mediática estuvo siempre acompañada de su esposo, Joshua Robison, un excampeón de gimnasia con quien se había conocido siendo muy jóvenes, tocando ambos en una orquesta estudiantil. A él se le atribuye la creatividad detrás de muchos de sus triunfos y con él vivió en pareja por décadas, hasta su muerte unos meses antes. Verles juntos celebrando sus éxitos era una postal revolucionaria para los años 90 e inicios de los 2000 y aquello significaba mucho más en mi propio ser adolescente que lo estrictamente musical. La representación, los ejemplos de libertad y visibilidad, importan.

Musicalmente, Tilson Thomas me hizo entender y enamorarme del repertorio norteamericano, que desde entonces ha formado parte de mis obsesiones: ni Bernstein o Slatkin pusieron tan al centro las verdaderas vanguardias con esa claridad. Y sus grabaciones de las sinfonías de Beethoven o Mahler son referentes obligadas tanto como las de Ives.
Bajo su liderazgo, consolidó a la Sinfónica de San Francisco tanto en su ideal de aparato sonoro como en innovación musical: no es gratuito que, paralelamente junto a la de Los Ángeles con Esa Pekka-Salonen, lograran que en los Estados Unidos dejara de hablarse de las “big five” como referencia a las cinco orquestas más importantes, para ahora ser “big seven”. Y desde su visión pedagógica, construyó otra institución que hoy es la más importante orquesta de entrenamiento en las Américas, la New World Symphony que fundó en Miami.
Fue cuidadoso guardián del legado de sus antepasados: como gestor, del de sus abuelos, los Thomashefskys, fundamentales en la construcción de la tradición de teatro en yiddish en Norteamérica; y como educador, del de su mentor, Leonard Bernstein, continuando la labor divulgativa de masas que lo había puesto en todos los televisores estadounidenses en los años 60. También estuvo cerca del resurgimiento progresista de orquestas “locales” como la de Louisville, de la que ahora se encarga su propio discípulo Teddy Abrams.
Supe de otros lados suyos que solo se conocen en la labor diaria, los ensayos, allí donde salen a flote las personalidades íntimas de los directores, gracias a amistades que tuvieron oportunidad de tocar para él. Y el día de su muerte pocas personas lo comentaron, pero no faltó quien hiciera notar también detalles como la ausencia de mujeres ligadas artísticamente a él, fueran compositoras o atrilistas principales en sus orquestas.
Que el periódico español El País titulara su obituario con una despedida a “el último heredero de Bernstein”, invisibilizando el trabajo de la directora Marin Alsop, es un velado machismo que como sistema acarreamos desde mucho antes.

Dos escándalos marcaron sus primeros años profesionales. Uno en el que se enfrentó desde el ego a la Orquesta Sinfónica de Boston: era su director asistente, habló mal del grupo públicamente y eliminó la posibilidad de convertirse en su director titular (poco después se hizo de la orquesta de Buffalo, de mucho más bajo perfil y nunca volvió a ser considerado para una “big five”). El otro fue cuando a los 33 años, volviendo de Londres a Nueva York, fue arrestado por posesión de marihuana, cocaína y metanfetaminas.
«La gente se dio cuenta que no era yo el típico chico judío bien portado”. Salirse del molde y vivirse en esa plena libertad -y arrogancia- le benefició a él y a la ciudad que lo arropó, construyendo así un modelo propio de director musical que deberíamos volver a analizar. Sobre todo deberían hacerlo en Estados Unidos, donde hoy se debate el modelo que seguirán las cuatro de las “big seven” que están por refrescar sus liderazgos; pero también en nuestro país, especialmente en la Ciudad de México y en la UNAM.
MTT supo convertirse en la figura local que servía a su orquesta y a su comunidad toda, aglutinando diversidades y empujando ideas “extravagantes” alrededor de ella que, como aquellas fotos que le vi de niño y me marcaron, hicieron sentido en poblaciones a las que antes se le negaba sistemáticamente el acceso a nuestro mundo blanco y elegante de vestidos largos y smokings impecables. Modelos que fueron entonces tachados de innecesarios y superficiales, “demasiado wokes”, pero que poco a poco fueron adoptados por instituciones musicales de todo el país.
Desde un concierto por el día de los muertos cada noviembre hasta uno que celebra el legado político lgbtq+ de la ciudad cada junio. Desde picnics sinfónicos dirigidos al público hispanohablante hasta programas de educación que involucran activamente a todos los sectores de la ciudad. Y por supuesto, la inclusión completa de músicas y músicos trans en sus filas y en espacios protagónicos al frente: durante su titularidad, la de San Francisco fue la primera orquesta importante en tener entre sus filas a un hombre trans, el violinista Eliot Lev, y la primera que, luego de su transición, retomó su relación artística con la pianista Sara Davis Buechner. MTT fue un ícono musical y cultural. Un rockstar innovador. Un hombre de su comunidad. Pero por encima de todo y en todo sentido, un rebelde auténtico. Libre.



